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Hay razones para dejar de tomar Coca-Cola.

Tenía casi un mes sin ver televisión a partir de que decidí empezar a hacer cambios en mi vida que tienden a lo que un amigo me explicó que llaman “simplicidad voluntaria“. Sin embargo, dado que el día de ayer dormí en casa de mi mamá y ahí hay televisión con cable, no pude evitar encenderla un rato. Todo iba mal, es decir, en una hora había recibido al menos un centenar de mensajes respecto a cómo debería estar viviendo mi vida para ser una persona exitosa… así que todo iba mal pero repentinamente se puso peor cuando vi este comercial de Coca-Cola:
El comercial me pareció eterno y honestamente de inicio me asusté mucho sin entender exactamente por qué. Apenas empecé a darle vueltas y comprendí que era el discurso corporativo perfecto, era de manera precisa lo que los dueños del mundo quieren que el resto pensemos. No, me estoy quedando corto, el mensaje no sólo era perfecto para sus fines, además cada ejemplo particular que usan constituye un engaño cruel, una manipulación cínica hacia todos aquellos que viven preocupados por la situación actual pero no han conseguido entender cuáles son los cimientos de la putrefacción que prácticamente vivimos obligados a construir.
1. Basado en un estudio realizado en el 2010 sobre la situación actual del mundo.
Con los colores institucionales del producto, el comercial abre con este mensaje, en algún momento del desarrollo creativo les pareció fundamental que la gente recibiera esta información con la apertura de que está sustentado en una profunda investigación. Veamos qué resultados fundamentales para el futuro de la humanidad arrojó dicho estudio.
2.  Whatever.
Sí, esa es la canción de fondo que niños felices de todas las razas empiezan a cantar. La canción en resumidas cuentas, resalta en su letra la libertad de hacer y decir. Claro, la libertad de hacer que tenga el 80% de la humanidad que vive con menos de 10 dólares al día, o los 22,000 niños que mueren diario debido a la pobreza. La libertad de decir lo que quieran los casi mil millones de personas que no saben leer ni escribir.
Con todo esto empiezan casi gritando: “I’m freeee!”, y entonces pasan a la siguiente idea…
3. Por cada tanque que se fabrica en el mundo… se fabrican 131 mil peluches.
Lo cual no es sólo gratamente sorpresivo, sino además esperanzador, porque hay una evidente relación entre tanques y peluches, la relación es… ejem… pues sí, que los niños que extrañan a sus padres que están en las guerras, pueden consolarse con un peluche… y… los niños víctimas de esos tanques pues… no, realmente ellos difícilmente se consolarán con un peluche. Pero bueno, es comprensible, no es como que Coca-Cola se beneficie económicamente de países que son víctimas de la guerra… ¿o si?
Me parece mucho más relevante mencionar que con menos del 1% de lo que el mundo gasta anualmente en armamento sería suficiente para hacer viable que todos los niños del mundo tengan educación.
4. Por cada bolsa de valores que se desploma… hay 10 versiones de “What a Wonderful World”
En otras palabras… cada vez que el sistema se descubre insostenible y decenas de miles de personas pierden sus empleos mientras un centenar protegen o elevan su ya obscena fortuna… 10 artistas nos consuelan con nuevas versiones de una canción que nos describe los colores del árbol, las rosas y el cielo como si fuésemos daltónicos. Sí, desde mi casa tengo una hermosa vista y amo a mis amigos y también me encantan los bebés, pero eso no evita en ninguna medida que el mundo se está yendo al carajo.
5. Por cada persona corrupta… hay 8 mil donando sangre.
Éstas sí son excelentes noticias, no sólo ya se delimitaron con claridad los parámetros de la corrupción sino que además se hizo el censo mundial. Ahora ya sabemos quiénes son y dónde viven.
Un dato interesante a investigar sería determinar cuántos de los donadores de sangre son requeridos directamente por efectos del sistema, sí, por heridos de guerra… o por personas que sufren problemas del corazón por la pésima alimentación que provocan las grandes cadenas de restoranes y la industria de la alimentación. Cuántas unidades de sangre se requerirán al día para niños que son víctimas de enfermedades por la contaminación de ríos y bosques cercanos a su comunidad. Cuántas para personas que bajo ninguna circunstancia tienen la más mínima posibilidad de atención médica.
6. Por cada muro que existe… se ponen 200 mil tapetes de “Bienvenido”.
Con este ejemplo y el de los peluches entendí que la parte fundamental del mensaje que quiere dar Coca-Cola es que consumir está bien, consumir cosas que no se necesitan siempre y cuando contengan un símbolo de bondad. Es decir, dar peluches a los niños, comprar tapetes de “bienvenido” y tomar Coca-Cola, son cosas intrínsecamente buenas, entonces hay qué ser consumistas de cosas que contienen esta clase de simbolismos.
