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The Lobster: ha comenzado la cuarta temporada de Black Mirror

– I am not yours to save.
– But you are.
– What?
– You are my lobster.
Rachel y Ross.

Hace mucho que una película no conseguía malviajarme. La anterior fue, probablemente, Antichrist de Von Trier que, discúlpenme, hay que tener una obsesión con la correctud (o como se traduzca correctness) política para encontrarla misógina (es lo mismo con sus #OscarsSoWhite, ¿de verdad el jurado tenía que haber elegido a cualquier persona de otra raza, sólo por su raza, para prevenir esta polémica?, ¿quién está siendo más racista?).

Definitivamente, que una película me malviaje no me parece malo, es un cumplido, lo veo como un verdadero mérito: sólo una película que considero genial sería capaz de malviajarme. The Lobster es genial, aunque no puedo dejar de pensar que se trata de un episodio extendido de Black Mirror. Y ahí se inserta un segundo malviaje: ¿será que está en peligro el cine frente a las series? Llámenme paranoico, pero cada vez veo mejores series y menos buen cine. Lo asigno a nuestra incapacidad de tener la atención en una sola cosa por una cantidad de tiempo considerable.

Creo que internet ha venido a cambiar nuestra concepción y percepción del tiempo (no es ninguna idea original ni mucho menos, pueden verla por ejemplo en Comunicación y poder, de Castells). Y la ha cambiado a tal grado que ahora nos tiramos a ver Netflix y lo que sea que veamos sólo gozará de nuestra atención en los lapsos entre los que recibimos comentarios en Facebook o mensajes en Whatsapp. Parece que hubiera un “flujo de atención” (en el sentido de un flujo de efectivo), en el cuál sólo podemos “gastar” cierta cantidad de atención proporcional a la cantidad de atención que recibimos. Por eso también descubro que es más fácil ver películas en compañía de alguien: hay un flujo permanente de un mínimo de atención. No importa, asumo que estoy generalizando de manera grosera.

Pero esto me lleva a pensar que va siendo mucho más fácil (no) comprometerse con una serie que con una película. Black Mirror es mi serie favorita (y además dicta el modo en que hay que ver la segunda temporada de True Detective, mi siguiente serie favorita: no intentaban hacer lo mismo que con la primera temporada, es otra cosa y me resultó igualmente genial, Black Mirror nos enseñó a ver una misma temática, muy general y abstracta, de manera discontinua, desde distintos lentes).

El cine de Hollywood (que es el que llega a las salas de cine y dura, que es el más fácil de ver, del que más fácilmente se entera la mayoría, en México) se ha convertido primordialmente en una fábrica de remakes (o de adaptaciones de cómic). Mad Max ha sido alabada por gente que considero tiene buen criterio para el cine… para mí es el colmo del remake: no sólo se trata de hacer un concepto que ya se hizo, hay que hacerlo dos veces en la misma película. Me asombró que a media película los personajes se encuentren tan convencidos de que su única alternativa es dar la vuelta y repetir el periplo. Me pregunto si fue el mismo dead end en el que se hallaron los guionistas. Mad Max es una película estridente, con sus excesos de ruido quiere opacar el hecho de que no tiene ninguna historia que contar, no hay ninguna profundidad, está todo dado, es muy plano.

Y no me hagan empezar con la última de Star Wars (¿se habrá hecho, en la historia del cine, un chantaje emocional más masivo?, ¿cuán estúpidos creen (saben) que somos?, mucho, evidentemente, ahí están los récords de taquilla, yo mismo la fui a ver dos veces al cine, pero el asunto de la inevitable incongruencia lo tocaré al final).

No importa, The Lobster es genial. No le quito nada diciendo que pudo ser un episodio de Black Mirror, puesto que esta historia no podía ser contada en una hora. Es sumamente compleja y apenas tengo la impresión de que arañé metáforas muy elementales. Así que hablaré de lo obvio, si no la han visto, dejen de leer.

Es una distopía, por supuesto, pero de una pureza notable: es de hecho una utopía, pero se trata de gente (me refiero a los guionistas, al director) que por fin comprendió que no existe utopía sin distopía, más aún, que cuando una utopía se vuelve realizable, sólo se materializa como distopía, la utopía flota en una especie de dimensión inmaterial, en el instante en que aterriza es necesariamente una distopía; hoy vivimos, me parece, la distopía de los ideales de la revolución francesa, por ejemplo.

Entonces es un discurso muy simple: el amor todo lo vence, no vale la pena vivir sin amor, alguien que es incapaz de amar ha perdido su humanidad, el verdadero amor es absolutamente sincero, siempre habrá alguien dispuesto a amarte y alguien a quien podrás amar, etc. De lo que se trata es de constituir una sociedad amorosa. Con un pequeño detalle, el amor lo entendemos de una sola manera: es monógamo y tiene que ser siempre funcional, si algo empieza a fallar haremos de todo para resolverlo, si no se resuelve habrá que disuadirlo de inmediato y enmendar el problema cuanto antes, es decir, hallar pronto a la verdadera pareja perfecta. Para ello cada ciudadano cuenta con todo el respaldo institucional.

Todo esto en la complejidad de que el amor es productivo: evidentemente se trata de un dispositivo de poder. La realidad urbana está hecha para las parejas, para que siempre estén juntas, bajo esa premisa operan los medios de producción y las formas de intercambio. No vivir en pareja tiene el costo (a la vez psíquico y económico) de enfrentar a la resistencia, quienes creen que el discurso hegemónico está completamente equivocado, y en tanto la equivocación es absoluta, hay que negarlo con el mismo totalitarismo: de lo que se trata es de estar solos, de no amar a nadie.

¿No es esta nuestra realidad?, ¿no son estas las discusiones de todos los días?, en FB es muy evidente: “eres un imbécil, la verdad es esta… no, tú eres el imbécil, la verdad es esta otra”. Listo, tenemos a un par de personas compartiendo la misma imbecilidad: creer que ellos tienen la verdad, que no hay nada que se se les escape, que no existe una tercera realidad concebible (en parte, porque efectivamente muchas veces es inconcebible).

Ya estamos ahí de tantos modos (tal es su parecido con Black Mirror), la mayoría de la gente parece creer que hay una sola forma de amar, que la familia es lo más importante y hay un solo modo de formarla (¿no es pues, el colmo, que la banda LGBT[ETC] quiera casarse y adoptar?, ¿que quieran replicar las instituciones que se fundaron precisamente para no darles cabida?, ¿para negar toda evidencia de su sola existencia y enrarecerlos, hacerlos anormales, enfermos o traumados?, ¿por qué no marchan para modificar las leyes específicas que hoy benefician a los casados y a ellos no? No se preocupen, al Estado y al Capital les urge que se puedan casar y adoptar, pronto escucharán su súplica y se enfrentarán, igual que cualquier heterosexual, a complicados trámites de divorcio y patria potestad, lo único que está deteniendo a estas leyes es la bendición de la otra mitad de imbéciles).

Cuando pretendía hablar de la complejidad de The Lobster con una amiga, me sugirió (todavía no sé en qué sentido) la frase que usé como epígrafe. Queriéndolo o no, dio en el clavo: The Lobster cuenta precisamente la historia de cómo sería un totalitarismo fundado en los valores que nos han heredado series como Friends.

-¿Te gustan los hombres o las mujeres?

-¿Me puede anotar como bisexual?

-No, hace un mes quitamos esa opción.

La institución se vuelve más eficiente, si admite una verdad en la que quepan los bisexuales, ¿cómo concebirían la monogamia, el matrimonio fiel?, desde su perspectiva sólo hay dos sexos, y si te gustan ambos, ¿cómo vives sin disfrutar de una vagina o de un pene?, tienes que elegir desde el principio: homosexual o heterosexual. ¿Prefieres estar solo?, entonces no eres humano y haremos de tu inhumanidad una realidad efectiva.

-¿Por qué una langosta?

-He escuchado que viven mucho tiempo, y tienen un solo amor en su vida.

Sí, lo mismo explicaba Phoebe. Y en ese discurso hegemónico (da igual, Friends o The Lobster), nadie se pregunta lo que resulta tan evidente y a la vez nadie parece ver: ¿por qué demonios querrías vivir mucho estando con una sola persona?

Si me afectó tanto es porque me recordó a esa zona ambigua a la que uno se enfrenta todos los días cuando pretende ser “anti-sistema” [inserte el nombre revolucionario o resistente que mejor le plazca, pues justo aquí empieza la gran ambigüedad de la que hablo]. Es decir, hay básicamente dos opciones, ¿no?, o vives del lado de la gente que piensa fundamentalmente igual (viva la democracia, el éxito es poder comprar más cosas, el amor verdadero es monógamo y parasiempre, Dios escucha mis plegarias, el cambio está en uno…). Y la otra opción es ser crítico (no que no haya un montón de grises en esto, pero intento ser esquemático). Peeeero, si eres crítico de lo hegemónico, no por eso deja de serlo, y lo hegemónico se vuelve fundante de una realidad material que opera. ¿Es lo único fundante? NO. Pero a ver, si no crees que el capitalismo sea el modelo económico más conveniente, deja de consumir.

