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The Lobster: ha comenzado la cuarta temporada de Black Mirror

– I am not yours to save.
– But you are.
– What?
– You are my lobster.
Rachel y Ross.

Hace mucho que una película no conseguía malviajarme. La anterior fue, probablemente, Antichrist de Von Trier que, discúlpenme, hay que tener una obsesión con la correctud (o como se traduzca correctness) política para encontrarla misógina (es lo mismo con sus #OscarsSoWhite, ¿de verdad el jurado tenía que haber elegido a cualquier persona de otra raza, sólo por su raza, para prevenir esta polémica?, ¿quién está siendo más racista?).

Definitivamente, que una película me malviaje no me parece malo, es un cumplido, lo veo como un verdadero mérito: sólo una película que considero genial sería capaz de malviajarme. The Lobster es genial, aunque no puedo dejar de pensar que se trata de un episodio extendido de Black Mirror. Y ahí se inserta un segundo malviaje: ¿será que está en peligro el cine frente a las series? Llámenme paranoico, pero cada vez veo mejores series y menos buen cine. Lo asigno a nuestra incapacidad de tener la atención en una sola cosa por una cantidad de tiempo considerable.

Creo que internet ha venido a cambiar nuestra concepción y percepción del tiempo (no es ninguna idea original ni mucho menos, pueden verla por ejemplo en Comunicación y poder, de Castells). Y la ha cambiado a tal grado que ahora nos tiramos a ver Netflix y lo que sea que veamos sólo gozará de nuestra atención en los lapsos entre los que recibimos comentarios en Facebook o mensajes en Whatsapp. Parece que hubiera un “flujo de atención” (en el sentido de un flujo de efectivo), en el cuál sólo podemos “gastar” cierta cantidad de atención proporcional a la cantidad de atención que recibimos. Por eso también descubro que es más fácil ver películas en compañía de alguien: hay un flujo permanente de un mínimo de atención. No importa, asumo que estoy generalizando de manera grosera.

Pero esto me lleva a pensar que va siendo mucho más fácil (no) comprometerse con una serie que con una película. Black Mirror es mi serie favorita (y además dicta el modo en que hay que ver la segunda temporada de True Detective, mi siguiente serie favorita: no intentaban hacer lo mismo que con la primera temporada, es otra cosa y me resultó igualmente genial, Black Mirror nos enseñó a ver una misma temática, muy general y abstracta, de manera discontinua, desde distintos lentes).

El cine de Hollywood (que es el que llega a las salas de cine y dura, que es el más fácil de ver, del que más fácilmente se entera la mayoría, en México) se ha convertido primordialmente en una fábrica de remakes (o de adaptaciones de cómic). Mad Max ha sido alabada por gente que considero tiene buen criterio para el cine… para mí es el colmo del remake: no sólo se trata de hacer un concepto que ya se hizo, hay que hacerlo dos veces en la misma película. Me asombró que a media película los personajes se encuentren tan convencidos de que su única alternativa es dar la vuelta y repetir el periplo. Me pregunto si fue el mismo dead end en el que se hallaron los guionistas. Mad Max es una película estridente, con sus excesos de ruido quiere opacar el hecho de que no tiene ninguna historia que contar, no hay ninguna profundidad, está todo dado, es muy plano.

Y no me hagan empezar con la última de Star Wars (¿se habrá hecho, en la historia del cine, un chantaje emocional más masivo?, ¿cuán estúpidos creen (saben) que somos?, mucho, evidentemente, ahí están los récords de taquilla, yo mismo la fui a ver dos veces al cine, pero el asunto de la inevitable incongruencia lo tocaré al final).

No importa, The Lobster es genial. No le quito nada diciendo que pudo ser un episodio de Black Mirror, puesto que esta historia no podía ser contada en una hora. Es sumamente compleja y apenas tengo la impresión de que arañé metáforas muy elementales. Así que hablaré de lo obvio, si no la han visto, dejen de leer.

Es una distopía, por supuesto, pero de una pureza notable: es de hecho una utopía, pero se trata de gente (me refiero a los guionistas, al director) que por fin comprendió que no existe utopía sin distopía, más aún, que cuando una utopía se vuelve realizable, sólo se materializa como distopía, la utopía flota en una especie de dimensión inmaterial, en el instante en que aterriza es necesariamente una distopía; hoy vivimos, me parece, la distopía de los ideales de la revolución francesa, por ejemplo.

