Un paradigma sobre la invención de las verdades

“[…] el paradigma es un caso singular que se aísla del contexto del que forma parte sólo en la medida en que, exhibiendo su propia singularidad, vuelve inteligible un nuevo conjunto, cuya homogeneidad él mismo debe constituir.”
Giorgio Agamben
Acontecimientos
Ocurre un impulso inicial que, para efectos del caso que pretendo exponer, podríamos llamar eros en su versión menos “contaminada” posible (de acuerdo a los propios “límites subjetivos”). Una forma más tradicional de decirlo sería: “dos personas se conocen y se enamoran perdidamente”. Pero siempre ocurre un acontecimiento ‘A’ en un momento determinado (a veces en minutos, a veces en meses). Se trata de un acontecimiento que es interpretado de cierta manera por una de las partes, y es su interpretación lo que de hecho hace de ‘A’ un acontecimiento. Para el otro individuo fue imperceptible, de hecho no tiene existencia sino hasta que ocurre el acontecimiento ‘B’, que es el primer efecto contaminante de aquel eros mutuo, o como tradicionalmente se diría: “el reclamo”. Por ejemplo, “noté que te sentiste avergonzado de mi el otro día” o, “¿por qué reaccionaste como si te avergonzara hace rato?”, o (en ese instante) “¡qué!, ¿te avergüenzas de mí?”.
Como es de esperarse, semejante afirmación (explícita o implícita), es experimentada por el receptor como algo que pone en peligro a eros mismo. Incluso en un reduccionismo químico, equivaldría a que el dealer del adicto le amenace con no seguirle aprovisionando de eso que siente que necesita, es decir, la situación proveedora de endorfinas está en peligro. Quien reclama busca satisfacer una sospecha: cree que quiere conocer la verdad.
Aquí es necesario un pequeño paréntesis. En primer lugar, no hay algo como una verdad en sí, pues es imposible poner entre paréntesis todos los mecanismos de interpretación que hacen que veamos al mundo como lo vemos, o como diría Nietzsche: “no hay hechos, sólo interpretaciones”. En segundo lugar, habiendo “recortado” la verdad a eso que es interpretable por nuestra situación, desde nuestra perspectiva, de todos modos uno nunca sabe que quiere conocer la verdad, pues los efectos de conocerla son incalculables: la voluntad de saber y la voluntad de verdad suponen cierta valentía a priori, pero no garantizan que no haya un arrepentimiento a posteriori; por lo que esa valentía (que siempre podría ser llamada a posteriori ‘estupidez’) es un creer que se quiere conocer la verdad (me pareció importante aclarar esto porque me he topado con mucha gente que solicita la verdad y cuando ésta es provista les resulta inaceptable). En tercer lugar, es un verdadero creer que se quiere conocer la verdad y no una simple estrategia. Es muy común que el reclamo se utilice como estrategia en las relaciones, típicamente para compensar una deuda o para acrecentar la deuda del otro y obtener lo que se busca, pero cuando llegamos a ese punto es porque el impulso inicial de ese eros hace tiempo que se “arruinó”, así que mantengámonos en el acontecimiento ‘B’.
Podemos, pues, estar de acuerdo en que el receptor no puede simplemente decir con toda frialdad “estás equivocado”, suponiendo que con ello todo regresará a la normalidad, con la confianza de que la provisión de endorfinas se mantenga al mismo ritmo (insisto, en un reduccionismo químico que, no obstante, resulta bastante útil para explicar la situación). La reacción, en la inmensa mayoría de los casos, será una sobre-reacción, pues hay demasiado en juego. El emisor no lo sabe (porque ya hemos aclarado que no se trata de una estrategia), pero está solicitando esa sobre-reacción. O mejor dicho, la situación misma supone un imperativo de la sobre-reacción, y el receptor típicamente “obedecerá” esa orden. Simplificando, si hablásemos de la “reacción” como una mera respuesta emocional, su aspecto “sobre” agregaría un componente estratégico: uno no se pone simplemente a llorar porque nuestro precioso eros se ha contaminado por una percepción equivocada, es necesario hacer algo para recuperar el estado de gracia que se ha perdido.