En este ejemplo mi miedo se hizo latente porque me dí cuenta de que cínicamente apuestan a una retórica simplista, a una demagogia dirigida a gente muy desinformada. Tengo un tapete que no dice “bienvenido” y hoy sé que no lo necesito, mucho menos para hacer sentir a mis invitados que son bienvenidos. Si con los tapetes pudiéramos hacer que cada estadounidense le diera la bienvenida a los mexicanos ilegales o que cada musulmán se contentara con la presencia de judíos… este mensaje fue tan vacío que me reflejó la imagen cruel de gente muy poderosa burlándose de quienes consideran sus esclavos, gente tonta, una subespecie inferior.
7. Mientras un científico diseña un arma nueva… hay 1 millón de mamás haciendo pasteles de chocolate.
Aquí evidentemente tocamos el extremo de lo arbitrario. Ni siquiera son mamás diseñando nuevos postres. Acompaña conceptualmente a los peluches, a los tapetes y al refresco, pero le añade un nuevo ingrediente, la mala alimentación. Si queremos a nuestras mamás porque nos hacen pastel de chocolate entonces también las queremos porque nos compran Coca-Cola. En obesidad infantil México tiene el primer lugar, y en consumo de Coca-Cola per cápita, casualidad, México tiene el primer lugar; mientras fui obrero conocí a varios niños cuya primer palabra fue “coca”. Hace 10 años se consideraba que más de 36 millones de personas mueren al año de causas prevenibles, dos terceras partes de ellas por causas comúnmente asociadas a problemas de alimentación, mientras que por la guerra morían “sólo” 550 mil al año. Es decir, sin exagerar, hoy algunos hábitos alimenticios promovidos por algunas mamás están matando a más gente que cualquier arma nueva diseñada por científicos… quienes deberían considerar seriamente dedicarse a la gastronomía.
8. En el mundo se imprime más dinero de Monopoly que dólares.
Por juegos como el Monopoly (en México el Turista) es que yo siempre me sentí atraído por las finanzas. De verdad, no exagero. El Monopoly, probablemente sin intención, es un juego que adoctrina a los niños respecto al sistema. En el juego lo importante es tener ambición, y es muy revelador cómo cuando los demás están envueltos en problemas para pagar sus deudas comienzan a hipotecar sus propiedades hasta el grado de perderlas. Es un simple juego, pero el mensaje es muy claro, la debilidad del perdedor es la fortaleza del ganador. Si juegan cinco, cuatro pierden y uno solo se vuelve extremadamente rico. Me preocupa este mensaje, que el Monopoly tenga tanta popularidad sólo hace más difícil convencer a generaciones futuras que lo importante es colaborar, ser compasivos y que acaparar no tiene ningún sentido.
9. Hay más videos divertidos en intenet… que malas noticias en todo el mundo.
Suerte que “divertido” y “malo” no sean términos subjetivos. También es importante considerar que al ser humano no le entretiene la desgracia de otros. Y por supuesto el tiempo está mejor invertido en ver videos “divertidos” que en informarse de la situación actual.
10. AMOR tiene más resultados que MIEDO.
Amor incondicional: 576,000 resultados.
Amor al dinero: 13,300,000 resultados.
11. Por cada persona que dice que todo va a estar peor… hay 100 parejas buscando un hijo.
Bien, este es el mensaje climático… sí, de clímax, aunque por supuesto señalan “GLOBAL WARMING” justo debajo de “Por cada persona que dice que todo va a estar peor…”,  éste es el mensaje que más me hizo enojar, por varias razones:
a) Quienes promovemos la atención al cambio climático, para este comercial, somos unos alarmistas en el mejor de los casos.
b) Se promueve el crecimiento demográfico, cuando los estudios reflejan que al planeta le es imposible mantener de manera sostenible a la cantidad de personas que somos hoy.
c) El mensaje superficial es: “afortunadamente la gente no cree que la situación empeorará y deciden tener hijos”, ¡es extremadamente irresponsable ignorar la evidencia científica y promover factores que agravarán el problema!
d) Pero lo peor es el mensaje de fondo apoyado por las imágenes: “Maquilla tu entorno inmediato, ignora la información externa y serás feliz”. Es decir, un claro “construye tu burbuja y vive en ella”.
12. Por cada arma que se vende en el mundo… 20 mil personas comparten una Coca-Cola.
La idea original en este mensaje era desplegar los daños económicos, sociales y ecológicos que ha causado como empresa la Coca-Cola al mundo, pero son tantos que mejor les compartiré un enlace, o busquen en google “daño coca cola”  (240,000 resultados). Simplemente regresaré al ejemplo del pastel y me aventuraré a decir que hoy mueren y enferman mucho más personas por los hábitos alimenticios que incluyen una Coca-Cola, que por violencia con armas.
13. Hay razones para creer en un mundo mejor.
Tal vez las haya, yo no conozco ninguna y definitivamente este comercial no aportó ninguna.
14. 125 años destapando felicidad… y muerte.

