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De amor y sus formas.

(Primer borrador sin citas).

Se encuentran dos personas que se atraen de inmediato. Se acercan para charlar, los dos pretenden dar su mejor cara, que obviamente, no es necesariamente la real, es en todo caso el mejor auto-concepto posible (cuando no un descarado engaño). Este es el mejor de los casos, comúnmente sólo primero uno se siente atraído por el otro y busca maneras de llamar su atención hasta que se vuelva posible tener una charla.

¿Qué los motiva al acto de “conquista”? El eros (έρως), una suerte de bestia interior que controla muchas de nuestras decisiones, una manifestación física de necesidades evolutivas, pero también una serie de constructos emocionales que nos invitan a la creación (ποίησις). Es divertido pero también supone una apuesta, un riesgo, la posibilidad del rechazo con la consiguiente evidencia de la mancha en nuestro mejor auto-concepto. Tan es así que la mayoría de las veces que alguien te atrae y consideras que por alguna razón es inalcanzable o supone demasiado esfuerzo, mejor lo evitas. No es diferente a múltiples técnicas evolutivas perceptibles en otras especies.

Entonces ambos toman un riesgo, charlan, y digamos que deciden seguir adelante con la relación. Se dicen o se creen amigos, pero en un sentido estricto no lo son realmente, es una mera antesala al eros. La filia (φιλία), que al igual que eros es también traducida como ‘amor’ pero más comúnmente por ‘amistad’, es aquel sentimiento de agrado de mantener una relación con otras personas, pero no como una necesidad interior, sino en un fluir cómodo en el cual no son colocadas demasiadas expectativas.

La pareja que ahora ha nombrado a su relación ‘amistad’, no se encuentra en ese libre fluir, sino que más bien se sienten impelidos a construir una serie de pretextos para compartir tiempo juntos, hasta que subjetivamente consideren que es socialmente pertinente liberar el erotismo. Esto es muy variable dependiendo de la cultura y del individuo, puede ser cuestión de minutos o de años, pero en general ocurre lo mismo.

El problema de constituir una relación de amistad a partir del eros, es que la bestia erótica esclaviza muchas de las decisiones filiales. Hay un elemento faltante, un deseo creciente que no se apagará hasta ser satisfecho, u olvidado (técnica evolutiva) cuando toma características de inalcanzable, o cuando el costo se vuelve demasiado alto.

Aparentemente, las hordas primitivas no tenían este problema. Los grupos eran promiscuos, así que la imperante necesidad erótica era inmediatamente cubierta, además la filia de estos pequeños grupos se daba por sentada, así que era simplemente plataforma o trasfondo. No daba pie a las incomodidades o chantajes que presupone el intercambio sexual contemporáneo.

Luego surgió el tabú del incesto, que dio origen a la exogamia, esto es, a las relaciones sexuales exclusivamente con otras tribus (la tribu en su totalidad se consideraba familia, independientemente de la consanguineidad). Este tabú separó “oficialmente” al eros de la filia. Digamos que quedó prohibido tener sexo con los amigos, y sólo quedó permitido tenerlo con cualquiera de la tribu “amiga”, con quienes no había relación filial consciente, sino exclusivamente erótica.

Sabemos que, sin embargo, las prácticas sexuales seguían siendo polígamas, pues los hijos resultado de las relaciones inter-tribales tomaban el “apellido” (tótem) materno y pertenecían al clan materno, pues no podía comprobarse la identidad del padre. No obstante, cuando era descubierto el incesto, o el sexo con una tribu prohibida (un tótem
prohibido), las penas eran por demás crueles: toda la tribu (propia) estaba obligada a dar muerte al infractor.

Muchas cosas ocurrieron antes de que naciera la familia nuclear que hoy conocemos. Algunas fueron el nacimiento de la propiedad privada, de la religión y del Estado. Por la línea de los fetiches, los tótems, los mitos y los rituales podemos hallar a la religión (totémica, luego politeísta y eventualmente monoteísta). El tótem era comúnmente un animal comestible (que la tribu tenía prohibido comer), una especie de Idea platónica que representaba a cada miembro de esa especie como “fuerza” que permite la existencia de determinada tribu.

