Futbolismo y antifutbolismo.

Hace días que quería hacer esta reflexión porque me parece que muestra muy claramente los dualismos en que estamos atrapados.

 
En fin, hay un movimiento sin precedentes (desde mi perspectiva) contra el fútbol, particularmente contra el mundial y, ¿cómo mantenerse indiferentes ante lo que ha pasado en Brasil para hacerlo posible? Pero en este tema, como en casi todos, tendemos a atender al síntoma y olvidar la enfermedad. Por siglos nos han educado para entender las cosas en términos de causalidad lineal, aislar la causa y el efecto (los que parecen más evidentes) y, sobre todo, pensar en términos de culpabilidad y merecimiento. Merecimiento que busca (infructuosamente) justicia, culpabilidad que (re)interpreta justicia como venganza.
 
Por supuesto, se han formado dos bandos, por un lado, ante la inesperada crítica al fútbol los pamboleros claman “déjenos ver el mundial en paz” y por el otro, algunos que nunca han sido futboleros, o que hace tiempo han dejado de serlo, encuentran en éste únicamente fuentes de dominación social.
 
Así que siento la necesidad de comunicar a los segundos que no es que el fútbol sea “malo en sí”, no hay cosas en sí, el asunto es que, como cualquier cosa que atrae y produce grandes montos de Capital, va a implicar dominación y miseria para la mayoría de los involucrados (y es cierto, la mundialización capitalista ha conseguido que prácticamente todos estemos involucrados). Un ejemplo es la industria ambientalista, si bien estamos ante una catástrofe climática, algunos capitalistas se han apalancado en la publicidad gratuita que supone esta preocupación para acumular más Capital, siendo secundario, incluso irrelevante, si sus productos y servicios realmente aportan a frenar el calentamiento global. Así que esto no lo hace el fútbol, ciertamente no lo hace el ambientalismo, lo hace el Capital que se coloca todas estas máscaras para sobrevivir, para mantener su hegemonía (si el Capital no es hegemónico, es decir, si no está suficientemente acumulado, se desvanece). El Capital es una entidad que opera sin atención al “bien” o al “mal”, sus fines son unidimensionales, su única intención es acumularse, y de una u otra manera hemos dejado en sus manos, desde hace bastante tiempo, el control de la mayoría de las relaciones sociales.
 
A los primeros, ¿por qué tanto miedo a la crítica?, ¿por qué cerrar los ojos ante las injusticias que desata la organización de un mundial en un país tercermundista?, pero sobre todo, ¿por qué cerrar los ojos ante la realidad del tercer, del cuarto y del quinto mundo?, ¿acaso nos hace sentir culpables?, supongo que si no les incomodara simplemente se mostrarían indiferentes. En todo caso, de nada sirve sentirnos culpables, la culpabilidad se encuentra arraigada, asimilada, precisamente en el corazón del Capital, ha permitido su emergencia y le ha facilitado el camino. No reduzcamos esta discusión a “los que ven fútbol son tontos” y a “los que critican el fútbol de todos modos no hacen nada”, pues es precisamente el dualismo capaz de imposibilitar todo diálogo, los primeros dicen “¡yo no soy tonto!”, los segundos “¡yo sí hago algo!” y es, por supuesto, un diálogo de sordos, un no-diálogo infantil. Es, esquemáticamente, el mismo “divide y vencerás” que ha habilitado a cada mecanismo de dominación en la historia.
 
A ambos bandos les digo, no se preocupen, dejar de ver el mundial no va a solucionar nada, aun si de un día para otro todos perdiéramos interés por el fútbol, el Capital se movería a donde esté nuestro interés, y si no lo encuentra lo crea: se hacen guerras y mundiales de fútbol para (re)constituir nacionalismo, se hacen telenovelas para (re)constituir ciertos valores, se hacen redes sociales para virtualizar el tejido social (para intentar des-materializarlo y hacerlo cada vez más light). Todas estas creaciones de atención amparan intereses capitalistas: consumo de armas, televisores, jerseys, viajes, facilitan una distracción de lo político, crean enemigos quiméricos, actitudes dóciles, apego a las leyes creadas en beneficio del Capital, promueven culpabilidad paralizante, incapacidad de organización social, individualización, desconfianza, inseguridad.
 
Pero toda decisión comporta dos lados, comporta fortalezas y debilidades. Qué tal si, admitiendo que solo los grandes capitales se anuncian durante el mundial, dejamos de consumir precisamente los productos que se anuncian (en tanto se “destapan” como grandes productores de miseria), qué tal si nos organizamos lo más comunitariamente posible, si encontramos maneras de cambiar el consumo capitalista por un consumo colaborativo, qué tal si simplificamos nuestras vidas y le vamos restando necesidades inventadas, hueras, qué tal si dejamos de creer que si tenemos más dinero y que si compramos más productos y servicios vamos a ser más plenos. Qué tal si ponemos más atención precisamente a las cosas improductivas, a las que no generan plusvalía: a la reflexión, a la convivencia, a todas esas cosas cuya ausencia es precisamente la que nos lleva a distraernos, a consumir para llenar el vacío de lo que realmente nos importa. Somos como los perros que se vuelven más violentos cuando están mas asustados, por eso nos urge (re)constituir redes de confianza.
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