La silla más cómoda del mundo.

En mi inexperta opinión, la razón por la que hoy vivimos en un sistema insostenible se debe a un paradigma simple, que aunque muchos están tratando, no se ha conseguido desmentir por completo.

Para tratar de ser claro, voy a invitar a que imaginen lo siguiente:

Vives en el año cero y eres carpintero. Perteneces a una tribu que se estableció en una zona y, como pudiste, construiste tu pequeña casa/taller.
Un día un vecino decide que quiere una silla y te pide que la hagas. A pesar de que lo más probable es que ni tu vecino/cliente ni tú, lo hagan conciente, ocurren distintas cosas:
1. Es muy probable que ambos tengan acceso al árbol de donde se puede obtener la madera para hacer la silla.
2. Ambos, por razones culturales/religiosas, creen que dicho árbol está al servicio de ustedes, y tienen todo el derecho a utilizar su madera, tomar sus frutos, etcétera.
3. La razón por la que tu vecino no va y obtiene la madera del árbol y la convierte en silla, es porque posiblemente no tiene el tiempo o el conocimiento para hacerlo.
4. Tu valor como carpintero, es que tienes el conocimiento, la técnica, las herramientas y el tiempo para convertir madera en una silla.
Tu vecino te ofrece, a cambio de la silla, una cabra, lo cual te parece buena idea porque te agrada el supuesto de poder consumir leche más seguido o venderla. Evidentemente por los mismos motivos culturales/religiosos, consideran inconcientemente a la cabra y a sus productos, objetos de intercambio comercial.
Este intercambio comercial parte del paradigma del que hablé antes, de la siguiente manera:
Tu vecino en realidad necesita cuatro sillas, pero sólo tiene una cabra.
Tú no necesitas la cabra, pero si te regalaran/heredaran cuatro cabras, las aceptarías, es decir, prefieres tener cuatro que una, cinco que cuatro, y bajo esa línea, podríamos deducir que prefieres tener un número ilimitado de cabras, que sólo una. Dado que es ilimitado, no te preocupas por sus cuidados, podrían morir de hambre, siempre habrá otra para darte leche. (Patrón interesante si nos ha pasado que la ropa es tan barata, que a veces, por alguna razón no lavamos y simplemente decidimos comprar más ropa, que muy posiblemente fabricaron niños en un país tercermundista por un sueldo miserable).
El paradigma es que la gente ha venido pensando durante milenios, que los recursos son escasos, pero pensémoslo por un minuto.
¿Para qué sirve una silla?
De acuerdo, una silla sirve para sentarnos, lo cual nos permite estar en una posición de descanso, pero estando medianamente erguidos, para realizar otras actividades mientras descansamos.
¿Qué otra especie animal necesita una silla?
Ninguna otra, por supuesto, todas encuentran maneras de descansar que no requieren de una.
Entonces, ¿es posible vivir sin sillas?
Sin duda, la tierra nos da espacio ILIMITADO (suficiente) para sentarnos.
¿Pero no es mucho más cómoda una silla?
En primer lugar, sería muy aventurado decir que la silla más incómoda del mundo, es más cómoda que cualquier lugar natural para sentarnos que nos brinde el planeta. Lo cual significa que la comodidad no es un factor que alcance a diferenciar por completo al concepto de silla del suelo.
En segundo lugar, vamos a suponer que es un objeto de primera necesidad y que hoy existe una silla por cada persona en el mundo. Si la razón de ser de la silla es la comodidad, nos enfrentamos al mismo problema: sólo hay una silla más cómoda que el resto.
La razón por la que esta conclusión es importante, se debe a que lo que nos ofrece la tierra para sentarnos, implica que cada persona encontraría la manera de estar lo más cómoda posible en el suelo, pero dado que existe un objeto silla, sumado a la cultura en que vivimos, crea la necesidad inconsciente en todos, de tener la silla más cómoda del mundo. De hecho, desde la perspectiva consumista, crea la necesidad de tener un número ilimitado de la mejor silla del mundo.
Ahora bien, sillas o cabras ilimitadas requieren espacio ilimitado, cierta cantidad de sillas, revendiéndolas, pueden comprar espacio. Esto es cierto hasta el momento en que ya nadie quiere sillas, sin importar cuán cómodas sean. También esta línea argumental se rompe con el gran recurso limitado, el tiempo, en este caso, para vender sillas.
Esta argumentación demuestra que el sistema en el que vivimos provoca una especie de disonancia cognitiva en la gente, debido a que por un lado casi todos deseamos (en el sentido mágico de wish) tener lo mejor de manera ilimitada, mientras que no tendríamos ni siquiera la capacidad o el tiempo de aprovecharlo al máximo. Considero que esta es la razón por la que vivimos en una cultura del desperdicio. También creo que esta es la razón por la que la mayoría de la gente no sabe lo que quiere, en todos los sentidos.
Esto, evidentemente, no es una crítica a la existencia de las sillas, ni a ningún otro utensilio o herramienta inventado por el hombre. De hecho, una silla, o más específicamente, la madera, es un commodity, es decir, es un objeto que utiliza la generalidad de las personas en el mundo, cada día, para muy variadas finalidades. El hecho de que las economías del mundo tengan (tuvieran) como base el oro, un objeto prácticamente inútil, o más inútil, el papel moneda, supone, y sé que no voy a decir nada nuevo, que no vivimos en una economía real, si la economía estuviera basada en commodities, sería mucho más cercana a la realidad.
Este objeto inútil, el dólar, que vive principalmente en computadoras, ya ni siquiera en papel moneda, tiene el poder para adquirir objetos reales, como una silla. Hoy los millones de dólares que vale, por ejemplo, una marca, (sí, un nombre con un logotipo, que no es más que una concepción que no sirve para nada práctico en la vida de las personas), se puede convertir a dinero que puede comprar cosas reales y útiles. Ese dinero permite que un particular, por ejemplo, se adueñe de un bosque y lo tale, para hacer sillas más cómodas o más cercanas a una cantidad ilimitada, lo cual tiene implicaciones, ya el día de hoy, para todo el mundo. Si fuera tan simplemente medible como que la tala de un bosque destruye una ciudad dos años después a través de un huracán, ¿cuál sería el valor real de talar ese bosque? ¿quién pagaría el precio de una ciudad por hacer cualquier cantidad de sillas? Eso suponiendo que la vida de las personas, víctimas del huracán, fuese cuantificable e intercambiable económicamente.