Entonces es un discurso muy simple: el amor todo lo vence, no vale la pena vivir sin amor, alguien que es incapaz de amar ha perdido su humanidad, el verdadero amor es absolutamente sincero, siempre habrá alguien dispuesto a amarte y alguien a quien podrás amar, etc. De lo que se trata es de constituir una sociedad amorosa. Con un pequeño detalle, el amor lo entendemos de una sola manera: es monógamo y tiene que ser siempre funcional, si algo empieza a fallar haremos de todo para resolverlo, si no se resuelve habrá que disuadirlo de inmediato y enmendar el problema cuanto antes, es decir, hallar pronto a la verdadera pareja perfecta. Para ello cada ciudadano cuenta con todo el respaldo institucional.

Todo esto en la complejidad de que el amor es productivo: evidentemente se trata de un dispositivo de poder. La realidad urbana está hecha para las parejas, para que siempre estén juntas, bajo esa premisa operan los medios de producción y las formas de intercambio. No vivir en pareja tiene el costo (a la vez psíquico y económico) de enfrentar a la resistencia, quienes creen que el discurso hegemónico está completamente equivocado, y en tanto la equivocación es absoluta, hay que negarlo con el mismo totalitarismo: de lo que se trata es de estar solos, de no amar a nadie.

¿No es esta nuestra realidad?, ¿no son estas las discusiones de todos los días?, en FB es muy evidente: “eres un imbécil, la verdad es esta… no, tú eres el imbécil, la verdad es esta otra”. Listo, tenemos a un par de personas compartiendo la misma imbecilidad: creer que ellos tienen la verdad, que no hay nada que se se les escape, que no existe una tercera realidad concebible (en parte, porque efectivamente muchas veces es inconcebible).

Ya estamos ahí de tantos modos (tal es su parecido con Black Mirror), la mayoría de la gente parece creer que hay una sola forma de amar, que la familia es lo más importante y hay un solo modo de formarla (¿no es pues, el colmo, que la banda LGBT[ETC] quiera casarse y adoptar?, ¿que quieran replicar las instituciones que se fundaron precisamente para no darles cabida?, ¿para negar toda evidencia de su sola existencia y enrarecerlos, hacerlos anormales, enfermos o traumados?, ¿por qué no marchan para modificar las leyes específicas que hoy benefician a los casados y a ellos no? No se preocupen, al Estado y al Capital les urge que se puedan casar y adoptar, pronto escucharán su súplica y se enfrentarán, igual que cualquier heterosexual, a complicados trámites de divorcio y patria potestad, lo único que está deteniendo a estas leyes es la bendición de la otra mitad de imbéciles).

Cuando pretendía hablar de la complejidad de The Lobster con una amiga, me sugirió (todavía no sé en qué sentido) la frase que usé como epígrafe. Queriéndolo o no, dio en el clavo: The Lobster cuenta precisamente la historia de cómo sería un totalitarismo fundado en los valores que nos han heredado series como Friends.

-¿Te gustan los hombres o las mujeres?

-¿Me puede anotar como bisexual?

-No, hace un mes quitamos esa opción.

La institución se vuelve más eficiente, si admite una verdad en la que quepan los bisexuales, ¿cómo concebirían la monogamia, el matrimonio fiel?, desde su perspectiva sólo hay dos sexos, y si te gustan ambos, ¿cómo vives sin disfrutar de una vagina o de un pene?, tienes que elegir desde el principio: homosexual o heterosexual. ¿Prefieres estar solo?, entonces no eres humano y haremos de tu inhumanidad una realidad efectiva.

-¿Por qué una langosta?

-He escuchado que viven mucho tiempo, y tienen un solo amor en su vida.

Sí, lo mismo explicaba Phoebe. Y en ese discurso hegemónico (da igual, Friends o The Lobster), nadie se pregunta lo que resulta tan evidente y a la vez nadie parece ver: ¿por qué demonios querrías vivir mucho estando con una sola persona?