Primer problema: la ambigüedad que supone la imposibilidad misma de ser congruente para un ‘anti-sistema’. ¿Quién puede ser congruente? El que está perfectamente de acuerdo con el discurso hegemónico. Comúnmente es alguien que ha nacido con muchos privilegios o que de otros modos ha tenido mucha suerte (no que no trabajen duro y toda esa mierda, basta mirar de cerca a quienes recogen la basura para darse cuenta de que trabajar duro no basta, es estúpido tener que explicar esto, tampoco se trata simplemente de ser muy listo: se trata de tener mucha suerte, además ser relativamente listo, además tener cierta devoción por el trabajo y además, pero sobre todo, comprar de contado esta ideología del éxito).

Entonces este primer problema presenta las dos caras, hay de hecho dos ambigüedades que además comúnmente se mezclan: o admites con cierta incomodidad (con cierta culpa, caray) tu incongruencia, o niegas lo más posible tus incongruencias y vives una mentira (que es la escena en la que el tipo gordo dice “mátenla a ella, ella no podría vivir sin mí, yo sí puedo vivir sin ella”). Es un tanto desgastante vivir con este primer problema, pero si el único modo de ser congruente es suscribir el modo operante de las cosas, asumo la ambigüedad de la incongruencia y prefiero, en lo posible, no hacer de mi vida una mentira para dar el ejemplo, para no decepcionar a alguien o cualquiera de esas mierdas.

Segundo problema: la realidad como está organizada limita materialmente las alternativas. No me refiero sólo a lo obvio: no crees en la democracia pero sólo puedes votar o no votar, y lo segundo no cambia el modelo. Me refiero a algo mucho más profundo y preocupante: el modo en el que sentimos (y en el sentido más amplio), está parcialmente determinado por la realidad como se ha venido configurando a través de los discursos hegemónicos, durante siglos (yo detecto algunas cosas que llevan milenios).

Entonces puedo decir “soy polígamo” a una pareja sexual y esta pareja muy bien puede decir “ok, chido por ti” o incluso “yo también”, pero semejante declaración ideológica en absoluto es garantía de que efectivamente vaya a funcionar bien para ambas partes (y las que faltan), lidiar con la poligamia efectiva. En otras palabras, no basta la honestidad acompañada de buenas intenciones, somos mucho menos libres de lo que creemos, en este sentido. Se necesita de cierta flexibilidad y apertura para sobrellevar esta ambigüedad sin empezar a ver al otro, o a uno mismo, como “el malo” o “el culpable”.

Tercer problema: la configuración de relaciones “anti-sistema”, la posibilidad de establecer bloques organizados que no respondan a directrices totalitarias. En la película, contra ese amor totalitario se pretende un individualismo: está permitido masturbarte pero no coger, si allá estás solo te convierten en animal, pero aquí somos justos, claro que si aquí te besas con alguien te torturamos.

Veo videos sobre las tan alabadas resistentes kurdas y encuentro que están en el mismo marco disciplinario que sus enemigos de ISIS. ¿Es posible un ejército sin disciplina? El problema (el que trato de hacer notar) no es si sería posible, sino que ahora NO ES PENSABLE, no resulta fácilmente concebible (he ahí la importancia de la teoría, diría Žižek). ¿Cómo nos relacionamos los críticos de lo totalitario sin caer en totalitarismos? Al no hacerlo, evidentemente, sacrificamos efectividad, pues en el entorno en el que estamos hemos aprendido de la efectividad de lo totalitario. Por eso casi todas las iniciativas genuinamente anarquistas terminan (y también comienzan) siendo percibidas como ingenuas.

En fin, espero que les haya malviajado tanto como a mí.

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Mi opinión sobre la peli ‘Noah’ de Aronofsky (spoilers).

Creo que a la gran mayoría no les ha gustado y creo que se debe a que difícilmente cumpliría con alguna expectativa, la peli es bastante rara y, con todo, llena de lugares comunes y cursilerías. Pero supongo que en distintos momentos de la vida uno pone más atención a distintas cosas de una película, y yo no pude evitar poner más atención a la relación discursiva, que me parece por completo pertinente, si no hasta reveladora de algo que está ocurriendo y que no ha terminado siquiera de tomar forma, pero que Aronofsky alcanzó a ver.

El problema que plantea la película, creo que es muy evidente, es ecológico: llámenle Dios o como gusten, pero se trata de un abrupto cambio climático que amenaza con extinguir la vida animal no-marina, y del cual la gente es consciente antes de que ocurra. Toda la historia se despliega alrededor de ello, la interpretación bíblica del director enfatiza la relación del hombre con su entorno. Lo interesante no son tanto las posturas originales con el entorno, sino las acciones y la justificaciones a partir de que se enteran de que corren peligro. Trataré de esquematizar entre elementos bíblicos y fílmicos:
De Adán tendríamos tres posibles linajes, que implican tres discursos diferentes. El de Caín, la película lo muestra de manera muy evidente, implica que el hombre se siente dueño de su entorno y éste debe ser transformado a su capricho, de hecho comporta la necesidad adámica de ser Dios, por lo que el linaje de Caín transforma al mundo a su imagen y semejanza: ¿cómo le llamamos?, yo le llamaría Progresismo, capitalismo también sería válido, pero no faltará quién diga que el comunismo trató al entorno de la misma manera.
El linaje de Abel, inexistente por supuesto, ¿cómo hubiera sido?, por supuesto el favorito de Dios, el consentido, por el que hubiera detenido su ira contra el hombre. Afortunadamente Caín se encargó a tiempo de un linaje que seguro todos hubiéramos detestado.
El otro es el de Set, que encarna el protagonista. No considera que el entorno esté para servirle sino que debe cuidarlo, no solo eso, sino que es él (y su familia) quien se modela a imagen y semejanza del entorno, pues sabe que, al igual que él, es Creación. Esto es importante, el linaje de Caín se considera superior al resto de la creación, una especie de demiurgo entre lo divino y lo creado, lo cual claramente el director descarta al incluir a los verdaderos demiurgos, los ángeles, algo de divino y algo de criaturas. Cuando son eliminados de “este” mundo van a la presencia de Dios, salvación que todavía no está disponible para el hombre (se necesitará de otra suerte de  ‘arca’ y de otra ‘alianza’ para ello). El discurso del linaje de Set es por demás interesante: se trata de un ambientalismo que considera que lo más justo es la extinción del hombre para que la creación retome su equilibrio. Y no saben cuántas veces lo he escuchado en los últimos años: “yo creo que lo mejor es que ya se extinga la humanidad”. Así como llamé al otro Progresismo, no sé cómo llamar a este discurso, algunos dirían que es cierto postmodernismo, en todo caso el que Aronofsky lo incluya no es gratuito y me parece interesante.
Como podrán ver, estamos ante una especie de falso dilema, si el discurso de Caín gana, la humanidad se extingue, y si el de Set lo hace, también. Por  lo tanto, el “combustible” dialéctico (la diferencia) no está ahí, lo que enfrenta a estos discursos es la ceguera del suicidio y la voluntad del suicidio. Y es ahí, entre ceguera y voluntad que se resuelve el conflicto: Noé perdona a sus nietas, ¿por ceguera? un poco (cree que de hecho comete un error), ¿por voluntad? otro poco (alguien diría, más por falta de voluntad, pero a fin de cuentas decidiendo por sí mismo), pero sobre todo por misericordia (que es lo que le pide su esposa), y según me han dicho (un profesor), hay una palabra en hebreo para expresarla que se podría traducir como amor, una especie de amor sin esperar nada a cambio, el que aplica, específicamente, el famoso “buen samaritano”.
También se puede traducir como “amabilidad” pero menos como “habilidad de recibir amor” que su opuesto “habilidad de dar amor”, y esto es justamente lo que le dice Cam a Ila, algo como “si tú vas a recomenzar la humanidad está bien, al menos habrá amabilidad (kindness)”. Entonces tenemos ahí un tercer discurso en el que se resuelve esta dialéctica a la manera hegeliana (no fichteana), comportando algo de esa ceguera y algo de esa voluntad: Connelly le dice a Crowe algo como “Dios te puso a elegir si valía o no la pena salvar al hombre”, es decir, Dios dejó que el hombre mismo eligiera. Recordemos que se trata de una alianza del pueblo judío con Dios, implica que en la Biblia (o en la Torah) Dios le dice a Noé, básicamente “tienes permiso de repoblar el mundo”, que es claramente un paralelismo al “puebla al mundo” posterior a la caída adámica. Es decir, se trata de una segunda caída del hombre ante los ojos de Dios (no es gratuito que Noé aparezca desnudo en la playa, “arrojado al mundo”, está indudablemente recordando éste paralelismo). Ése es el mensaje que pretende dar Aronofsky: ante el grave riesgo de extinguirnos que supone nuestra relación actual con el entorno, hay dos posturas que ya no podríamos tomar, una es el progresismo ciego, suicida, y otro es un ecologismo no menos autodestructivo, cargado de culpabilidad. Me parece que está diciendo que tendríamos qué buscar el tecero: tomar decisiones de las cuales podamos hacernos cargo, movidos por esa nueva ‘amabilidad’.
En fin, cursi sin duda, el punto no es tanto el valor del mensaje final (¿quién estaría en desacuerdo? el problema, como siempre, es llevarlo a cabo), en mi opinión, lo interesante es que Aronofsky alcanzara a ver a estos dos discursos en pugna, en una pugna falsa si los dos llevan al suicidio. El propio Noé lo dice “no somos diferentes a ellos”, Noé no es menos asesino que cualquiera del linaje de Caín, llámenle en defensa propia o como gusten (no es precisamente defensa propia tener los medios para salvar a mucha gente y dejarla fuera porque considero que sigo órdenes de alguna entidad superior). Me parece, de fondo, que toda la película, hablando esquemáticamente del discurso, sirve para darle voz a Conelly y a Watson, una viene del entorno de Caín, la otra del de Set (otro elemento de que sea una dialéctica hegeliana), entre ellas dos hace resonancia el discurso capaz de resolver, lo que podríamos llamar “esas necedades de hombres”.