La razón por la que los recursos se consideran escasos, es porque nuestra mente tiene la capacidad de ambicionar lo “mejor” y lo “ilimitado”. Pero si entendemos que lo ilimitado no es la tendencia a lo infinito sino lo suficiente, y más aún, que lo “mejor” de la vida nada tiene que ver con objetos intercambiables comercialmente, entonces ese paradigma quedaría destruido. ¿Si secuestran a una persona que amas no darías tu objeto favorito a cambio de que te la regresaran?, ¿cuántas personas de clase media, o hasta media alta, terminan en la pobreza tratando de curar el cáncer de un ser amado? El problema del mundo es axiológico. Si hoy el esfuerzo intelectual humano se dedicara a innovar con respecto a la suficiencia de los recursos para todos y a la multiplicación de posibilidades de crear momentos de felicidad para todos, llegaríamos a una era muy diferente, donde el siguiente paso cultural y tecnológico apuesto a que sería realmente asombroso. Los límites actuales del sistema provocan que no tengamos ni idea de lo que somos capaces. Pero me extenderé al respecto en otro post.
Evidentemente el mensaje del sistema es exactamente el opuesto. Tú y tu vida son mejores si consumes más, de lo “bueno”.
Reflexiónenlo por un momento, desde su silla mediocre.

Vocación.

La palabra política, la ética de muchos, se ha relacionado desde siempre con el bien común, o más específicamente, con el gobierno (gobierno político), la administración del poder en beneficio de una comunidad.

En realidad, para el mexicano promedio, las palabras política y gobierno están mucho más relacionadas el día de hoy con robo, con suciedad, con deshonestidad; por supuesto dichos calificativos son racionalmente negativos, es decir, la gente sabe que así no debería ser el gobierno político, eventualmente inclusive nos podremos acostumbrar (nos dejará de sorprender enterarnos de ciertas cosas), pero lo cierto es que nunca nos dejará de parecer incorrecto que así sea; es decir, por más acostumbrados que estemos, esperaríamos idealmente que cada uno de los políticos y gobernantes se preocupara primero por el bien común, antes que por el personal. La escala de valores, en teoría, debiera ser la siguiente:
1. Mi comunidad.
2. Mi partido político (los valores que representa)
3. Yo y mis seres queridos.

El resto de los civiles, por otro lado, no sentimos, en general, una obligación hacia el bien común, debido a que no decidimos tomar esa carrera, nos preocupamos por hacer que nuestro negocio sea exitoso, o ir escalando puestos dentro de nuestro trabajo.

Sin embargo, hoy casi todos podríamos asegurar que la escala de valores de la inmensa mayoría de los políticos es exactamente inversa, y muchas veces ignorando incluso los valores que presume el partido al que pertenecen.