Mientras reflexionaba esto me llevé la sorpresa de que precisamente la sobre-reacción es extremadamente similar a la primera práctica penitencial institucionalizada que configuró el cristianismo: la exomologesis. A diferencia de la mucho más tardía confesión, en la exomologesis de lo que se trataba era de mostrarse uno mismo (publicatio sui) de manera dramática ante el resto de la comunidad, cuyos lazos están tejidos por agápe o cáritas, la palabra griega y latina, respectivamente, con la que se denominaba al amor cristiano. Esta práctica tiene una influencia tanto hebrea como griega, en cierto modo se trata de un sincretismo. Para los hebreos, de lo que se trataba era de tener ‘sencillez de corazón’, una actitud de total transparencia ante la comunidad que manifestaba una transparencia para con Yahvé (la kippah representa una especie de “apertura” a través de la cual Yahvé, desde las alturas, observa todo nuestro ser). Tener una ‘doblez de corazón’ implicaba que había una agenda oculta, una vida secreta y misteriosa que no se apegaba a la ley judía (Torah). Entonces, en un sentido, la exomologesis implicaba no tanto la transparencia cotidiana del ser de uno mismo sino que, como acto penitencial, había que sobre-mostrarse, pues era un procedimiento que sólo se detonaba ante faltas consideradas muy graves (en el siglo II eran pocas: asesinato, adulterio, apostasía).
Respecto a sus raíces griegas, la exomologesis remite a la noción de parresía. Comúnmente es traducida por ‘franqueza’, pero se trata de una noción que está vinculada a la creencia de que es posible acceder a la verdad por uno mismo mediante un conjunto de ‘prácticas de sí’, ejercicios existenciales como la meditación, la escucha, la escritura, el examen de conciencia y otros. Así como hoy típicamente se cree que es posible acceder a la verdad mediante el conocimiento de un fragmento de naturaleza que se pasa por el filtro de métodos científicos, es decir, que en cierto sentido se acopla a criterios que hemos descubierto, la verdad parrésica es alcanzada cuando somos nosotros quienes nos acoplamos a la naturaleza, nos ponemos en “sintonía” con ella en vez de extraer de ella objetos para experimentar. La parresía era la verdad del filósofo griego, es decir, de un personaje que se diferencia del profeta (que dice la verdad por una especie de revelación), del especialista (que sólo dice la verdad sobre la técnica específica que conoce), y del sabio  (que dice la verdad con el respaldo de una comunidad que le reconoce como tal). El parresiasta dice la verdad sólo con la (no-)autoridad de su ser, del sí mismo que él es, y dado que no cuenta con la autoridad que le da la comunidad, o que le da un dios, o su conocimiento técnico reconocido, implicaba un riesgo decirla. En la literatura griega, se utiliza muchas veces la noción de parresía para un acto de franqueza que supone un riesgo de muerte para quien lo enuncia, por lo que ser parresiasta no implica sólo enunciar una opinión, sino poner en juego el propio ser en la enunciación.
En la exomologesis cristiana inventada a finales del siglo II, el mostrarse a sí mismo supone esta parresía, pues en un solo movimiento se declara, se testifica (mártir significa testigo) como verdadera la divinidad de Jesús que mediante ese proceso habrá de salvarle, y se dice la verdad sobre uno mismo, el ‘yo’ se pone en juego incluso en el contexto de una época en que los cristianos eran perseguidos. Esta penitencia duraba años y las ‘prácticas de sí’ incluían el vestir con harapos (como los cínicos), el ayunar (como los epicúreos), la autoflagelación, el llanto en público, la ceniza en la cabeza (práctica sacrificial muy antigua presente en múltiples culturas). Toda esta dramatización es también muy similar a cierto simulacro que gustaban de hacer algunos estoicos como Séneca, quien siendo sumamente rico elegía vivir algunos días del año como esclavo, hacer algunas de sus labores, comer lo que comían, dormir donde dormían, como una práctica para mostrarse que incluso vivir en la situación menos privilegiada no era el fin del mundo.