Foucault en el cine

Introducción.

“[…] si megalómano es el hombre que se mete en grandes cuestiones para conseguir algo que le quedará grande y le dejará en la estacada; ¿cómo debe denominarse a quienes, una vez que se han hecho cargo de las grandes cosas, ya no las abandonan nunca jamás? Propongo llamarlos megalópatas.”
(Sloterdijk, 2002, págs. 39-40)

Hay una premisa que varios profesores de filosofía mencionan a sus alumnos: la filosofía no trata problemas urgentes. Tenemos varios indicios de que en la Antigüedad algunos filósofos ejercían una influencia directa en sus ciudades y con los gobernantes, pero con el correr de la historia tal influencia se fue diluyendo hasta que, el día de hoy, es prácticamente inexistente. Actualmente, y en el mejor de los casos, el filósofo (vivo) es citado por algún político con la ceremonia y el desdén con que se cita a un muerto. Aquellos filósofos que consiguieron algún puesto público en gobiernos o meta-gobiernos (como la ONU), no parecen incidir de ninguna manera clara en la cotidianidad, en general pareciera que son puestos otorgados más bien de manera ornamental. Bajo esta tendencia, la labor del filósofo terminará viéndose como una mera “curiosidad”, una erudición completamente inconexa de toda realidad perceptible, no me extrañaría que ya lo viera así la generalidad.

Pero este, sin embargo, no es ni con mucho el mayor problema de la filosofía como disciplina. En el marco de la ‘no-urgencia’ anteriormente señalada, encontramos que la filosofía, y la humanidad en general, se enfrenta hoy a la mayor crisis de la que se ha podido dar cuenta: un cambio climático que amenaza con extinguir a la especie. Ya no nos queda esa larga cadena de generaciones para seguir tratando los mismos problemas, si la filosofía va a hacer algo por la humanidad, ahora se torna urgente.

Para los menos informados, tal postura podrá ser fácilmente descalificada como “apocalíptica”, se podría hacer una analogía de cuando por ejemplo, en el marco de la guerra fría, se decía todo el tiempo que una guerra nuclear nos aniquilaría; tal postura hoy se ve como folclor del macartismo. Pero lo cierto es que la inmensa mayoría de los científicos especializados en el tema están muy preocupados al respecto (y se rumora que los pocos que no, han sido bien recompensados). También la filosofía comienza a tomar conciencia del problema; hace poco presencié una conferencia de Edgar Morin, quien en la lucidez de sus últimos años, terminó su discurso diciendo: “[…] se requiere de un nuevo humanismo cuya prioridad sea salvaguardar el futuro de la humanidad”.

“La política aparece como algo equivalente a un crónico y masivo accidente de coches, en cadena, en una autopista envuelta en niebla. En una situación como ésta no puede hablarse durante mucho más tiempo de un gusto por la convivencia. La nueva grandiosidad de nuestra época aparece en el horizonte como la monstruosa Internacional de los usuarios terminales.” (Sloterdijk, 2002, págs. 77-78)

Si la intención, en este contexto, fuera reconfigurar a la filosofía para que atienda problemas urgentes y ayude a resolverlos, el primer paso tendría que ser ahorrarse toda pretensión de Verdad o exactitud. La urgencia, en mi opinión, supone dos cosas: cierta preminencia de la filosofía práctica y la apremiante necesidad de hallar nuevas maneras de abordarla. Aquí es donde considero valioso retomar a Foucault y al “[…] tríptico de su obra crítica: un estudio de los modos de veridicción (más que una epistemología de la Verdad); un análisis de las formas de gubernamentalidad (más que una teoría del Poder), y una descripción de las técnicas de subjetivación (más que una deducción del Sujeto).” [Comentario de Frédéric Gros en (Foucault, El coraje de la verdad, 2010, pág. 352), las cursivas son mías].

“Poco a poco se comprende que la actual way of life y el largo plazo son, estrictamente, dos magnitudes que se excluyen mutuamente. […] El proceso industrial a gran escala destruye más ‘reservas’ humanas y naturales de las que él mismo puede producir o regenerar. En esa medida resulta ser tan autopoiético como un cáncer, tan creador como un fuego de artificio, tan productivo como una plantación de drogas. Lo que hace más de doscientos años fuera celebrado casi sin discusión como productividad humana, se hace crecientemente visible en su carácter destructivo y creador de adicción.” (Sloterdijk, 2002, págs. 101-102)

Parresía.

“[La política como] El arte de lo posible a gran escala[,] gira en torno a ese acto forzado que consiste en presentar lo improbable como ineludible. La figura política del imperio opta por la idea de que lo dificultoso es voluntad de Dios y adecuado al ser: hace valer como natural lo que es casi imposible.”
(Sloterdijk, 2002, pág. 37)

Decía Kant que la humanidad no ha llegado a su mayoría de edad. Tal será alcanzada hasta que sea capaz de gobernarse a sí misma, hasta ahora somos adolescentes que requerimos de tutores, los gobernantes [1]. Esta no es una idea nueva, al inicio de La Hermenéutica del sujeto, un curso dictado por Michel Foucault en el Collège de France en 1982, el autor señala la conformación de un proto-sujeto pre-moderno, particularmente visible en Platón y en la filosofía helenística, un “sujeto” que, a diferencia del moderno, no va a buscar someter a la naturaleza para que ésta revele sus misterios, sino que asumirá que es el propio sujeto quien debe transformarse para dar cuenta de la verdad [2]. Este pre-sujeto debe realizar un conjunto de prácticas que lo lleven al ‘gobierno de sí’ y sólo entonces podrá dar cuenta de la verdad. 

En su último curso (1984, año de su muerte), El coraje de la verdad, Foucault señala que hay cuatro formas de veridicción en la antigüedad, la del profeta (verdad sobre el futuro), la del sabio (verdad sobre el ser de la naturaleza y de las cosas), la del sofista o el maestro de retórica (técnicas de verdad) y la del parresiasta (verdad sobre el ethos) [3]. El término parresía (παρρησία) es comúnmente traducido como ‘franqueza’, sin embargo Foucault hace notar repetidamente que sería más preciso entenderlo como un ‘coraje de la verdad’, pues ejercer la parresía siempre supone un riesgo, siempre implica decir una verdad que puede molestar al interlocutor, y comúnmente el interlocutor es alguien más poderoso que el parresiasta. La madurez de la que habla Kant es precisamente esta, la del hijo adolescente que expresa a sus padres que ha llegado el momento de manejar su propia vida, que dejará de depender de ellos pues ya no necesita de su gobierno, ahora es capaz de gobernarse a sí mismo; tal sería un ejemplo de parresía.

Sin embargo no debemos entender en la parresía un mero ejercicio de honestidad, no se trata de la intención de decir una verdad que se considera subjetiva, se trata de que el parresiasta (individuo, sujeto o persona son términos ya inadecuados) efectivamente conoce la verdad, es consciente de ello y sabe que su función (deber y obligación son también inadecuados) es decirla. “[…] ‘parrèsiázesthai’ significa ‘decir la verdad’. Pero ¿el parresiasta dice lo que él piensa que es la verdad o dice lo que es realmente la verdad? Para mí, el parresiasta dice lo que es verdad porque sabe que es verdad. Y sabe que es verdad porque es realmente verdad. El parresiasta no es solamente sincero y dice su opinión sino que su opinión es realmente verdad.” (Foucault, Coraje y verdad, 2003, págs. 267-268)

A primera vista, cuando leí ambos aspectos de Foucault, me parecía que se estaba contradiciendo. Primero dice que el parresiasta es el que dice la verdad de un ethos, luego que dice esa verdad, porque conoce realmente la verdad, pero tal no es una Verdad sino un modo de veridicción. En este sentido cabía regresar al Foucault arqueológico para entender que la verdad es aquello que está inserto en un discurso suficientemente articulado que luego constituirá a los objetos. Esto es, vivimos en un mundo en el que las cosas son símbolos, su significado se ha ido insertando en ellas de acuerdo a las reglas articuladas de diversos ‘juegos de verdad’ cuyo estadio es el poder mismo. Para el parresiasta tales “juegos” son transparentes, ve con claridad los significados y los dice. En este sentido, verdad, y verdad del ethos, son lo mismo.