La exogamia es la manera en que distintas tribus comienzan a llegar a acuerdos de beneficio mutuo. Comienza a haber un reconocimiento de tótems ajenos, esto pudo haber dado origen al politeísmo, pero sin duda dio origen al Estado: con el descubrimiento de la agricultura y el pastoreo los grupos pudieron hacerse más grandes, volverse sedentarios significó una mayor necesidad de defensa de grupos enemigos, así como la necesidad de alianzas con tribus vecinas.

Pero tal sedentarismo también significó la existencia de la propiedad privada: las prácticas de pastoreo se atomizaron por parte de los miembros de la tribu, que ahora cuidaban de los animales necesarios para la subsistencia propia y de los dependientes; y la agricultura eventualmente supuso que cada miembro empezó a sembrar y cosechar el mismo pedazo de tierra. Con la invención de las herramientas, cada miembro se volvió constructor de las propias y, eventualmente, fueron utilizadas en trueques. La propiedad privada dio origen al intercambio comercial.

La esclavitud era una práctica muy diferente a la que hemos conocido de Grecia y Roma, y mucho muy diferente de la que podemos dar cuenta con el colonialismo y la historia moderna de América (la cual, en todo caso, es más bien muy similar al proletariado de maquiladoras en países de cuarto mundo). Las guerras entre tribus nómadas suponían supervivientes de los vencidos y bajas de los vencedores. La tribu vencedora debía evaluar cada vez si debía sacrificar a los supervivientes vencidos o si convenía que fueran unidos a la propia tribu, como hermanos. Tal fue el nacimiento de la esclavitud, pero cuando se unían como hermanos eran iguales al resto, no había ningún tipo de opresión contra ellos (aunque eventualmente se requirieron rituales de purificación).

Con la propiedad privada, sin embargo, los grupos sedentarios que tomaban prisioneros de los grupos vencidos, entendieron pronto que no podían ser tratados como iguales, pues se necesitaría asignarles tierras y animales que nadie iba a ceder, parecía más conveniente que trabajaran a los animales y tierras de distintos miembros de la tribu vencedora a cambio de alimentación y protección.

Parece que la cosmovisión de propiedad dio un giro al concepto de esclavitud, y que, aunada al politeísmo, permitió la configuración de Estados. Los viejos tótems tomaron figuras más humanas: el hombre entendía mejor a la naturaleza y hasta cierto punto la controlaba, ya no era la misma vida, extremadamente lábil ante los peligros de la naturaleza, ahora la producción se volvía más predecible y había, hasta cierto punto, abundancia. En esta suerte de Ilustración primitiva nacieron las ciudades, y así como la propiedad privada surgió inconscientemente de la práctica diaria, el llamado ‘contrato social’ también lo hizo.

Los primeros Estados, sin embargo, mantenían una cosmovisión esencialmente primitiva: los extranjeros eran vistos como peligrosos y los gobernantes eran fundamentalmente sacerdotes, representaciones de distintos dioses en la Tierra. Los mitos subyacen en el nacimiento del Estado: el Orden (Cosmos) debía reinar sobre el Caos (la Nada). Distintas teogonías gobernaban las prácticas rituales-religiosas que equivaldrían a lo que hoy conocemos como leyes, pues Orden siempre era entendido como conservación de costumbres, mientras que cambio siempre implicó Caos.

Ya en la antigua Roma, el término famulus, de donde proviene la palabra familia, correspondía a las personas que estaban bajo la propiedad-protección de un hombre adulto, esto es, los esclavos, la esposa y los hijos. Tal familia no tiene sus orígenes en Roma sino en los primeros Estados: con la propiedad privada se volvía necesario saber a quién se heredarían los bienes, se volvía importante comenzar a saber no sólo quién era la madre, sino también quién era el padre. Tal es un antecedente de la familia monógama.

