Mártires de Jehová

Cuando se ven caer indiscriminadamente y sin distinciones los mártires y los traidores, ¿cómo se puede mantener aún la idea de una justicia inmanente? Si Dios es justo -de lo que a Israel no le cabe la menor duda-, tienen que existir retribuciones en el más allá para compensar las enormes injusticias de este mundo. Habrá juicio, separación de buenos y malos y castigo digno de éstos. Así lo afirma Daniel [siglo II a.C.]: «Será un tiempo de angustia, tal como no lo hubo desde que existen las naciones hasta ese día. Entonces se salvarán los que de tu pueblo estén escritos en el libro. Las muchedumbres de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para eterna vida, otros para eterna vergüenza y confusión» (12,1-2).

Georges Minois. Historia de los infiernos.

Trabajo en mi artículo de crítica al cristianismo, de hecho a ese cristianismo del que todo mundo habla maravillas, el primerito, cuando escucho el tintineo de mi timbre mecánico. “Seguro es el aire”, (no) pienso. Mi gata duerme en mis piernas y el tintineo insiste: la despierta. Así que la tomo en brazos y me dirijo a mi puerta… abierta. Nadie que no está en su casa deja la puerta (tan) abierta, así que seguro eso les dio confianza para insistir.

Mientras me acerco a los estereotípicos visitantes, mi gata, con toda la experiencia que ofrece llevar una vida de hedonismo, intuye de inmediato que los próximos 10 minutos serán insufribles, así que se escurre y se pone a correr por el jardín. Ya sin Sonia en brazos dejo de parecer villano (además estoy en pijama y sandalias con calcetines, supongo que también soy un estereotipo).

Me acerco y veo a dos tipos que esperan acomodados ritualmente, el maestro se encuentra un paso adelante del aprendiz a su izquierda. El primero de inmediato me hace recordar a cierto maestro de técnicas de investigación (el peinado, la ropa, la expresión, la actitud), y estaba por descubrir que también compartían una ignorancia monumental sobre el tema del cual se supone tendrían que enseñarme.

-Buenas tardes, estamos acercándonos a los vecinos porque traemos esta información que me parece que es de mucho interés para todos (me extiende un tríptico). Ahí vienen varias preguntas que a todos nos aquejan (sin verlo siquiera empiezo a doblarlo, ambos voltean nerviosamente a mis manos para atestiguar el lento pero bien conocido proceso de rechazo), la principal es si podemos conocer la Verdad.

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– La Verdad no existe. Respondo un poco fastidiado.

– ¿Cómo, a qué se refiere?

– A que no existe tal cosa como una verdad última detrás de un mundo de apariencias, tampoco una verdad que trascienda lo que cotidianamente asumimos como cierto, el asumirlo como cierto es lo que de hecho lo convierte en verdad. Estamos repletos de verdades que responden a distintos saberes que se vuelven posibles en distintas condiciones históricas y la verdad bíblica no es sino otra de ellas.

-Pero, ¿sabe?, “esta verdad” reconforta a mucha gente.

-Sí así es, me alegra. Por mi parte resulta reconfortante asumir que no hay una Verdad como ustedes la plantean.

-¿Usted lee la Biblia?

-Un poco, casualmente ahora mismo la estaba leyendo, un pasaje de Pablo.

-¿Sabe que Pablo dijo que tener fe significa creer que uno se puede salvar?

– Eso es esperanza, y era una relativamente simple, porque Pablo estaba convencido de que la “próxima semana” sería el Apocalipsis. La fe era convicción en la Palabra que, entre otras cosas, incluye a esa Buena Nueva respecto a la cual la esperanza toma el papel de una certeza. Recuerde, son tres, la fe o convicción, la esperanza o certeza y la caridad o amor. La caridad refiere a un marco de igualdad en las relaciones de las personas, para que ninguna tenga más poder que otra. Esas tres virtudes, llamadas teologales, nos darían cierta aptitud para ser salvados, pero ¿sabe?, justo cuando ustedes tocaron yo trabajaba en un pasaje de Pablo que explica que lo que verdaderamente importa para salvarse es la gracia, es decir, algo así como un capricho de Dios.

[“¿Qué diremos, pues? ¿Por ventura hay injusticia [ἀδικία] en Dios? ¡Eso, no! Porque a Moisés dice: ‘Me compadeceré de quien me compadezca y me apiadaré de quien me apiade’. Así, pues, no está en que uno quiera ni en que uno corra, sino en que se compadezca Dios […] Así, pues, de quien quiere se compadece y a quien quiere endurece. Me dirás, pues, ¿A qué, pues, se querella [μέμφεται, se culpa] todavía? Pues a su resolución, ¿quién se opuso? — Hombre, hombre, ¡vamos! ¿Tú quién eres, que le plantas la cara a Dios? ¿Por ventura dirá la pieza de barro al que la modela: Por qué me hiciste así? ¿O es que no tiene el alfarero dominio sobre el barro para de una misma masa hacer tal vaso para honor y tal otro para vileza?” Rom 9,14-21 (trad. Bover & O’Callaghan)]

– (Nervioso). Sí, eso, la fe es convicción… (Obviamente a partir de ese punto dejó de escucharme). Pero mire, esa fe no tiene por qué ser completamente ciega…. Noé, como Pablo, nos hablaba también de la importancia de la fe.