V for Vendetta.

« Vi Veri Veniversum Vivus Vici ». –Evey
“By the power of truth, I, while living, have conquered the universe.” –V
“Personal motto?” -Evey
“From Faust.”
-V [4]
(Wachowski & Wachowski, 2006, 00:43:55)

Evey es una mujer joven, huérfana, acostumbrada desde niña a sobrevivir siendo amable, yendo con la corriente; sus padres fueron arrancados de su vida por subversivos, así que ella entendió pronto que la mejor manera de sobrevivir es la sumisión. Tal es el juego dialéctico a lo largo de la película, un poder domina gracias a la sumisión de las mayorías, mientras que una idea, dramatizada por una suerte de Übermensch (es muy evidente en la película que Dios ha muerto), va reduciendo tal dominio a través de la subversión, con su pura voluntad de poder. En el núcleo del juego dialéctico se halla la verdad, a muy distintas escalas: a una escala pequeñita, verdad maquillada con mentiras; a una escala intermedia, verdad como confianza entre amigos; y a gran escala, parresía, con todas sus letras.

Evey va a encarnar esta transición, el paso de la sumisión a la neutralidad y de la neutralidad a la subversión a través de su ejercicio de la verdad. Para dar el primer paso necesita conquistar sus miedos, obtener el ‘dominio de sí’. Mientras es sumisa, vive en una mentira que a su vez la hace mentir para sobrevivir. Esto es fundamental, porque la película va a ser muy clara al poner a la mentira en la cara de la sumisión (miedo), y a la verdad en la cara de la subversión (valentía). Valentía de la verdad es justamente parresía.

V como parresiasta se convierte en el maestro de Evey, quien a su vez, a través de distintas prácticas, alcanzará el ejercicio de la parresía. Es entonces puesta a prueba, su ‘maestro’ [5], que además de parresiasta es un artista, la engaña para mostrarle la verdad. El maestro reproduce una tragedia, provocando una κάθαρσις [6] en Evey quien termina superando sus miedos. En tales condiciones, su autodominio reactivará su capacidad de sobrevivir en un contexto caótico, pero ahora sin sumisión, será libre [7]. Se ha transformado, ya puede ver la verdad sobre sí, pero aún no sobre los otros. Para dar el siguiente paso requiere volverse parresiasta, requiere ser capaz de tomar el riesgo de decir esa verdad, y de llevar a la acción esa verdad que dice [8]; debe tomar un riesgo moral y político: colocan en sus manos la posibilidad de eliminar al poder de la sumisión y posibilitar el poder de la subversión. Tal decisión ya no tiene que ver con el ‘cuidado de sí’, sino de los demás, ella superó la sumisión, ahora le toca actuar congruentemente para ayudar a que los demás la superen.

Por una línea alternativa, Finch, el investigador que trabaja para el gobierno, representa al sujeto moderno. Comienza en un marco axiomático, “el gobierno es bueno”, “protegemos a la gente”, “hacemos cosas que son un mal necesario”; está envuelto, al igual que la primera Evey, en la sumisión: en su primera intervención dice una opinión, en un tímido intento de parresía, Sutler lo regaña y Finch se disculpa y agacha la cabeza, luego dice Sutler (el supremo canciller): “To fail is to invite doubt into everything we believe…” [9] (Wachowski & Wachowski, 2006, 00:12:47), con esta línea anuncia la aparición del sujeto cartesiano: el humanismo moderno es una respuesta al fallido intento de conocer a través de la fe, de aquellos axiomas metafísicos; nace entonces la duda metódica. Finch comienza a investigar, pero la duda se va apoderando de él, hasta que dice a su compañero, muy concretamente: “no me importa que no respondas, pero tengo que decir una pregunta en voz alta… ¿y si el gobierno fuera malvado?” Parece una clara analogía a Descartes preguntándose “¿y si Dios fuera un genio maligno?”[10].

Pero al igual que Descartes, eso no logra arrebatarle por completo la fe en los axiomas previos (Descartes después explicará, al final de la Tercera Meditación por qué Dios no puede ser un genio maligno [11]), y sigue adelante con su investigación. Este sujeto no hace una transformación interna para percibir la verdad del ethos, y lo pudo haber hecho, le faltó en todo caso, diría un estoico romano, un maestro (como Evey tuvo a V). Le “preguntó” a la naturaleza (a lo Bacon), usó el método adecuado (a lo Descartes) y los objetos de conocimiento no lograron decirle la verdad.

Cuando V realiza el “efecto dominó”, al final queda una ficha de pie. Como el universo de V es simbólico, es decir, ve la verdad a través de los símbolos, sabe que la ficha que no cayó “ni para un lado ni para el otro” significa que al final habrá un aspecto aún no resuelto, aún impredecible. Un efecto imposible de ver: es el encuentro entre los dos sujetos, Evey y Finch. Tal encuentro, en el tercer acto, refleja el culmen de la parresía. El poderoso es Finch, tiene un arma y amenaza con usarla contra Evey a cambio de que no actúe de la manera que ella considera correcta. Ella debe recurrir al coraje de la verdad y a la congruencia típica del parresiasta, lo logra y con ello escapa finalmente de la sumisión y realiza un acto de subversión consciente, la transición terminó. Evey pregunta a Finchdo you like music?”, y con ello los directores nos dicen que se repite el ciclo, que ahora ella será la maestra de Finch, pues fue exactamente la frase de apertura con la que V se convirtió en maestro de ella. Uno de los mensajes de la película podría ser que el sujeto de conocimiento moderno debe aprender del pre-sujeto de la antigüedad si quiere alcanzar la verdad.

Consideraciones finales.

“Artists use lies to tell the truth, while politicians use them to cover the truth up.” [12]
(Wachowski & Wachowski, 2006, 00:41:11) 

El Estado representa en la película a la mentira y la manipulación, V como parresiasta va a evidenciar esa mentira ante todos los ciudadanos. Es un parresiasta porque lo que dice y lo que hace están en armonía. Es un parresiasta porque dice la verdad a y de los más poderosos que él. Es un parresiasta porque todo el tiempo está en riesgo de morir y no se detiene. Es un parresiasta porque evidenciando lo verdadero, pone en duda lo que la gente cree que es y lo que cree saber, y haciendo eso los transforma. Para Foucault, precisamente los parresiastas por excelencia fueron Sócrates y Diógenes el cínico, el primero ponía a dudar a la gente respecto a lo que creía que sabía, el segundo respecto a lo que la gente creía que era. Entonces V, como parresiasta non plus ultra, aporta una nueva ‘técnica de sí’, aporta el arte, como una “mentira que dice la verdad” en un sentido práctico. Está muy claro que el arte no es parresía como tal, pues esta última debe ser lo más clara posible, no oculta nada, pero sí es una práctica para volverse parresiasta. [13]

Lo que V entiende es que estamos en un mundo simbólico, y que la gente “coloca” significado en dichos símbolos, les transfiere distintas formas de poder. Esto es casi exactamente lo que plantea Foucault. Su mayor interés es entender la relación entre sujeto y verdad, porque sabe que a lo largo de la historia los ‘juegos de verdad’ han dependido en buena medida de los modos de subjetivación en cada momento, y viceversa. De esta manera, conocer la verdad otorga un poder transformador en un sentido ético, pero especialmente político [14]. El poder de V radica en que conoce el significado de los símbolos, y como parresiasta, su voluntad de poder radica en decir la verdad con las palabras adecuadas, que a su vez son símbolos, y al actuar en consonancia, sus poderosas palabras devienen poderosos actos simbólicos: sabe qué edificios destruir para incidir en destruir la sumisión (miedo, mentira) y en potenciar la subversión (voluntad de poder, verdad). [15]

No obstante, yo no puedo saber si los directores (además guionistas) y/o el escritor del cómic, leyeron a Foucault. Sin embargo, el decidir hacer la película, el darle cierta estructura desde el guión hasta la edición, el utilizar ciertos elementos simbólicos; nada de esto es gratuito. Los directores de esta, y de otras muchas películas, pretenden incidir en la audiencia. Es claro que la protagonista es Evey, y es en el papel protagónico donde los directores colocan la transición que esperan que tenga la audiencia. Los directores, en este caso, están asumiendo que los espectadores, en general, somos gente sumisa con el potencial de la subversión. Pretendieron, a su vez, a un siguiente nivel de abstracción, crear una mentira (una distopía de ficción) que nos transmitiera una meta-verdad. La verdad respecto a la verdad. La verdad respecto a la verdad es que ésta nos otorga un poder transformador, un poder para gobernarnos a nosotros mismos e incidir en los demás para que sean capaces de gobernarse a sí mismos. Los directores pues, lo sepan o no, llevaron a cabo un acto de parresía.

Notas al pie.

[1] Cf. Kant, Immanuel. Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración? Disponible en Internet.