Si bien la antigua Grecia no es monógama (en el caso de los hombres), sí está estructurada en torno a la familia nuclear, y sabemos que también existe la herencia. Es común encontrar referencias en textos en torno a la bisexualidad, pareciera que la promiscuidad de hombres con hombres facilitaba la administración, pues tendrían hijos únicamente con sus esposas, mientras que el eros se vería satisfecho con quienes no hay riesgo de procrear.

En las primeras hordas podía ignorarse por completo la filia como algo dado, y quedar únicamente el eros como una práctica libre y común. Los griegos retoman la posibilidad de que exista eros en las relaciones de amistad (particularmente maestro-alumno), pero separan el factor más bien administrativo de procreación y herencia. En ese sentido, ni ‘matrimonio’ ni ‘familia’ presuponían amor, ni filia ni eros, (aunque el sentido de lealtad de la esposa al marido es un tema recurrente, que también refleja la importancia de que la herencia se repartiera únicamente a hijos legítimos), sino que estaban constituidos en un marco de la administración estatal y política, hablando de Grecia, de las Alejandrías y del primer imperio romano.

Es en el nacimiento de las prácticas ascéticas de connotación cristiana que se ve a la práctica sexual como algo impuro, que después trata de purificarse con la concepción de amor, un amor que será un extraño híbrido entre eros y filia: ágape (αγάπη). O mejor dicho, ágape es un término griego que será latinizado por el cristianismo para “limar”, conceptualmente, lo erótico y lo filial para encontrarse en el medio. Es una especie de amor incondicional, donde lo importante es el Otro. Es una especie de alargamiento sintético del eros: no se pierde la adoración por el Otro cuando la necesidad es satisfecha, sino que se vuelve un trasfondo, una plataforma invariable, como lo era la filia. Ágape toma algo del eros para así eliminarlo, pero también para diferenciarlo de una mera filia, que sigue existiendo fuera de la familia. Ágape se va a convertir en un requisito para la unión sexual, debido a que ágape es también la clase de amor que debe sentirse por Dios, y sólo así puede estar santificada la unión de naturaleza corrupta.

Traduciendo, se debe sentir incondicionalmente algo innatural como manifestación de un ser inexistente, por un Otro inexplicablemente idealizado, en el marco de un ‘sí mismo’ apagado, devaluado. Esto es, debo ignorar lo que realmente siento y tener fe en lo que supuestamente debo sentir. En este (sin)sentido se conjugan fetiches, tabúes, mitos, rituales y una religión (que en cierto sentido sintetiza muchas); pero también se conjugan prácticas administrativas y gubernamentales. La convención social del noviazgo y el matrimonio, que conjugan los conceptos inabarcables, inconmensurables de amor y compromiso, arrastran consigo todo este bagaje.

En este marco, es casi sorprendente que nos preguntemos por qué hay “infidelidades”, “miedos al compromiso”, o simplemente deseo sexual por personas que no son nuestra pareja; cuando la normalidad tendría que ser precisamente esa.

El abrelatas invisible.

No sé si existe un marco de trabajo conceptual en Psicología, pero hasta ahora no me he encontrado algo convincente, la pirámide de Maslow es quizás lo más cercano que he encontrado a lo que busco, pero ha sido insuficiente y no me parece tan desarrollado como para que, por ejemplo, un terapeuta desde el inicio de la primer entrevista diga “van a ser n sesiones para resolver su problema”. Me parece risible.

Siento como si estuviera tratando de abrir una lata con cubiertos… golpeando el cuchillo con la cuchara para abrir pequeños huecos, luego tratando de hacer palanca con un tenedor y siempre preocupado por no derramar el contenido.

No he encontrado en Psicología algo que se parezca a un abrelatas, que no de manera mágica, sino con un poco de esfuerzo y tocando los puntos correctos, permita levantar y remover la tapa de la lata.

Esta tapa en mi caso ha sido la gran coraza o mecanismo de defensa que integra todo lo que no soy. Una especie de costra que se ha formado para tapar las heridas antes de desangrar. El problema es que termino por vivir cómodo con la costra y ahora me es doloroso quitarla, cuando lo cierto es que no hay verdadera sanación hasta que ésta cae y queda, cuando mucho, un indicio de que ahí pasó algo, la cicatriz.