Si me afectó tanto es porque me recordó a esa zona ambigua a la que uno se enfrenta todos los días cuando pretende ser “anti-sistema” [inserte el nombre revolucionario o resistente que mejor le plazca, pues justo aquí empieza la gran ambigüedad de la que hablo]. Es decir, hay básicamente dos opciones, ¿no?, o vives del lado de la gente que piensa fundamentalmente igual (viva la democracia, el éxito es poder comprar más cosas, el amor verdadero es monógamo y parasiempre, Dios escucha mis plegarias, el cambio está en uno…). Y la otra opción es ser crítico (no que no haya un montón de grises en esto, pero intento ser esquemático). Peeeero, si eres crítico de lo hegemónico, no por eso deja de serlo, y lo hegemónico se vuelve fundante de una realidad material que opera. ¿Es lo único fundante? NO. Pero a ver, si no crees que el capitalismo sea el modelo económico más conveniente, deja de consumir.

Primer problema: la ambigüedad que supone la imposibilidad misma de ser congruente para un ‘anti-sistema’. ¿Quién puede ser congruente? El que está perfectamente de acuerdo con el discurso hegemónico. Comúnmente es alguien que ha nacido con muchos privilegios o que de otros modos ha tenido mucha suerte (no que no trabajen duro y toda esa mierda, basta mirar de cerca a quienes recogen la basura para darse cuenta de que trabajar duro no basta, es estúpido tener que explicar esto, tampoco se trata simplemente de ser muy listo: se trata de tener mucha suerte, además ser relativamente listo, además tener cierta devoción por el trabajo y además, pero sobre todo, comprar de contado esta ideología del éxito).

Entonces este primer problema presenta las dos caras, hay de hecho dos ambigüedades que además comúnmente se mezclan: o admites con cierta incomodidad (con cierta culpa, caray) tu incongruencia, o niegas lo más posible tus incongruencias y vives una mentira (que es la escena en la que el tipo gordo dice “mátenla a ella, ella no podría vivir sin mí, yo sí puedo vivir sin ella”). Es un tanto desgastante vivir con este primer problema, pero si el único modo de ser congruente es suscribir el modo operante de las cosas, asumo la ambigüedad de la incongruencia y prefiero, en lo posible, no hacer de mi vida una mentira para dar el ejemplo, para no decepcionar a alguien o cualquiera de esas mierdas.

Segundo problema: la realidad como está organizada limita materialmente las alternativas. No me refiero sólo a lo obvio: no crees en la democracia pero sólo puedes votar o no votar, y lo segundo no cambia el modelo. Me refiero a algo mucho más profundo y preocupante: el modo en el que sentimos (y en el sentido más amplio), está parcialmente determinado por la realidad como se ha venido configurando a través de los discursos hegemónicos, durante siglos (yo detecto algunas cosas que llevan milenios).

Entonces puedo decir “soy polígamo” a una pareja sexual y esta pareja muy bien puede decir “ok, chido por ti” o incluso “yo también”, pero semejante declaración ideológica en absoluto es garantía de que efectivamente vaya a funcionar bien para ambas partes (y las que faltan), lidiar con la poligamia efectiva. En otras palabras, no basta la honestidad acompañada de buenas intenciones, somos mucho menos libres de lo que creemos, en este sentido. Se necesita de cierta flexibilidad y apertura para sobrellevar esta ambigüedad sin empezar a ver al otro, o a uno mismo, como “el malo” o “el culpable”.

Tercer problema: la configuración de relaciones “anti-sistema”, la posibilidad de establecer bloques organizados que no respondan a directrices totalitarias. En la película, contra ese amor totalitario se pretende un individualismo: está permitido masturbarte pero no coger, si allá estás solo te convierten en animal, pero aquí somos justos, claro que si aquí te besas con alguien te torturamos.

Veo videos sobre las tan alabadas resistentes kurdas y encuentro que están en el mismo marco disciplinario que sus enemigos de ISIS. ¿Es posible un ejército sin disciplina? El problema (el que trato de hacer notar) no es si sería posible, sino que ahora NO ES PENSABLE, no resulta fácilmente concebible (he ahí la importancia de la teoría, diría Žižek). ¿Cómo nos relacionamos los críticos de lo totalitario sin caer en totalitarismos? Al no hacerlo, evidentemente, sacrificamos efectividad, pues en el entorno en el que estamos hemos aprendido de la efectividad de lo totalitario. Por eso casi todas las iniciativas genuinamente anarquistas terminan (y también comienzan) siendo percibidas como ingenuas.