[2] Cf. Foucault, La hermenéutica del sujeto, 2011, págs. 33-35

[3] Cf. Foucault, El coraje de la verdad, 2010, págs. 34-38

[4] « Vi Veri Veniversum Vivus Vici ». –Evey. ”Por el poder de la verdad, yo, viviendo, he conquistado el universo”. –V. “¿Es tu lema personal?” –Evey. “No, es de Fausto.” –V. [Traducción propia].

[5] Para los estoicos romanos se requería de un maestro para aprender y realizar las ‘técnicas de sí’ necesarias para el ‘gobierno de sí’. Cf. Foucault, op.cit., 2011, págs. 132-150

[6] Catarsis, en el sentido más griego posible: quienes presencian una obra trágica padecen una suerte de empatía que los purifica del miedo. Esto que ocurre con Evey es justamente lo que estos directores pretenden que ocurra con el espectador. Pero abundaré más delante en ello.

[7] “Then you have no fear any more. You’re completely free.” (Wachowski & Wachowski, 2006) Le dice el interrogador cuando ella se niega a contestar, optando por su muerte: “Entonces ya no tienes miedo. Eres completamente libre.” [Traducción propia]

[8] “[…] hay una relación armónica entre lo que Sócrates dice y lo que Sócrates hace, entre sus palabras (logoi) y sus acciones (erga). En consecuencia, no sólo Sócrates es él mismo capaz de dar cuenta de su propia vida, sino que tal acuerdo es ya visible en su comportamiento en tanto no hay la más leve discrepancia entre lo que dice y lo que hace. Es un ‘mousikós aner’. En la cultura griega, y en la mayoría de los otros diálogos platónicos, ‘mousikós aner’ denota a una persona consagrada a las Musas -una persona culta en las artes liberales-. Aquí la frase se refiere a alguien que exhibe una clase de armonía ontológica donde logos y bíos de tal persona están en un acuerdo armónico.” (Foucault, Coraje y verdad, 2003, págs. 334-335) Sócrates, junto con Diógenes, son considerados por Foucault los parresiastas par excellence.

[9] “Fallar es una invitación a insertar la duda en todo lo que creemos.” [Traducción propia].

[10] “I wanna ask a question Dominic. I don’t care if you answer me or not. I just wanna say this aloud. But I need to know that this question will not leave this office […] If our own government was responsible for the deaths of almost 100,000 people, would you really wanna know?” (Wachowski & Wachowski, 2006, 01:02:10) “Quiero hacer una pregunta Dominic. No me importa si me respondes.  Sólo quiero decirlo en voz alta. Pero necesito saber que la pregunta no saldrá de esta oficina [confianza con el amigo, miedo y sumisión con el exterior, confianza como primer paso subversivo] […] Si nuestro gobierno fuera el responsable de la muerte de casi 100,000 personas, ¿de verdad querrías saberlo?” [Traducción propia]

[11] “Dios, […] posee todas esas altas perfecciones […] no tiene ningún defecto ni nada que sea señal de imperfección. Por lo que es evidente que no puede ser un engañador, puesto que la luz natural nos enseña que el engaño depende de algún defecto.” (Descartes, 1977, pág. 44)

[12] “Los artistas usan mentiras para decir la verdad, mientras que los políticos las usan para encubrirla.” [Traducción propia]

[13] Lo mismo podríamos decir del resto de las ‘técnicas de sí’, el examen de conciencia pre-cristiano, por ejemplo, no es un ejercicio de parresía, es una práctica para volverse parresiasta. Cf. Foucault, op.cit., 2011, págs. 61-73

[14] Para entender esto con mayor detalle, recomiendo la nota de Foucault y la primera parte del comentario de Frédéric Gros en Foucault, op. cit., 2010, págs. 348-353

[15] “The building is a symbol, as is the act of destroying it. Symbols are given power by people. Alone, a symbol is meaningless, but with enough people blowing up a building can change the world.” (Wachowski & Wachowski, 2006, 00:33:14) “El edificio es un símbolo, como lo es el acto de destruirlo. La gente le otorga el poder a los símbolos. Por sí solo, el símbolo es insignificante, pero con suficiente gente, volar un edificio puede cambiar el mundo.” [Traducción propia].

Bibliografía y película.

Badiou, A. (2004). El cine como experimentación filosófica. En G. Yoel, Pensar el cine 1 (págs. 23-90). Buenos Aires: Manantial.

Descartes, R. (1977). Meditaciones metafísicas. (Vidal Peña, Trad.) Madrid: Alfaguara.

Foucault, M. (2003). Coraje y verdad. En T. Abraham, El último Foucault (págs. 263-400). Buenos Aires: Sudamericana.

Foucault, M. (2009). El gobierno de sí y de los otros. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Foucault, M. (2010). El coraje de la verdad. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Foucault, M. (2011). La hermenéutica del sujeto. México: Fondo de Cultura Económica.

Kant, I. (s.f.). Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración? Recuperado el 10 de Marzo de 2012, de I.E.S. Francisco Giner de los Ríos: http://www.ginersg.org/FILOSOFIA/textos/KANT.Respuesta%20a%20la%20pregunta.pdf

Sloterdijk, P. (2002). En el mismo barco. Madrid: Siruela.

Wachowski, A., & Wachowski, L. (Dirección). (2006). V for Vendetta [Película].

El relativismo y su relación con la inacción

Acabo de estar en un par de eventos que disfruté mucho, uno fue un coloquio de complejidad y filosofía, y otro un cine debate al que voy cada jueves, y que esta vez trató del impacto ético y ecológico del consumo de carne. El denominador común, desde doctores hasta estudiantes de licenciatura en Filosofía fue un, probablemente inconsciente, relativismo.

Así como a lo largo del coloquio nos fue imposible encontrar la frontera, o el tipping point, de lo simple a lo complejo, no por escasez de esfuerzo, me parece que la comunidad filosófica de la que ahora soy parte en Guanajuato ha perdido completamente la línea entre la apertura y el relativismo.

Pero primero voy a diferenciar los conceptos de objetivismo de relativismo para tratar de ser muy claro. El objetivismo supone que es posible encontrar lo verdadero independientemente de la opinión de las personas, en ese sentido, lo que pretende el método científico, es hacer de la ciencia algo objetivo. El relativismo supone o que el que la verdad sea inalcanzable hace igualmente válida la opinión de cualquier persona o que no existe tal cosa como la verdad o un mejor camino, por lo que cada individuo (o cultura) debe vivir acorde a su propia “verdad”.

No es la intención de este artículo abrir la discusión en ese punto sin antes explicar las implicaciones morales de ambas posturas. El objetivismo moral, entonces, asume que hay actos buenos y malos independientemente de la opinión del agente, mientras que el relativismo moral, que se divide en dos tipos, señala que lo que está bien o mal lo define cada individuo (relativismo moral individual) o cada cultura (relativismo moral cultural).

Para ejemplificarlo, utilizaré un extracto del debate en el que participé el jueves pasado. Se nos presentó una película que criticaba el consumo de los alimentos de origen animal. Cuando termina la película, la primer ronda de opiniones, va más o menos por la siguiente línea:
“es terrible lo que la industria ha provocado, antes en las granjas, la gente no era tan cruel con los animales cuando los mataba y vivían de manera sostenible con la naturaleza”
“no podemos dejar fuera las razones culturales por las que comemos carne, desde ir a los tacos hasta hacer una reunión con carne asada”
“el contexto consumista y la necesidad de reducir costos daña la integridad (sic) de los animales y hace un enorme daño ecológico”
“considero que si bien el consumo de carne es un problema, dejar de hacerlo nos llevaría a otros problemas, como los transgénicos”
“creo que el vegetarianismo ya se volvió una postura postmodernista, con esta ola new age, y ahora las empresas se aprovechan de eso para hacer más dinero”
“es más caro vivir como vegetariano, ¿qué pasa con la gente que no tiene los recursos?”
“tú puedes ser vegano ahora, pero, ¿y todo el tiempo que fuiste carnívoro?, ¿tus zapatos son de cuero?”
“ser omnívoro es una decisión personal que refleja mi relación individual con el entorno, así como todo lo demás que hago”

Intervine, genuinamente avergonzado, explicando primero que no encontraba una mayor incongruencia en mi vida que el no ser capaz todavía de volverme vegano. Expliqué que había dos hechos innegables: primero, que consumir carne era inmoral debido a que cada que lo hacíamos intercambiábamos el dolor de un ser por el placer propio; segundo, que los estudios más recientes responsabilizan a la industria de la ganadería como la segunda causa del calentamiento global. Y sí, lo dije, que esos dos puntos no son discutibles y  eliminaban el subjetivismo excesivo en el que estaba cayendo el debate.
Las reacciones fueron variadas, la que menos me preocupó fue aquella que me llamó exagerado, porque no llevó de la mano ninguna argumentación. La que más me preocupó fue de una persona que en el escaso tiempo que llevo de conocerla se ha ganado mi respeto no sólo por su inteligencia sino por su sensatez. Su discurso decía más o menos lo siguiente: “No podemos ser tan tajantes ni dogmáticos, es conocido en filosofía que la lógica propositiva no es la forma adecuada de llegar a conclusiones porque no garantiza la verdad de las premisas, no podemos ser tan matemáticos descalificando todas las opiniones, y por supuesto que todo es discutible”.