La manera desordenada en que he conducido mi especie de “autoterapia” ha tenido resultados por demás interesantes en cuanto a intensidad.

Uno de los principales problemas que detecté era mi incapacidad de sentir. No sólo porque cualquier tipo de sentimiento salía “rebajado”, sino además porque de repente toda mi vida estaba como agendada, y vivía de manera robotizada enfocado en el tiempo de cada actividad del día, de igual manera, mi toma de decisiones era absolutamente racional.

Es entonces que de diferentes formas me di cuenta que estaba reprimiendo sentimientos al grado de que mi intuición estaba presta a cualquier acontecimiento de impacto para tratar de digerirlo inmediatamente enviándolo a la razón. De esa manera mi cerebro definía razones claras para “resolver” antes de sentir.

Empecé a trabajar, el primer descubrimiento relevante fue que me estaba convirtiendo en mi peor enemigo. Que mi principal miedo es a mí mismo, que estaba siendo demasiado duro conmigo mismo.

El siguiente paso fue ubicar que esa parte de mí a la cual temía ya había formado una personalidad propia, es decir, podía ubicar un conjunto de patrones de actitudes relacionadas a la figura de autoridad que se formó. De repente yo podía ser arrogante, mentiroso, egoísta, inseguro sin una razón “de peso”, al menos aparente.

Luego concluí que dicha razón enmascarada era la necesidad de aceptación y el profundo terror al rechazo. Un efecto/daño colateral estaba siendo el no sentir, muy probablemente porque sintiendo podía perder el control y hacer cosas de las que me arrepentiría, y en este caso, me torturaría por haberlas hecho, como acostumbro a hacerlo cuando pienso que tomé una mala decisión.

Esto salió a la luz porque en esa identificación de patrones de comportamientos indeseables, me encontré sintiendo otra vez, poco a poco en el sentido de que son relativamente escasas las situaciones que me han generado algún sentimiento; pero de manera sorprendentemente impactante en cuanto a la intensidad.

Así apareció la depresión por soledad, la desconfianza y su contraparte al mostrarme totalmente vulnerable ante mucha gente que bien podría hacerme daño, apareció el miedo profundo respecto al odio de otros, no sólo siendo yo el odiado sino incluso el percibir odio hacia un ser querido, sentía miedo con exactamente igual intensidad. Apareció un profundo deseo de ser completamente transparente y no guardar ningún tipo de secreto  con el costo de que mucha gente que amo dejara de confiar en mí. Aparece también la empatía y la conmoción para llorar infortunios de otros que luego terminaron por consolarme a mí. Apareció brevemente la ira y el deseo de venganza. Finalmente apareció el enamoramiento y sorprendentemente los celos y la envidia.

Ahora no sé cómo lidiar con todo esto, mi lado sentimental inaugurado me invita a hablar con todos al respecto, con total transparencia y vulnerabilidad. Pero cierto es que no todo está resuelto respecto a mi coraza. Pasan las horas y vuelvo a encapsular esa maraña de sentimientos.

Lo que ahora me pregunto es si hay alguna anomalía en mi forma de sentir. Si este es el contenido “normal” de la lata o si de plano estoy derramando el contenido en el intento de abrirla. Si es el contenido “normal”, quizás estoy regresando a un estado primitivo en el cual se disparan sentimientos en blanco/negro es decir, sin una intensidad variable en términos de una escala de grises, como resultado de muchos años de represión.

Desinteligencia (Unintelligence).

Hace como tres años un pseudomentor me invitó a leer a un autor quesque famoso que se hace llamar Osho, porque “vio en mí algo que le hacía pensar que me gustaría mucho”.

Yo en ese momento (raro raro) no estaba leyendo un carajo, así que me metí a amazon y compré un libro de él, que se llama “Intelligence: The Creative response to now”.