El punto es que si visualizamos a todos y cada uno de los servidores públicos como individuos independientes de la política, nos sería más sencillo comprender por qué (la mayoría) hacen su trabajo con la sola finalidad de acceder a mejores puestos y a más poder, lo cual deseamos en general el resto de los mortales en nuestros trabajos dentro de la iniciativa privada, entre otras cosas. Y es entonces que decimos, ¿para qué se dedican a ser servidores públicos si su principal preocupación son ellos como individuos (y su familia y amigos en todo caso)?

También algunos podrían señalar que ganan más, que tienen más prestaciones, que tienen acceso a información privilegiada y a trámites expeditos por el sólo hecho de ser servidores públicos y que ese extra debiera compensar el que se preocupen más por la comunidad a la que atienden que por ellos mismos; por el contrario, pareciera que el servicio público es el templo de la corrupción, aquella que va desde el oficial de tránsito que te ofrece una “alternativa” a la infracción hasta el político de alto rango que administra “favores”. Esto no significa que la corrupción sea un mal inherente ni exclusivo del servicio público, los “compadrazgos” se pueden ver en muchas empresas privadas. La diferencia está en que la corrupción está conceptualmente más alejada del término “bien común” que del individualismo que carga inherentemente el sector privado.

Al final llegaríamos a un concepto que a mi me parece controversial y subjetivo, que es la “vocación”. Idealmente quisiéramos que todos los servidores públicos tuvieran la “vocación de servicio” para poner por encima de sus intereses particulares, el de la ciudadanía; que renunciaran por ejemplo a muchas de las ventajas que les dan sus sindicatos de los mandos medios hacia abajo, que rechazaran vacaciones (que no tenemos en la iniciativa privada) con tal de trabajar más días por la ciudadanía. O en el caso de los altos puestos, que renunciaran a ciertas ventajas que les da el poder que tienen para por supuesto no transgredir libertades de otros o no beneficiarse directamente (o indirectamente con compadrazgos) con el erario público.

El punto es que cuando reconozcamos que esto no va a ocurrir, pondremos los pies en la tierra, cambiará nuestra percepción y comprenderemos que no podemos esperar mucho más del servicio público, entenderemos que si de todos modos el meollo del asunto se centra en un concepto tan subjetivo como la “vocación”, más nos convendría privatizar los servicios públicos y no sólo eso, sino abrir el mercado para que al menos la competencia presione a dar un mejor servicio. Utópico y nihilista por supuesto, no pierdo la costumbre.

Analicémoslo ahora desde una perspectiva diferente; cuando hablamos de un sacerdote, asumimos que es una persona que no se preocupa por el individuo en primer lugar sino por un conjunto de feligreses que son su comunidad (en el caso de un papa, su preocupación sería toda la Iglesia). Asumimos que deseará el bien a su prójimo (cuando menos el bien que plantea la Biblia) y que difícilmente transgredirá la libertad de otros con la “facilidad” que lo hacemos el resto de los mortales. Entonces aparecen casos de sacerdotes que abusan sexualmente de menores y al común de la población le cuesta trabajo comprender. O mucho menos grave, nos cuesta a veces comprender que los sacerdotes tengan pareja, y muchos seguramente preguntarán, ¿entonces por qué se hizo sacerdote y dentro de una religión donde está prohibido que tengan pareja? Y de nuevo responderán muchos, los he escuchado, “es que no tenía verdadera vocación”.

En ambas perspectivas estamos hablando de lo mismo. estamos idealizando a partir de un paradigma que debería haber cierto comportamiento menos egoísta por el sólo hecho de haber elegido cierta forma de vida. Y así como los servidores públicos tienen ciertos beneficios, los sacerdotes (católicos, hablando de México) también los tienen, no sólo cargan con el poder de impartir los sacramentos que pueden significar eternidades de paraíso o infierno para el resto de los mortales, sino que en esta vida mortal reciben cierto trato prioritario de la comunidad (también lo he visto), particularmente en países como México, que tiene más del 90% de ciudadanos católicos.

Pero de alguna forma olvidamos que también son individuos humanos que viven dentro de un sistema (capitalista y reprimido sexualmente, en general). Si recordamos esto, ¿no sería de esperarse que en el gobierno al menos haya tanta gente corrupta como en el resto de las funciones (del sector privado) que reciben una remuneración?; ¿no sería de esperarse que al menos haya el mismo porcentaje de violadores entre los sacerdotes que entre el resto de la población?

Si ya entendimos esto, les tengo malas noticias, ojalá fuera así. Desgraciadamente el ambiente del servidor público es la perfecta invitación a la corrupción, ya que hay un conjunto de condiciones que dan un premio superior a todos aquellos que deciden hacerlo, recordemos que “el poder corrompe, (y el poder absoluto, corrompe absolutamente)”. Y en el caso de los sacerdotes, lamento decirles que un ambiente de represión sexual, es el perfecto anfitrión de las principales patologías psicosexuales. Así que dudo que los porcentajes no sean mucho mayores si se toma una muestra en estos campos y se compara con el resto de los ciudadanos.