Mi respuesta fue: “De acuerdo, todo es discutible, hoy se sigue discutiendo si el calentemiento global es causado por los humanos, es discutible si algunas mujeres de medio oriente deben ser lapidadas por haber visitado al ginecólogo, pero lo que debemos entender, es que vivir eternamente en la discusión sin tomar una postura firme nos lleva a la inacción colectiva, si no somos capaces de ponernos de acuerdo entre qué es lo correcto y lo incorrecto, no de manera dogmática sino como verdad temporal hasta que es desbancada por una nueva verdad, será imposible generar los programas, los proyectos, las políticas públicas para cambiar las cosas, si algo compartimos todos los que asistimos a este cinedebate es la percepción de que las cosas no están bien, que se requiere un cambio”.

Ante esto, no hubo una respuesta relevante. Es decir, se habló de las maneras, del respeto, de la tolerancia. Pero en mi opinión, hay una enorme diferencia entre eso y el relativismo individual en el que estamos cayendo.

No quiero ser malinterpretado como que hoy el quehacer filosófico es sumamente relevante en la realidad humana. Tristemente no lo creo, pero mi razón de vida para estar acá es tratar de cambiarlo. Y es que lo que sí creo, es que el lugar conceptual que ocupa la filosofía en la estructura del conocimiento humano, la responsabiliza de encontrar cada vez mejores maneras de entender la realidad. Y de ninguna manera quiero decir que no sea una responsabilidad también de, por ejemplo, la física, pero es a la filosofía y a sus ramas a quienes les ha tocado históricamente hacer esta labor transdisciplinaria de darle a cada una de las áreas la orientación respecto a qué metalíneas (si se me permite la expresión) de investigación son no sólo interesantes, sino las más relevantes. Yo no tengo duda que estamos en una crisis, y en mi opinión es la más grande a la que se ha enfrentado la especie humana, lo cual hace urgente que la filosofía retome e instrumente esa responsabilidad.

Mi preocupación del relativismo durante el debate no fue tanta, hasta que ví durante el coloquio que el mismo patrón había alcanzado también a mucha gente con doctorado, de distintas partes del país. No es la importancia individualista que yo le dé a un título académico, sino la influencia muy diferente que el sistema permite a estas personas en comparación con la que permite a los estudiantes de una licenciatura. Salvo escasas excepciones, el conocimiento y la brillantez mostrada durante el coloquio son dignos de resaltar, pero el ser tan ceremoniosos, el despliegue de egos y la indudable necesidad de networking con la finalidad de obtener presupuestos para sus distintos proyectos, son en mi opinión las principales causas de que en ninguna de las mesas en las que estuve presente haya sido posible cerrar los diferentes huecos que se abrieron llegando a conclusiones que hayan estado “listas” para de ahí generar planes tácticos. Y conste que no creo que esto se deba a lo abstracto del tema, porque ya en las mesas se habló de innovación, del método científico, de la tecnología, del papel actual de la epistemología, de los sistemas complejos, de la simulación, en fin, de temas que realmente pudieron ser aterrizados en agendas de trabajo. Cuando un doctor preguntó por la utilidad de la lógica difusa para el análisis de sistemas complejos, como los sociales, la respuesta fue negativa y… difusa; cuando pregunté por la posible efectividad del diseño de mecanismos, el conferencista “magistral” no estaba familiarizado con el tema, pero al menos le pareció interesante y dijo que leerá al respecto. Que conste que no estoy criticando el desconocimiento del conferencista, ya quisiera saber lo que sabe, es un doctor en física y fue muy enriquecedor que el coloquio fuera interdisciplinario, lo que digo es que las personas preocupadas por estos temas no parecen estar en contacto con teorías que tengan finalidades prácticas en la modificación de la realidad tangible. Sólo un plan táctico fue mencionado… a ver si les parece tan gracioso como a mí: una agenda de trabajo para la definición de temas que permitan crear una filosofía formal de la complejidad. Mastubación mental diría mi exjefe. A esa propuesta le siguió subirla a la red de CONACYT para acceder a recursos necesarios, “por si es necesario discutir algunos puntos en persona, ya saben, nosotros estamos en el DF”, creo que les gustó Guanajuato, más aún en Cervantino.

En resumen, eso provoca el relativismo, la inacción, o como en este caso, inacciones disfrazadas de acciones. Eternos debates. Y es que tomar una postura significa tomar riesgos y enfrentarnos a nuestra congruencia, pensar que todo es posible es mucho más cómodo y, en mi opinión, tiene un papel protagónico en la situación que enfrenta la humanidad.

The Zeitgeist Movement.

Hace varias semanas escribí un post llamado diálogos, como resultado de una visión que tuve hace varios meses. Dicha visión tenía qué ver con un concepto que me pareció extremadamente poderoso: “todos somos uno”.

A pesar de que la visión me llegó con una certeza sin precedentes, a diferencia de lo que estoy acostumbrado, no encontré los suficientes argumentos lógicos para respaldar dicha visión.

Generalmente recurro a diálogos internos para llegar a conclusiones, y aún cuando cargo con argumentos que me parecen bastante sólidos, es difícil encontrar tal sensación de certeza.

Esto puede significar nada para cualquier lector, sin embargo trato de transmitir el gran impacto que tuvo la idea en mi interior.

Es entonces que decidí crear una serie de artículos llamados diálogos para enfrentar a mis argumentos, ir llenando huecos y terminar con una conclusión mejor fundada.

Escribí la segunda parte y por cuestiones de insatisfacción en el estilo no lo he publicado, sin embargo hoy tuve la grata sorpresa de ver un documental llamado Zeitgeist: Addendum.

No pude sentirme menos que profundamente conmovido al ver reflejada con precisión clínica la idea de religión que quise plantear a través de mis diálogos.

Y la razón es que al no encontrar todos los argumentos, todo queda perfectamente acomodado para pensar en una religión, porque los huecos, mientras no son resueltos con argumentación, son resueltos con algo que hoy conocemos como fe.

El documental de Zeitgeist, por otro lado, al tener una clara postura hacia la palabra religión y todo lo que representa, acude a una forma diferente de engaño. Y vaya que me duele escribir esa palabra y mezclarla con el movimiento.

El engaño del documental radica en deliberadamente no llenar los huecos, sesgar cierta información y muy posiblemente provocar una polarización de puntos de vista.

Maravilloso en cualquier caso, imposible en estos temas no polarizar, entiendo y justifico si cualquier información fue sesgada (si esto ayuda a llegar a una masa crítica menos informada) y si muchos de los evidentes huecos se le dejan al futuro del movimiento. Excelente que arrancaron y le dieron ese mensaje al mundo.

Si son capaces de ignorar estas imperfecciones y llegan a la segunda mitad del documental, me parece encontrarán un mensaje extremadamente valioso.

Los invito a verlo.

http://www.zeitgeistmovie.com/add_spanish.htm

Hoy…

Hoy es un día excepcional, no magnífico, sólo diferente. Hoy el lenguaje poético toma completo sentido en mi consciente. Los silogismos se vuelven meros juegos de palabras, mis principios se vuelven secundarios y lo ornamental se transforma en un metalenguaje.

Hoy me doy cuenta que llevo más de una década siendo insignificante porque no he cargado con mi significado, y no me refiero a una definición, porque hoy no soy un concepto, quizás lo sea para los dioses o los multiversos pero hoy no para los sociólogos, los filósofos ni los políticos, es muy posible que mañana lo sea, pero hoy no.

Porque hoy poseo la verdad y es esperanzadora, y es por lo mismo patética, hoy tengo a la verdad de la misma manera que tengo a mi televisión, en un mundo que va cínicamente en sentido contrario, mi televisión me posee tanto como mi verdad.

Y es que hoy lo inexplicable es preciso y lo abstracto es claro, como el ruido es relajante y el murmullo intolerable.

Hoy mis respuestas son sensaciones y no explicaciones, son recuerdos vividos no conceptos leídos, hoy no concibo lo abstracto, hoy soy una secreción de lo abstracto en sí mismo.

Hoy vivo más en el pasado que en un presente escurridizo y escencialmente inexistente, hoy es más real el recuerdo inventado y el sueño provocado y el trance alucinado que el latir de mis entrañas ante mi paso acelerado por el parque.

Hoy sé lo que digo y presiento que mañana no sabré a qué demonios me refería. Me quedo con eso, no voy a dejarme pistas, hoy no voy a justificarme, hoy me permitiré escupirlo.

Hoy me quitaré por un momento la armadura y la colgaré lo más lejos que pueda, con la ilusión de mañana olvidar ponerla en su lugar, de mañana sentirme ligero y fluir. Que de una vez por todas me deje de pelear conmigo mismo.