Encontré poco de valor real en ese libro, la forma en que escribe es además impresionantemente aburrida, lo rescatable fueron algunas citas de historias Zen. Pero dentro de toda la mierda exagerada, idealista y recetoide (o sea, con los ingredientes para ser feliz en la vida); encontré una premisa muy interesante. Cuando Osho habla de inteligencia, dice que nacemos inteligentes, pero que lo que nos rodea se esfuerza en hacernos “desinteligentes” (él habla de “unintelligence”).

Resulta que cuando nacemos, tenemos a nuestro alcance todo un mundo de conocimiento, que llega a nosotros de dos maneras: 1. Con un raciocinio propio, apoyado en lo que en Lógica se conoce como “sentido común” y, 2. Guiados por el conocimiento y desconocimiento de otros.

A mi me bautizaron (no es canción de Arjona) antes de cumplir un año, tomó la decisión una persona que ahora no puede sostener una discusión con un solo argumento sólido respecto a la importancia ya no digamos del sacramento, sino de toda la base doctrinal de su religión. Los argumentos éticos con los que crecí, lejos de tener un fundamento filosófico, se basaron completamente en supuestas mejores prácticas dictadas por una tradición lejana de ser un caso de éxito.

A los 6 años pensaba que los mayores merecían más respeto que yo, a los 8 yo ya era feliz de tener una primera comunión, a los 10 de rezar el rosario todos los días, y a los 12 pensaba que masturbarse era malo. Me llevó unos 4 años más comenzar a “deseducarme” para pretender regresar al camino de la “inteligencia”.

En el caso de las relaciones de pareja, nos encontramos con una serie de supuestos sociales que en un momento me pudieron parecer “naturales” y algunas ahora me causan náuseas.

A los 14 años pensaba que algún día me casaría (seguramente antes de los 24), con una mujer más o menos sumisa, que tendría un par de hijos, que todos dependerían económicamente de mi, que ambos seríamos fieles (en lo próspero y en lo adverso) y que sería una relación para toda la vida. Pensaba también que la autoridad radicaba en el hombre, aunque era manipulable mediante artimañas femeninas, que los celos eran algo completamente normal y hasta bueno (eran una demostración de amor), que había un elemento de propiedad (“cuando seas mía”), y que por supuesto estar en una relación de pareja implicaba sacrificios (ceder).

Un día estaba con una amiga que me contaba sus penas de amor en una relación totalmente disfuncional, él era casado, machista, celoso; y curiosamente era lo que ella buscaba, un estereotípico macho que la celara, pero el defecto era la esposa de él. Y le empecé a hablar de un amor independiente, honesto, limpio, le platiqué de lo fundamental que era la confianza en una relación y cómo eso era todo lo contrario a los celos. Lo más interesante para mi fue que no lo comprendió, es decir, entendió cada una de mis palabras, pero no comprendió el sentido completo, no supo de qué demonios le estaba hablando. Entonces entendí que ella era una mujer educada, desinteligente en el sentido de Osho.

Le conté a este pseudomentor y me “regañó”. “¿Cómo le dices a alguien como ella que existe esa clase de relación? Acabas de ser el causante de su infelicidad. Ella aspiraba a una relación fácil de obtener, abundan esa clase de hombres, ahora sí se la complicaste, ojalá que olvide tus palabras.”

Le expliqué que ella ni siquiera había entendido, me platicó que él lo entendió muy tarde, era casado y con dos hijos, con un relativo alto puesto en un trabajo que carcomía diariamente su energía, con el sueño idealista de emigrar a oriente a meditar en busca de la “inteligencia”.

Creo que para muchas personas se vuelve más importante el día a día, resolver los pequeños o grandes problemas que encaran rutinariamente. Por eso es mucho más sencillo dar por hecho una serie de premisas sociales con tonalidades de Ética, y así es como surge la Moral. Se convierten en principios más democráticos que ciertos, y el “qué dirán” gana un importante peso específico en la estandarizada vida de estas personas. El resto de la sociedad se convierte en un grupo de jueces que aplican una ley de extraños castigos psicológicos ante unos principios que no analizan ni comprenden.