Así que acostumbrémonos, que nos deje de sorprender, que nos parezca lógico y de esperarse este tipo de comportamiento; que finalmente entendamos que el cambio debe ser a nivel sistema, el cambio debe ser en los paradigmas, poco se podrá hacer tomando medidas tradicionales, tendríamos qué trabajar más en la causa que meramente reaccionar al efecto.

Personas morales light.

Hace algunos años, cuando visitaba a un amigo en Guadalajara, una actividad que invariablemente hacíamos era visitar la librería Gandhi, ya que en mi ciudad no había. Pasábamos un par de horas, yo siempre como niño en dulcería, no sólo por los libros, sino por las películas. Hace algunos meses cambié mi ciudad de residencia justo cuando llegó la Gandhi a ella. Afortunadamente en la ciudad en que vivo ahora, también hay y el fin de semana pasado fui con otro amigo.

Mi primer decisión de compra, y sencilla, fue Shichinin No Samurai, porque es un clásico y siempre la había visto mucho más cara de lo que la conseguí. Mi segunda decisión fue The Corporation, un documental que anunciaba falsamente ser de Michael Moore y que me decepcionó mucho. Mi tercer decisión fue, Wilbur Wants to Kill Himself, una comedia negra/drama muy interesante que vi hace mucho en un festival de cine. Además mi amigo llevó Acid House, basada en una novela del mismo escritor de Trainspotting; y Dune de David Lynch (interesantísima por cierto), ya se imaginarán nuestro productivo fin de semana.

The Corporation es un documental que critica severamente a las grandes empresas. El planteamiento es; hace ya muchos años que a estas empresas se les dió el papel legal de “personas”, por ejemplo en México las conocemos como “personas morales“. De manera creativa en comparación al desarrollo general (nefasto), comienzan a desarrollar un perfil psicológico de ciertas corporaciones, partiendo de que son “personas”. Las encuentran irresponsables, mentirosas, con problemas para comprometerse, excesivamente ambiciosas y hasta genocidas.

Creo que, al analizar sólo una cara de la moneda, en prácticamente cualquier tema, sólo vas a encontrar cosas que favorezcan el sentido de tu búsqueda. Pero vamos a pensar en algún “avatar del bien” que sea difícil de encontrarle un aspecto negativo… digamos un monje Zen.

Ahora digamos que partiendo de que las corporaciones son personas, las convirtiéramos a todas ellas en monjes Zen… no tendríamos algo llamado mercado, ni algo llamado tecnología, ni algo llamado empresa por principio de cuentas… el concepto de economía sería algo medio surreal también.

¿Es posible remontar nuestra cotidianidad a un entorno en que el poder esté en manos de monjes Zen? no, difícilmente se me puede ocurrir algo más utópico. Si mañana todos despertáramos en el sendero de la iluminación encontrando la felicidad efímera y eterna al mismo tiempo en cada una de nuestras limitantes haciéndolas desaparecer a su vez, sería maravilloso, pero tenemos el impedimento cultural de cientos de generaciones que han optado por la ambición y el desarollo primero individual, luego de sus seres queridos y finalmente de su versión limitada de “comunidad”.

¿Significa que está mal? en absoluto, porque es el camino realista, desgraciadamente termina obligándonos a competir, y al final el problema que percibo es la incapacidad de muchos de encontrar un límite satisfactor.

Hace ya varios años fui a dar una plática a un campus del Tec de Monterrey, a algunos alumnos de preparatoria que estaban a punto de vivir la experiencia del servicio social. Un amigo (quien por cierto es teólogo y nos aventábamos unas discusiones de religión muy interesantes) me pidió que les platicara de la “cultura light”, ya que los veía muy desmotivados respecto al servicio social y él lo estaba coordinando.

Mi estrategia fue repartir a algunos de ellos (a 54, con jokers) un mazo de cartas inglesas. No les expliqué en un inicio para qué eran y les comencé a hablar de lo que podía significar el servicio social, les expliqué que la “cultura light” era un comportamiento superficial y desinteresado que limitaba el desarrollo personal. Los invité a hablar en cualquier momento y les decía “muéstrame qué carta te tocó”, “una reina”, “ah muy bien, imagínense que como la compañera tiene una reina puede opinar, pero que quienes tuvieran algo menor al Jack no pudieran”. A la mayoría no les gustó la idea por supuesto y entonces les expliqué que en realidad así es como funcionaba el mundo. Les dije que no todas las personas tienen las mismas oportunidades y que con el sólo hecho de estudiar preparatoria, en una escuela como el Tec de Monterrey, significaba que al nacer les había tocado algo así como un Rey. Con el tono más fresa que he oído en mi vida, un muchacho me preguntó “¿y tenemos la culpa de haber nacido con un Rey?, ¿somos malos por eso?”. Le expliqué que por supuesto no, pero que la “cultura light” podía provocar que su visión se redujera a dos números, el Rey y el As, y que prácticas como el servicio social podían extender su visión hacia el resto de las cartas, y que tener una visión más amplia era fundamental para desarrollarnos más integralmente.