Hoy estoy en trance y el arte es mi lenguaje nativo, hoy entiendo por qué Lynch prefiere no explicar su obra, visualizo claramente que Jodorowsky es coloquial, que Baudelaire es mi más precisa definición de poesía y que Borges es el humano más brillante que ha pasado por mi juicio. Hoy cualquier pensador, científico o tecnócrata me parece sutilmente inexistente si en su vida fue incapaz de rozar el arte.

Hoy “sutilmente inexistente” es la más grande ofensa que puedo concebir. Pero hoy la ofensa no pretende ofender sino inspirar.

Hoy entiendo finalmente que la inspiración no construye al artista, que las musas son mitológicas, que lo requerido es dominar ese metalenguaje y luego ser capaz de traducirlo a algún idioma con la técnica que más le acomode al intérprete para que apenas con un ápice de entendimiento los espectadores insignificantes pongamos una pieza más en nuestro rompecabezas.

Hoy parece que la imagen de mi rompecabezas es un sinsentido inherente a la vida porque sólo entiendo más en la medida que acepto mi ignorancia.

Cobrador: In god we trust.

Estoy en Guadalajara, es el XXIII Festival Internacional de Cine de Guadalajara, y acabo de salir de una película cuyo nombre es el mismo que el de este post.

No es una película sencilla de ver, ni sencilla de entender, detalle que en mi opinión es una pista fundamental para diferenciar el cine de arte del comercial.

La película tiene muchos detalles que merecen ser resaltados, el primero de ellos es cómo transmite que es una producción multinacional, porque ves una parte en Estados Unidos y realmente crees que es producción norteamericana, ves la parte de México y te recuerda elementos de cierto cine mexicano , la parte brasileña igual, me recordó Carandiru y Cidade de Deus; incluso el pequeño segmento argentino. Hubo una secuencia que me recordó la cinematografía de El Padrino, y luego entendí que cobrar un adeudo con la vida embona perfectamente en un contexto de mafia siciliana.

Esta mezcla de culturas cinematográficas es algo que no había visto antes, sin mucho esfuerzo uno podría imaginar que fueron cuatro directores diferentes que fusionaron sus visiones en una línea de historia entrecortada, pero lo que parece más obvio al final es que se trata de un director que conoce a profundidad qué cine se ha estado haciendo en estos países, cómo en estas culturas muy diversas se aborda el mismo problema y cómo los seres humanos más allá de tener una nacionalidad estamos comenzando a asumirnos de una misma especie, la especie humana que en el contexto de la película se divide en tres grupos: los que debemos, a quienes les debemos, y los cobradores. Luego te enteras que el director es Paul Leduc (y lees de él, al menos eso hice yo) y queda perfectamente claro que haya conseguido contar exitosamente una historia como esta con escasas palabras (ni una sola del protagonista) pero con imágenes poderosas. Es sin duda una historia que se pudo haber contado en fotografía.

Habemos ciudadanos privilegiados que tenemos un adeudo que nunca pagamos con los ciudadanos de segunda clase, y hay cobradores que son la mayor preocupación de los endeudados. Los cobradores son sin duda los más interesantes de la especie, son quienes mejor entienden el sistema y no temen pasar por encima de él. Son una especie de iluminados pero no necesariamente sabios, decadentes sin ser nihilistas, son hedonistas pero nunca consumidores. Son quienes mejor entienden a la naturaleza, quienes mejor pueden sentirla e imitarla, pero reconocen su humanidad bizarra y destructiva, y son capaces de dormir con ello.

Se saben eternos y es posible que por eso sean el grupo más valiente de la especie. Se saben animales y eso permite que no haya vergüenza o arrepentimiento en sus actos. Se saben libres sin ignorar que están limitados, pero les cuesta trabajo comprender cómo el resto de la especie decidimos, a veces hasta racionalmente ser muchísimo más limitados. Trabajar todos los días en construir nuestras barreras. Poner todo nuestro empeño en levantar el polvo necesario para nublar constantemente nuestra visión. Encontrar el mayor placer en actos que directamente erosionan nuestra inteligencia. Son seguramente los cobradores quienes mejor pueden entender el arte, el abstracto; pero “están podridos de que les hablen en abstracto”.

El concepto de venganza, de revancha, se queda corto para explicar los cobros. Dos males no hacen un bien, la ley del Talión sólo hace interminable la cadena de daño, es imposible entender qué es justo, es la teoría del caos.

El concepto de cobro está mucho más relacionado con el desahogo psicosocial, no te destruyo por lo que me hiciste, te destruyo porque es lo que necesito para sentir que vale la pena seguir con vida.

Si este contexto lo aislamos lo podríamos definir como maldad pura. Pero lo cierto es que no es otra cosa que un dilema moral. No disfrutan con el dolor, no son torturadores, pero definitivamente no sienten un respeto especial por la vida humana, incluyendo la suya propia. Porque para ellos sólo es cómodo destruir a los deudores, por eso son cobradores; pero el rol con sus clientes, todos aquellos a quienes debemos, es dar lo mejor de sí para sembrarles felicidad. Y eso los hace seres sumamente empáticos.

Si aislamos el concepto de buscar hacer feliz a quien lleva una vida miserable, lo podríamos definir como bondad pura. Esto transmite que sin duda, los cobradores están, literalmente, más allá del bien y del mal. Son jueces de lo evidente, pero no pueden ser evidentemente juzgados.

Recomiendo ampliamente esta película si quieren sentirse cuestionados. Si les molesta ser cuestionados, es posible que les parezca aburrida, es el mecanismo de defensa más común.

De Jodorowsky a Aronofsky.

Así como el año pasado mi película favorita fue Babel y representó (obviamente desde mi punto de vista) la consolidación del cine de este subgénero de las historias separadas en espacio y/o tiempo y que de alguna manera se conectan; este año, bueno, específicamente, esta semana, me ha tocado ver dos películas que parece que traen de regreso el cine surrealista.

Jodorowsky en El Topo hace un esfuerzo extraordinario por disparar decenas de mensajes diferentes a la audiencia, olvidándose de sutilezas, de manera ecléctica y saturada de escenas punzantes para agitar a las mentes más frías y calculadoras. Jodorowsky representa para mí, en el cine, el extremo del surrealismo, siendo el centro posiblemente Buñuel. Aronofsky estaría en el extremo contrario. Hace pocos días vi The Fountain esperando ver algo de la calidad de Requiem for a Dream. Son películas muy diferentes, en The Fountain mantiene la calidad visual de Requiem (aunque sin la misma calidad de música), pero es una historia que se preocupa por asuntos de mayor profundidad.

El surrealismo es claro y a la vez sutil, la historia es contada de manera ingeniosa de tal suerte que toma de los hombros al protagonista y lo agita violentamente inyectando de manera precisa el mensaje en la mente del espectador más distraído, un mensaje de vida eterna, sin pretender que esto suene evangélico, aunque si algo tienen en común El Topo y The Fountain es la referencia continua al budismo Zen.

Bueno, pues cuando la vi sólo pensé que quién mejor que Aronofsky para hablar en un idioma surrealista contemporáneo (que parecía monopolizado por David Lynch), mayor fue mi sorpresa cuando vi, con mucho menor expectativa Stranger than Fiction.

Hay varias formas de contar el humor negro en cine, está por ejemplo el humor inglés como en Snatch, el humor negro hollywoodense como en Very Bad Things, el humor negro de terror como en Dawn of the DeadShaun of the Dead es humor inglés burlándose de ella, muy recomendable). Pues lo que vi en Stranger than Fiction fue humor negro de muy buena calidad contado de manera surrealista. (

Con un muy buen reparto que incluye a Dustin Huffman, Emma Thompson, Will Ferrell (sí, el de SNL, pero tambíen el de Melinda and Melinda) y Maggie Gyllenhaal, entre otros; Marc Forster dirige una historia sumamente creativa que al final decae por la gran promesa incumplida, el argumento hasta tres cuartos de la película genera tal expectativa que me parece era imposible cumplir bajo ese contexto.

La agradable sorpresa fueron las excelentes actuaciones, de nuevo el excelente mensaje (que por cierto se relaciona también con la muerte) y los sentimientos que transmite al espectador. Y como cereza del pastel (o del helado, lo que les guste más) algunas críticas sutiles al cine comercial que me generaron muchas sonrisas.

Muy recomendables las dos, ansío ver la película que en tres o cuatro años consolide esta tendencia de regreso al surrealismo que parece ir a la alza, si es que tengo razón.

Personas morales light.

Hace algunos años, cuando visitaba a un amigo en Guadalajara, una actividad que invariablemente hacíamos era visitar la librería Gandhi, ya que en mi ciudad no había. Pasábamos un par de horas, yo siempre como niño en dulcería, no sólo por los libros, sino por las películas. Hace algunos meses cambié mi ciudad de residencia justo cuando llegó la Gandhi a ella. Afortunadamente en la ciudad en que vivo ahora, también hay y el fin de semana pasado fui con otro amigo.