En fin, espero que les haya malviajado tanto como a mí.

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De amor y sus formas.

(Primer borrador sin citas).

Se encuentran dos personas que se atraen de inmediato. Se acercan para charlar, los dos pretenden dar su mejor cara, que obviamente, no es necesariamente la real, es en todo caso el mejor auto-concepto posible (cuando no un descarado engaño). Este es el mejor de los casos, comúnmente sólo primero uno se siente atraído por el otro y busca maneras de llamar su atención hasta que se vuelva posible tener una charla.

¿Qué los motiva al acto de “conquista”? El eros (έρως), una suerte de bestia interior que controla muchas de nuestras decisiones, una manifestación física de necesidades evolutivas, pero también una serie de constructos emocionales que nos invitan a la creación (ποίησις). Es divertido pero también supone una apuesta, un riesgo, la posibilidad del rechazo con la consiguiente evidencia de la mancha en nuestro mejor auto-concepto. Tan es así que la mayoría de las veces que alguien te atrae y consideras que por alguna razón es inalcanzable o supone demasiado esfuerzo, mejor lo evitas. No es diferente a múltiples técnicas evolutivas perceptibles en otras especies.

Entonces ambos toman un riesgo, charlan, y digamos que deciden seguir adelante con la relación. Se dicen o se creen amigos, pero en un sentido estricto no lo son realmente, es una mera antesala al eros. La filia (φιλία), que al igual que eros es también traducida como ‘amor’ pero más comúnmente por ‘amistad’, es aquel sentimiento de agrado de mantener una relación con otras personas, pero no como una necesidad interior, sino en un fluir cómodo en el cual no son colocadas demasiadas expectativas.

La pareja que ahora ha nombrado a su relación ‘amistad’, no se encuentra en ese libre fluir, sino que más bien se sienten impelidos a construir una serie de pretextos para compartir tiempo juntos, hasta que subjetivamente consideren que es socialmente pertinente liberar el erotismo. Esto es muy variable dependiendo de la cultura y del individuo, puede ser cuestión de minutos o de años, pero en general ocurre lo mismo.

El problema de constituir una relación de amistad a partir del eros, es que la bestia erótica esclaviza muchas de las decisiones filiales. Hay un elemento faltante, un deseo creciente que no se apagará hasta ser satisfecho, u olvidado (técnica evolutiva) cuando toma características de inalcanzable, o cuando el costo se vuelve demasiado alto.

Aparentemente, las hordas primitivas no tenían este problema. Los grupos eran promiscuos, así que la imperante necesidad erótica era inmediatamente cubierta, además la filia de estos pequeños grupos se daba por sentada, así que era simplemente plataforma o trasfondo. No daba pie a las incomodidades o chantajes que presupone el intercambio sexual contemporáneo.

Luego surgió el tabú del incesto, que dio origen a la exogamia, esto es, a las relaciones sexuales exclusivamente con otras tribus (la tribu en su totalidad se consideraba familia, independientemente de la consanguineidad). Este tabú separó “oficialmente” al eros de la filia. Digamos que quedó prohibido tener sexo con los amigos, y sólo quedó permitido tenerlo con cualquiera de la tribu “amiga”, con quienes no había relación filial consciente, sino exclusivamente erótica.

Sabemos que, sin embargo, las prácticas sexuales seguían siendo polígamas, pues los hijos resultado de las relaciones inter-tribales tomaban el “apellido” (tótem) materno y pertenecían al clan materno, pues no podía comprobarse la identidad del padre. No obstante, cuando era descubierto el incesto, o el sexo con una tribu prohibida (un tótem
prohibido), las penas eran por demás crueles: toda la tribu (propia) estaba obligada a dar muerte al infractor.

Muchas cosas ocurrieron antes de que naciera la familia nuclear que hoy conocemos. Algunas fueron el nacimiento de la propiedad privada, de la religión y del Estado. Por la línea de los fetiches, los tótems, los mitos y los rituales podemos hallar a la religión (totémica, luego politeísta y eventualmente monoteísta). El tótem era comúnmente un animal comestible (que la tribu tenía prohibido comer), una especie de Idea platónica que representaba a cada miembro de esa especie como “fuerza” que permite la existencia de determinada tribu.