Poco a poco hubo más apertura y empezaron a entender el concepto. La vida en general y la Microeconomía en particular pueden resultar extremadamente complejos, el sistema socialista ha requerido ser opresor para desarrollarse, y poco a poco han ido cayendo al capitalismo los países de raíces comunistas. El capitalismo, como lo conocemos, difícilmente será eternamente sostenible porque la excesiva riqueza de pocos tiene un reflejo en la extrema pobreza de muchos. Todos los humanos somos iguales en términos de concepto, pero la verdad es que pocos tenemos mucho más oportunidades que la mayoría. ¿Cuál es entonces la tercer vía?, sentarnos a criticar a las corporaciones sin hacer una propuesta no lo es, criticar la opresión del socialismo, del fascismo y hasta del absolutismo, tampoco resuelve nada.

La verdadera tercera vía (en términos históricos ya estamos viviendo una) tendría qué ser promovida por la gente que tiene el poder para que pueda surtir efecto, pero ellos están siendo directamente beneficiados por el esquema actual, difícilmente querrán un cambio verdaderamente significativo. La única respuesta viable parece entonces que debe venir de aquellos que aún no hemos sido corruptos por el poder (o por la cultura o por lo que sea) y que de alguna manera podríamos acceder a él. Pareciera que entonces todos los que no hemos optado por ser parte de la “cultura light” tenemos una responsabilidad latente, que casi siempre hacemos a un lado porque ya tenemos suficientes cosas en qué pensar respecto a nuestra propia vida. Si decidimos no incidir deberemos esperar a ver cómo lo resuelve alguien más o cómo llega a ser insostenible (qué efectos sociales arrastrará).

An inconvenient truth.

La semana pasada vi en el cine, después de la recomendación de un amigo, un documental que se llama An Inconvenient Truth.

Al Gore, ex-vicepresidente de Estados Unidos tiene varios años siendo tal vez el más famoso activista que ha advertido al mundo respecto al calentamiento global y su relación directa con el cambio climático. No tengo, por supuesto, el conocimiento científico necesario para respaldar lo que se dice en el documental, pero puedo decir, con toda seguridad, que lo que se plantea parece bastante creíble y temible. El que sea creíble nos debiera dar una razón para sentarnos a leer al respecto, hasta que tengamos una idea más clara de si es cierto. El que sea temible nos debiera hacer actuar inmediatamente. Bien, esto era justamente lo que esperaba de la película antes de entrar al cine, sin embargo, hubo un aspecto que no consideré previamente.

Al Gore propone una serie de medidas, desde reformas a la política ambiental hasta pequeñas modificaciones en los hábitos personales. Lo que no había considerado es que en realidad todos esos cambios significan a mayor o menor nivel una optimización de las actuales prácticas, que en general tienen beneficios independientes además del esfuerzo por desacelerar y hasta frenar el calentamiento global. Y llego a la conclusión de que las personas estamos acostumbradas a que nos asusten de alguna forma para ser mejores, para optimizarnos, para alinearnos. Algo que desde hace mucho he platicado con varios amigos es el patrón de la mayoría de las personas de no ser buenas en su trabajo, no he tenido experiencias laborales en el extranjero, pero en México tengo la perspectiva clara de que la mayoría de los empleados tratan de realizar el mínimo esfuerzo necesario para seguir recibiendo su cheque. En esa recepción del cheque es donde se fincan mecanismos de coerción, de generación de temor para hacer las cosas. No nos optimizamos porque es lo correcto, sino para evitar consecuencias nefastas.

Otro amigo me platicó hace poco, que discutía con otra persona que el mejor ejemplo de alineación ocurría con la religión. Parte de que las personas realmente se “ponen la camiseta”, tienen una visión compartida y el empuje para realizar actividades que no necesariamente les dan un beneficio a corto plazo (como un sueldo), sino una visión superior a largo plazo (el paraíso). Después me explica que con el fútbol llega a ocurrir lo mismo, los aficionados a un equipo se alinean, llenan estadios, se ponen literalmente la camiseta, luchan literalmente por su equipo. Mi respuesta fue “¿estamos hablando de fanatismo?”.