– Pero hay un problema aquí, tenemos evidencia de que existió Pablo y de que efectivamente escribió algunas de las cartas que hallamos en la Biblia, ¿pero Noé?, es como si usted me habla de Aquiles… o de Supermán. No hay evidencia histórica…

-¿Ha escuchado del cambio climático?, ¿que tal vez llegue una nueva glaciación? (¿?), pues mire, hace mucho tiempo hubo otra glaciación, y se han encontrado restos fósiles… de mamuts y otros animales. La ciencia nos podría estar dando evidencia de que sí hubo un gran diluvio.

(Ahora estoy entretenidísimo con la idea de que a veces los fósiles los entierra el Diablo y a veces son evidencia de que existe Noé).

– Mire, alguien ya se dio a la tarea de calcular cuántos años tiene el planeta con base a los relatos bíblicos, y concluyó que tiene apenas unos 7 mil años. La última glaciación ocurrió hace cientos de miles de años (según veo, esto fue una exageración mía, dice internet que comenzó hace 110000 años pero terminó hace 12000, en un descuido y le salen las cuentas). Pero mejor concluyamos en que se trata de un asunto de fe para ustedes, y que yo no necesito eso.

– Si, hay que tener fe, y si usted ha leído el Apocalipsis ahí dice que separará a los buenos de los malos…

– Ya lo había dicho Daniel… la literatura apocalíptica es un invento del siglo II a.C., igual que el mesías. Y créame, lo que en ese tiempo se creía “bueno”  y “malo” tiene muy poco que ver con las valoraciones actuales.

– Bueno, le recomendamos ver esas preguntas (hasta ahora no las he visto, en mi mente no son sino replanteamientos de las antinomias de Kant, los límites del conocimiento posible). El no poder responderlas hace que mucha gente no le encuentre sentido a la vida.

– Eso es porque la vida no TIENE ningún sentido por sí misma (me vuelve a salir el cobre postmoderno). La humanidad continuamente ha pretendido asignarle uno trascendente en vez de simplemente vivirla. En fin, si ustedes necesitan de esto para continuar con sus vidas, al menos concédanme que alguien más puede necesitar de la cocaína o del fútbol del mismo modo. Que si la Biblia es criterio de verdad para ustedes, es perfectamente comprensible que cualquier otro libro sea criterio de verdad para otros.

– Pero estos son libros que durante toda la Edad Media trataron de ser destruidos (¿?) y sobrevivieron durante siglos para venir a contarnos esta Verdad.

– Mire, hubieron algunas persecuciones a los cristianos poco antes de la Edad Media, pero no trataron de hacer desaparecer sus textos, había montones de copias de lo que ustedes llaman el Antiguo Testamento, pues son los textos sagrados de los judíos. Y durante las persecuciones no se había definido un canon del Nuevo Testamento, los romanos no hubieran sabido por dónde empezar a quemarlo. ¿Pero sabe verdaderamente qué textos sobrevivieron a las hostilidades de la Edad Media, precisamente por parte de los cristianos?, los de Aristóteles, ¿cree que por eso valga la pena hacer una religión con sus preceptos? (la verdad es que los adoptó la Escolástica en el siglo XIII y que, en cierto modo sí se complementó la religión católica gracias a Aristóteles, pero fue el único que me vino a la mente, por famoso, un mejor ejemplo hubiera sido Epicuro o Demócrito, de quien tristemente se perdió casi todo).

– Bueno, hasta luego (extiende el brazo sin quitar la misma robótica sonrisa, su compañero, considerablemente más joven me voltea a ver con una última sonrisa nerviosa, ambos se van).

Me quedo pensando en otro profesor que tuve, uno de Administración que nos contó cómo le emocionaba ir a las playas y que se le acercaran vendedores de tiempo compartido y que él detectara tácticas de venta bien específicas y muy conocidas por él. Sentí un poco de pena por mí y regresé a mi artículo, ya sin gato. 😦

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2 comments so far

  1. Anónimo on

    Puės en realidad es difícil creer en la verdad, porque como seres humanos cada uno pensamos que nuestra verdad es la de adeveras. Y, es tan difícil que alguie nos crea, que hasta en cosas tan simples como decir…. Por Ej.: Oh! La leche se terminó! La persona a quién se lo dices, va a convencerse por sí mismo, que efectivamente se terminó, y uno siente, no creé en mí, piensa que soy mentirosa? Y no, yo creo que cada quién necesita estar seguro de que lo que se le dice sea verdad.

  2. jmgasca on

    Si entiendo bien, lo que señalas es que el problema central es la confianza. Yo veo que el problema con las instituciones en general es que se promueven para obtener confianza de muchas maneras. No veo diferencia entre cualquier miembro de cualquier religión que de puerta en puerta venda su fe, a que me vendieran tupperware. El vendedor hace una labor de convencimiento precisamente tratando de obtener confianza. ¿Cuándo se inventó esto? Con el cristianismo… hasta donde conozco la Iglesia es la primera institución de la historia para la que fue muy importante hacer que los demás piensen en sus términos… para salvarnos, etc. Supongo que sólo queda decir: “gracias, pero no gracias”.


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