La exogamia es la manera en que distintas tribus comienzan a llegar a acuerdos de beneficio mutuo. Comienza a haber un reconocimiento de tótems ajenos, esto pudo haber dado origen al politeísmo, pero sin duda dio origen al Estado: con el descubrimiento de la agricultura y el pastoreo los grupos pudieron hacerse más grandes, volverse sedentarios significó una mayor necesidad de defensa de grupos enemigos, así como la necesidad de alianzas con tribus vecinas.

Pero tal sedentarismo también significó la existencia de la propiedad privada: las prácticas de pastoreo se atomizaron por parte de los miembros de la tribu, que ahora cuidaban de los animales necesarios para la subsistencia propia y de los dependientes; y la agricultura eventualmente supuso que cada miembro empezó a sembrar y cosechar el mismo pedazo de tierra. Con la invención de las herramientas, cada miembro se volvió constructor de las propias y, eventualmente, fueron utilizadas en trueques. La propiedad privada dio origen al intercambio comercial.

La esclavitud era una práctica muy diferente a la que hemos conocido de Grecia y Roma, y mucho muy diferente de la que podemos dar cuenta con el colonialismo y la historia moderna de América (la cual, en todo caso, es más bien muy similar al proletariado de maquiladoras en países de cuarto mundo). Las guerras entre tribus nómadas suponían supervivientes de los vencidos y bajas de los vencedores. La tribu vencedora debía evaluar cada vez si debía sacrificar a los supervivientes vencidos o si convenía que fueran unidos a la propia tribu, como hermanos. Tal fue el nacimiento de la esclavitud, pero cuando se unían como hermanos eran iguales al resto, no había ningún tipo de opresión contra ellos (aunque eventualmente se requirieron rituales de purificación).

Con la propiedad privada, sin embargo, los grupos sedentarios que tomaban prisioneros de los grupos vencidos, entendieron pronto que no podían ser tratados como iguales, pues se necesitaría asignarles tierras y animales que nadie iba a ceder, parecía más conveniente que trabajaran a los animales y tierras de distintos miembros de la tribu vencedora a cambio de alimentación y protección.

Parece que la cosmovisión de propiedad dio un giro al concepto de esclavitud, y que, aunada al politeísmo, permitió la configuración de Estados. Los viejos tótems tomaron figuras más humanas: el hombre entendía mejor a la naturaleza y hasta cierto punto la controlaba, ya no era la misma vida, extremadamente lábil ante los peligros de la naturaleza, ahora la producción se volvía más predecible y había, hasta cierto punto, abundancia. En esta suerte de Ilustración primitiva nacieron las ciudades, y así como la propiedad privada surgió inconscientemente de la práctica diaria, el llamado ‘contrato social’ también lo hizo.

Los primeros Estados, sin embargo, mantenían una cosmovisión esencialmente primitiva: los extranjeros eran vistos como peligrosos y los gobernantes eran fundamentalmente sacerdotes, representaciones de distintos dioses en la Tierra. Los mitos subyacen en el nacimiento del Estado: el Orden (Cosmos) debía reinar sobre el Caos (la Nada). Distintas teogonías gobernaban las prácticas rituales-religiosas que equivaldrían a lo que hoy conocemos como leyes, pues Orden siempre era entendido como conservación de costumbres, mientras que cambio siempre implicó Caos.

Ya en la antigua Roma, el término famulus, de donde proviene la palabra familia, correspondía a las personas que estaban bajo la propiedad-protección de un hombre adulto, esto es, los esclavos, la esposa y los hijos. Tal familia no tiene sus orígenes en Roma sino en los primeros Estados: con la propiedad privada se volvía necesario saber a quién se heredarían los bienes, se volvía importante comenzar a saber no sólo quién era la madre, sino también quién era el padre. Tal es un antecedente de la familia monógama.

Si bien la antigua Grecia no es monógama (en el caso de los hombres), sí está estructurada en torno a la familia nuclear, y sabemos que también existe la herencia. Es común encontrar referencias en textos en torno a la bisexualidad, pareciera que la promiscuidad de hombres con hombres facilitaba la administración, pues tendrían hijos únicamente con sus esposas, mientras que el eros se vería satisfecho con quienes no hay riesgo de procrear.