Como mencioné anteriormente, estoy leyendo The End of Faith de Sam Harris. El hombre se esfuerza realmente por llenar un libro de fundamentos filosóficos, psicológicos, sociológicos, históricos, científicos (“ciencias duras“), para no tener una fe religiosa. Al Gore se esfuerza realmente por gritarle al mundo que abran los ojos respecto al calentamiento global. Tanto Sam Harris como Al Gore buscan un cambio que optimice el comportamiento y la vida de las personas; cuando Al Gore habla del apocalipsis que vivirán nuestros hijos por el cambio climático y el derretimiento de los polos, y Sam Harris demuestra que la mayoría de las guerras y genocidios han sido a causa de la fe religiosa; están buscando un cambio positivo para la humanidad, independientemente de que haya un apocalipsis o que las próximas guerras vayan a tener motivos religiosos. La razón para el cambio, la razón para la alineación y la optimización no debieran ser factores de miedo. Es el miedo lo que me ha hecho tomar las peores decisiones.

La razón que debiera bastar para el cambio, es nuestro crecimiento como personas, para provocar a su vez y con el valor agregado que sólo ofrece la sinergia, un crecimiento social.

Malos pensamientos.

Durante la primaria estuve en un lugar de oscuridad llamado “Constancia y Trabajo”. En este sitio la tortura mental y física era cosa de todos los días, podías ver a niños hincados en medio del patio central, bajo el sol, con las manos en alto sosteniendo pesados libros. Platicar en clase o sacar mala calificación en algún examen implicaba necesariamente ser golpeado en la mano extendida con un metro de madera o con un borrador. La educación además era excesivamente católica, nos llevaban a misa cada viernes primero de mes, antes del cual nos hacían confesarnos (de manera obligatoria) con uno de dos padres, el que te regañaba o el que estaba literalmente dormido mientras hablabas. Yo tenía mi bloque de pecados “seguros”, los confesaba siempre para rellenar, porque aunque les cueste trabajo creerlo, yo era demasiado buen niño y realmente eran pocas las veces que necesitaba confesarme. Así que cada que me confesaba de manera obligada el script era: “Sinpecadoconcebida (respuesta a un ‘avemaríapurísima’)”, “hace un mes que no me confieso” (respuesta a ‘¿cuándo fue la última vez que te confesaste?)”. “Confieso padre que a veces (1.) no pongo atención en misa, (2.) tengo malos pensamientos y (3.) me enojo con mis papás”. Cabe señalar que a mi grupo (éramos el “A”) siempre nos tocaba el padre que se estaba durmiendo, entonces su respuesta invariable a mis pecados era “trs pahs nstros y trs avs mahias”. Entonces yo iba y me hincaba y empezaba a rezar devotamente. Pero un día, se enfermó este padre, quien ya era bastante viejo y nos tocó confesarnos a todos con el padre que regañaba. Recuerdo que todos los de mi grupo se acercaban asustados, y definitivamente no ayudaba mucho ver a los niños que salían llorando del cuarto que usaban como confesionario. Finalmente me tocó a mi, así que me acerqué y entegué mi paquete de pecados seguros. El padre se tomó un tiempo para responderme, éste era joven y tenía cara de malo. Me dijo “¿qué clase de malos pensamientos?” a lo cual respondí “pues ya sabe, cuando uno le desea malas cosas a otros”. “¿Pero no son pensamientos impuros?”. Cuando ocurrió esto yo estaba en cuarto de primaria, tendría unos 8 años, mi concepto de pensamientos impuros era por ejemplo, desear que mi papá se muriera cuando me obligaba a comer fruta o imaginarme golpear a algún compañero que me caía mal o ganarle una discusión a la maestra. Así que pensándolo un poco le dije “sí”. Alzando un poco el tono de voz me preguntó “¿te has masturbado?”. Y pues yo respondí “yo creo que no padre” pero ahora sí realmente nervioso. “¿Lo has hecho o no lo has hecho?”, “Padre, no sé qué es eso”. Entonces el padre abrió los ojos a su máxima capacidad y se dio cuenta que acababa de cometer un grave error. Me dijo que rezara un padre nuestro y un ave maría. Lo primero que hice después de rezar, como se han de imaginar, fue buscar “masturbación” en este pésimo diccionario que se llamaba “Sopeña”. Es de esos diccionarios en los que buscas por ejemplo, “castraltor” y te dice “el que castralta”. Te vas entonces a “castralta” y te dice “remancería”, te vas entonces a “remancería” y dice: “dícese del lugar donde trabaja el castraltor”. No recuerdo qué demonios decía en masturbación, creo que mis dudas fueron resueltas preguntando a amigos. La cuestión es que un año después yo ya me estaba masturbando, y lo único que decía en el confesionario era “Padre, he tenido malos pensamientos”.

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