Mi primer decisión de compra, y sencilla, fue Shichinin No Samurai, porque es un clásico y siempre la había visto mucho más cara de lo que la conseguí. Mi segunda decisión fue The Corporation, un documental que anunciaba falsamente ser de Michael Moore y que me decepcionó mucho. Mi tercer decisión fue, Wilbur Wants to Kill Himself, una comedia negra/drama muy interesante que vi hace mucho en un festival de cine. Además mi amigo llevó Acid House, basada en una novela del mismo escritor de Trainspotting; y Dune de David Lynch (interesantísima por cierto), ya se imaginarán nuestro productivo fin de semana.

The Corporation es un documental que critica severamente a las grandes empresas. El planteamiento es; hace ya muchos años que a estas empresas se les dió el papel legal de “personas”, por ejemplo en México las conocemos como “personas morales“. De manera creativa en comparación al desarrollo general (nefasto), comienzan a desarrollar un perfil psicológico de ciertas corporaciones, partiendo de que son “personas”. Las encuentran irresponsables, mentirosas, con problemas para comprometerse, excesivamente ambiciosas y hasta genocidas.

Creo que, al analizar sólo una cara de la moneda, en prácticamente cualquier tema, sólo vas a encontrar cosas que favorezcan el sentido de tu búsqueda. Pero vamos a pensar en algún “avatar del bien” que sea difícil de encontrarle un aspecto negativo… digamos un monje Zen.

Ahora digamos que partiendo de que las corporaciones son personas, las convirtiéramos a todas ellas en monjes Zen… no tendríamos algo llamado mercado, ni algo llamado tecnología, ni algo llamado empresa por principio de cuentas… el concepto de economía sería algo medio surreal también.

¿Es posible remontar nuestra cotidianidad a un entorno en que el poder esté en manos de monjes Zen? no, difícilmente se me puede ocurrir algo más utópico. Si mañana todos despertáramos en el sendero de la iluminación encontrando la felicidad efímera y eterna al mismo tiempo en cada una de nuestras limitantes haciéndolas desaparecer a su vez, sería maravilloso, pero tenemos el impedimento cultural de cientos de generaciones que han optado por la ambición y el desarollo primero individual, luego de sus seres queridos y finalmente de su versión limitada de “comunidad”.

¿Significa que está mal? en absoluto, porque es el camino realista, desgraciadamente termina obligándonos a competir, y al final el problema que percibo es la incapacidad de muchos de encontrar un límite satisfactor.

Hace ya varios años fui a dar una plática a un campus del Tec de Monterrey, a algunos alumnos de preparatoria que estaban a punto de vivir la experiencia del servicio social. Un amigo (quien por cierto es teólogo y nos aventábamos unas discusiones de religión muy interesantes) me pidió que les platicara de la “cultura light”, ya que los veía muy desmotivados respecto al servicio social y él lo estaba coordinando.

Mi estrategia fue repartir a algunos de ellos (a 54, con jokers) un mazo de cartas inglesas. No les expliqué en un inicio para qué eran y les comencé a hablar de lo que podía significar el servicio social, les expliqué que la “cultura light” era un comportamiento superficial y desinteresado que limitaba el desarrollo personal. Los invité a hablar en cualquier momento y les decía “muéstrame qué carta te tocó”, “una reina”, “ah muy bien, imagínense que como la compañera tiene una reina puede opinar, pero que quienes tuvieran algo menor al Jack no pudieran”. A la mayoría no les gustó la idea por supuesto y entonces les expliqué que en realidad así es como funcionaba el mundo. Les dije que no todas las personas tienen las mismas oportunidades y que con el sólo hecho de estudiar preparatoria, en una escuela como el Tec de Monterrey, significaba que al nacer les había tocado algo así como un Rey. Con el tono más fresa que he oído en mi vida, un muchacho me preguntó “¿y tenemos la culpa de haber nacido con un Rey?, ¿somos malos por eso?”. Le expliqué que por supuesto no, pero que la “cultura light” podía provocar que su visión se redujera a dos números, el Rey y el As, y que prácticas como el servicio social podían extender su visión hacia el resto de las cartas, y que tener una visión más amplia era fundamental para desarrollarnos más integralmente.

Poco a poco hubo más apertura y empezaron a entender el concepto. La vida en general y la Microeconomía en particular pueden resultar extremadamente complejos, el sistema socialista ha requerido ser opresor para desarrollarse, y poco a poco han ido cayendo al capitalismo los países de raíces comunistas. El capitalismo, como lo conocemos, difícilmente será eternamente sostenible porque la excesiva riqueza de pocos tiene un reflejo en la extrema pobreza de muchos. Todos los humanos somos iguales en términos de concepto, pero la verdad es que pocos tenemos mucho más oportunidades que la mayoría. ¿Cuál es entonces la tercer vía?, sentarnos a criticar a las corporaciones sin hacer una propuesta no lo es, criticar la opresión del socialismo, del fascismo y hasta del absolutismo, tampoco resuelve nada.

La verdadera tercera vía (en términos históricos ya estamos viviendo una) tendría qué ser promovida por la gente que tiene el poder para que pueda surtir efecto, pero ellos están siendo directamente beneficiados por el esquema actual, difícilmente querrán un cambio verdaderamente significativo. La única respuesta viable parece entonces que debe venir de aquellos que aún no hemos sido corruptos por el poder (o por la cultura o por lo que sea) y que de alguna manera podríamos acceder a él. Pareciera que entonces todos los que no hemos optado por ser parte de la “cultura light” tenemos una responsabilidad latente, que casi siempre hacemos a un lado porque ya tenemos suficientes cosas en qué pensar respecto a nuestra propia vida. Si decidimos no incidir deberemos esperar a ver cómo lo resuelve alguien más o cómo llega a ser insostenible (qué efectos sociales arrastrará).

An inconvenient truth.

La semana pasada vi en el cine, después de la recomendación de un amigo, un documental que se llama An Inconvenient Truth.

Al Gore, ex-vicepresidente de Estados Unidos tiene varios años siendo tal vez el más famoso activista que ha advertido al mundo respecto al calentamiento global y su relación directa con el cambio climático. No tengo, por supuesto, el conocimiento científico necesario para respaldar lo que se dice en el documental, pero puedo decir, con toda seguridad, que lo que se plantea parece bastante creíble y temible. El que sea creíble nos debiera dar una razón para sentarnos a leer al respecto, hasta que tengamos una idea más clara de si es cierto. El que sea temible nos debiera hacer actuar inmediatamente. Bien, esto era justamente lo que esperaba de la película antes de entrar al cine, sin embargo, hubo un aspecto que no consideré previamente.

Al Gore propone una serie de medidas, desde reformas a la política ambiental hasta pequeñas modificaciones en los hábitos personales. Lo que no había considerado es que en realidad todos esos cambios significan a mayor o menor nivel una optimización de las actuales prácticas, que en general tienen beneficios independientes además del esfuerzo por desacelerar y hasta frenar el calentamiento global. Y llego a la conclusión de que las personas estamos acostumbradas a que nos asusten de alguna forma para ser mejores, para optimizarnos, para alinearnos. Algo que desde hace mucho he platicado con varios amigos es el patrón de la mayoría de las personas de no ser buenas en su trabajo, no he tenido experiencias laborales en el extranjero, pero en México tengo la perspectiva clara de que la mayoría de los empleados tratan de realizar el mínimo esfuerzo necesario para seguir recibiendo su cheque. En esa recepción del cheque es donde se fincan mecanismos de coerción, de generación de temor para hacer las cosas. No nos optimizamos porque es lo correcto, sino para evitar consecuencias nefastas.

Otro amigo me platicó hace poco, que discutía con otra persona que el mejor ejemplo de alineación ocurría con la religión. Parte de que las personas realmente se “ponen la camiseta”, tienen una visión compartida y el empuje para realizar actividades que no necesariamente les dan un beneficio a corto plazo (como un sueldo), sino una visión superior a largo plazo (el paraíso). Después me explica que con el fútbol llega a ocurrir lo mismo, los aficionados a un equipo se alinean, llenan estadios, se ponen literalmente la camiseta, luchan literalmente por su equipo. Mi respuesta fue “¿estamos hablando de fanatismo?”.

Como mencioné anteriormente, estoy leyendo The End of Faith de Sam Harris. El hombre se esfuerza realmente por llenar un libro de fundamentos filosóficos, psicológicos, sociológicos, históricos, científicos (“ciencias duras“), para no tener una fe religiosa. Al Gore se esfuerza realmente por gritarle al mundo que abran los ojos respecto al calentamiento global. Tanto Sam Harris como Al Gore buscan un cambio que optimice el comportamiento y la vida de las personas; cuando Al Gore habla del apocalipsis que vivirán nuestros hijos por el cambio climático y el derretimiento de los polos, y Sam Harris demuestra que la mayoría de las guerras y genocidios han sido a causa de la fe religiosa; están buscando un cambio positivo para la humanidad, independientemente de que haya un apocalipsis o que las próximas guerras vayan a tener motivos religiosos. La razón para el cambio, la razón para la alineación y la optimización no debieran ser factores de miedo. Es el miedo lo que me ha hecho tomar las peores decisiones.

La razón que debiera bastar para el cambio, es nuestro crecimiento como personas, para provocar a su vez y con el valor agregado que sólo ofrece la sinergia, un crecimiento social.