Mostrarse dramáticamente a uno mismo no tiene entonces el único efecto de ser honesto o transparente para con la comunidad, sino que tiene una función “sobre-afirmativa”: es bien conocido que, así como muchos paganos veían como ridículas y escandalosas estas prácticas, las filas de cristianos se ensanchaban de manera importante cada que había un acto público de martirio. Es decir, estos actos no sólo manifestaban una verdad, sino que la comenzaban a tejer, conforme más gente iba creyendo, las relaciones con el paganismo, con el Imperio, las prácticas económicas al interior de las comunidades, el papel de los obispos, la doctrina misma, se iban configurando para mostrar otras realidades, para que nuevos fenómenos se experimentasen como racionales, es decir, como correspondientes a una verdad.
Mi impresión es que, evidentemente a otra escala, con las relaciones de pareja pasa algo bastante similar a partir del acontecimiento ‘B’. Podríamos decir que eros comienza a contaminarse de amor cristiano: el acontecimiento ‘B’ requiere de un sacrificio por un otro, un sacrificio que lo sacraliza, lo vuelve sagrado. En un acto hasta cierto punto estratégico, un ‘yo’ se consagra a otro, se objetiva para donarse. Al mismo tiempo, dado que toda oración de súplica es un imperativo, el sacrificio compensa a la vez que espera una retribución: mínimamente el perdón (aunque el acontecimiento ‘A’ no se vincule a una “mala intención” -esto pasaba también el siglo II: un soldado converso podía hacer exomologesis a su retiro por las muertes que causó aunque no tenía la intención de pecar cuando lo hizo-). Pero más allá del perdón, el verdadero fin es la “salvación”, que al igual que en la tradición judeocristiana, se percibe como una suerte de regreso al estado originario, retornar a la relación con el Amado antes de la Caída (me refiero, por supuesto, a la adámica). Evidentemente eso es imposible, pero es justo ahí donde se manifiesta la relación entre esperanza y salvación: la esperanza es creer que algo ocurrirá sólo porque así lo deseamos. El acto sacrificial mismo sería un sinsentido sin esta esperanza: ella es el aspecto pasivo que sostiene las “agencias” rituales de salvación.
Había una relación que por alguna razón se contaminó (peccatum es mancha), ahora se vuelve necesario realizar un sacrificio como estrategia de “limpieza”, en ese acto se sacraliza retrospectivamente la relación: aunque la intención sea la de un “regreso al estado anterior a la mancha”, el acontecimiento modifica la concepción de la realidad que se tiene de la relación. Esto no significa que eros se transformó por completo en amor cristiano, sino que un eros que no desaparece se va “domesticando”:  ahora habrá una especie de “eterno retorno” al acontecimiento ‘A’, traumático en ese sentido, cada que se dé un acontecimiento ‘C’, es decir, el ofensor sobre-actúa ante una situación en la que el miembro ofendido pudiese volver a percibir que se siente avergonzado de él. La capa “resanadora” que supone la sobre-reacción, modela la verdad sobre el sentimiento por el otro: lo más probable es que ahora se enfatizará el hecho de que no se siente avergonzado de su pareja, incluso se compensará manifestando en qué sentido se siente orgulloso o le respeta o admira. Vemos que se ha comenzado a “tejer” (aunque en el afán de “surcir”) una verdad arbitraria en el sentido de que emergió de una interpretación arbitraria, pero como Nietzsche sabía muy bien, todo lo que percibimos como verdadero está vinculado a ficciones que hemos olvidado que lo son.
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1 comment so far

  1. Cuca Obregón on

    Hola, muy buen tema! Y “de verdad aveces es tan doloroso saber la verdad, qué después de conocerla quisiera uno nunca haberla sabido.


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