Antes de Spinoza y Bergson.
Últimamente me he relacionado con dos grupos de personas que, para “bien” o para “mal”, están influyendo en que cuestione mis principios positivistas, de lógica simbólica, euclidianos y, como entendí ayer, mecanicistas. Con lo que me conozco, sé que no me va a salir barato. Cuando entienda mejor lo que ronda por mi mente haré un post al respecto, por lo pronto, sólo estableceré que concibo una frontera antropocéntrica que nos da reflejos de una realidad subjetiva como especie (o metasubjetiva pues), que puede alcanzarse a través de dos vías. Una que en los últimos siglos hemos considerado de menor riesgo, llamada ciencia; y otra que, a los más positivistas tiende a parecernos de alto riesgo, llamada misticismo.
Antes de tomar consciencia de que esta dualidad nos llevaba a lo mismo, un ejercicio de un proyecto editorial en el que estoy participando me llevó a retratar mi interpretación de la situación actual y a describir mis motivaciones en la vida. Como algo dentro de mí parece advertir que está a punto de cambiar, creo que es importante dar cuenta del saldo al corte.
————————————————-
Vivo en un dilema, si debo hacer lo necesario para ser feliz, independientemente del mundo; o si debo hacer todo lo que pueda por tratar de mejorar las condiciones del mundo. No lo he resuelto, así que mientras tanto me dedico a combinarlo. Trato de hacer cosas que disfrute pero con un sentido de tratar de mejorar la situación.
Pero no por eso soy un optimista, de hecho, no creo que consiga nada, sin embargo, queda una posibilidad ínfima de que sí. Y las consecuencias me parecen tan graves, que no me queda más remedio que intentarlo. Sinceramente creo que la humanidad se va a acabar en este siglo. Aunque no puedo negar que probablemente sea mejor que así ocurra, me cuesta mucho trabajo digerir lo que yo llamo “el valor perdido”.
Por un lado, desde la injusticia social, no sólo me molesta todo el sufrimiento innecesario que vive la gran mayoría de las personas (sin ignorar el dolor absurdo que causamos a otras especies); sino que es particularmente frustrante observar la brecha o la diferencia entre lo bien que podrían(podríamos) estar y cómo están(estamos). Sin embargo, admito que enmedio de todo este sufrimiento absurdo de tantos han existido los Borges, los Cortázar, los Buñuel, los Lynch. Eso me lleva al segundo punto, el cambio climático como disparador de la extinción de la especie, me molesta el “valor perdido” pues dentro de lo poco que sabemos, la evolución no ha registrado con otras especies la capacidad creativa que permita la existencia de un Borges. Me pregunto si el mensaje que le queremos dar a la vida es que lo más equivocado que puede hacer es permitir la evolución de los cerebros, pues sólo nos hace más aptos para ser una plaga autodestructiva.
Nomás por esa incomodidad que me produce el valor perdido no me vale madre. Lo gacho es que como me parece tan difícil cambiar las cosas, admito que lo que me queda se parece mucho a la esperanza. Y la defino como la creencia de que algo ocurrirá sólo porque así se desea. Y me parece una tortura mental terrible, pensar que lo que hago es por esperanza, me genera una náusea, en el sentido de Sartre. Y esa sería mi primera propuesta de nombre para la revista: la náusea.
Pero eso me lleva a que el admitir, más allá de mis mecanismos de defensa, que se siente nauseabundo, el hacerlo consciente es una especie de desahogo terapéutico. Y ese desahogo se parece un montón a los “dos minutos de odio” orwellianos en 1984, pues si bien no todos podríamos asegurar que vivimos en una distopía, si armamos una escalita de grises de la utopía a la distopía, apostaría a que todos (nosotros) concordaríamos en que estamos bastante más cerca de la segunda. “Distopía” es el segundo nombre que propondría. “Dos minutos de odio” no suena chido como nombre, no es suficientemente simple para mi gusto, así que moviéndome hacia otras distopías, el equivalente conceptual sería el “soma” del mundo feliz o el “prozium” (prozac + valium) de Equilibrium.
Entonces, aunque no era la finalidad de la tarea, aprovecho para proponer nombres, pues veo en la revista el desahogo terapéutico que supone la admisión de “la náusea”; el evidenciar los elementos distópicos o que nos llevan de la mano, derechito y sin escalas, a la “distopía”; y que sirva de distractor como un “soma” o un “prozium”, en parte burlándonos de nosotros mismos. Preferiría un hilo conductor que signifique todas esas cosas, pero no se me ocurre.

Estoooo…. no sé qué decir. Sólo que yo creo que si desaparece nuestra especie, bien merecido nos lo tenemos. Y pienso que sí desaparecerá, no me queda claro que sea en este siglo, pero sí pronto. Lo que me queda esperar (aunque te disguste la esperanza) es que se desarrolle un tipo de vida similar a la humana, desarrollada intelectualmente pero también más atenta a los demás seres y que ellos sean los que sigan creando maravillas
Jajajaja, sonó a cuento infantil.
Sobre el término que buscas, resulta un tanto difícil de encontrar, pero suena a que será algo muy adictivo, del tipo de cosas que te llevan a un círculo vicioso.