En las primeras hordas podía ignorarse por completo la filia como algo dado, y quedar únicamente el eros como una práctica libre y común. Los griegos retoman la posibilidad de que exista eros en las relaciones de amistad (particularmente maestro-alumno), pero separan el factor más bien administrativo de procreación y herencia. En ese sentido, ni ‘matrimonio’ ni ‘familia’ presuponían amor, ni filia ni eros, (aunque el sentido de lealtad de la esposa al marido es un tema recurrente, que también refleja la importancia de que la herencia se repartiera únicamente a hijos legítimos), sino que estaban constituidos en un marco de la administración estatal y política, hablando de Grecia, de las Alejandrías y del primer imperio romano.

Es en el nacimiento de las prácticas ascéticas de connotación cristiana que se ve a la práctica sexual como algo impuro, que después trata de purificarse con la concepción de amor, un amor que será un extraño híbrido entre eros y filia: ágape (αγάπη). O mejor dicho, ágape es un término griego que será latinizado por el cristianismo para “limar”, conceptualmente, lo erótico y lo filial para encontrarse en el medio. Es una especie de amor incondicional, donde lo importante es el Otro. Es una especie de alargamiento sintético del eros: no se pierde la adoración por el Otro cuando la necesidad es satisfecha, sino que se vuelve un trasfondo, una plataforma invariable, como lo era la filia. Ágape toma algo del eros para así eliminarlo, pero también para diferenciarlo de una mera filia, que sigue existiendo fuera de la familia. Ágape se va a convertir en un requisito para la unión sexual, debido a que ágape es también la clase de amor que debe sentirse por Dios, y sólo así puede estar santificada la unión de naturaleza corrupta.

Traduciendo, se debe sentir incondicionalmente algo innatural como manifestación de un ser inexistente, por un Otro inexplicablemente idealizado, en el marco de un ‘sí mismo’ apagado, devaluado. Esto es, debo ignorar lo que realmente siento y tener fe en lo que supuestamente debo sentir. En este (sin)sentido se conjugan fetiches, tabúes, mitos, rituales y una religión (que en cierto sentido sintetiza muchas); pero también se conjugan prácticas administrativas y gubernamentales. La convención social del noviazgo y el matrimonio, que conjugan los conceptos inabarcables, inconmensurables de amor y compromiso, arrastran consigo todo este bagaje.

En este marco, es casi sorprendente que nos preguntemos por qué hay “infidelidades”, “miedos al compromiso”, o simplemente deseo sexual por personas que no son nuestra pareja; cuando la normalidad tendría que ser precisamente esa.

De amor y de firmas.

Hace un par de años, un buen amigo me informó: “me caso”; mi reacción inmediata fue preguntar “¿por qué?”. Afortunadamente fue por chat, de tal manera que no se pudo percatar del frustrado tono que acompañaba al “¿por qué?”. Resulta que mi amigo era (y espero que siga siendo, hace mucho que no sé de él) feliz, viviendo en unión libre con su ahora esposa, llevaban al menos varios meses, así que no dejó de sorprenderme negativamente su anuncio.

Cuando finalmente me explicó que le iba a facilitar la vida esa decisión, debido a que le permitiría obtener la ciudadanía estadounidense, comprar casa y viajar sin problemas, entendí la verdadera razón de su matrimonio, y es entonces que lo felicité. No me entiendan mal, él la amaba (espero que se sigan amando), pero el matrimonio era algo innecesario, excepto porque las condiciones legales le facilitaban la vida. Después que me explicó eso, finalmente le dije “felicidades”; a él le dió mucha risa y me dijo “es la felicitación que más trabajo me ha costado”.

El matrimonio es un acto social y legal, que tiene implicaciones respecto a una serie de reglas, escritas y no escritas, que afectan en una medida más o menos estándar a los individuos que deciden dar el paso. Psicológicamente tiene una mayor implicación en la parte de inconsciente colectivo que carga el individuo, que en sentimientos específicos, es decir, si yo necesito estar casado para amar a alguien, entonces estoy imponiendo una condición contractual en un estatus superior al amor, y si para mi es más importante dicha condición contractual, es porque un efecto social así me lo impuso. El amor es un sentimiento que rige de manera individual a cualquier ser humano, incluso si no vive en una sociedad que acostumbre el matrimonio; así que lo digo nuevamente, la necesidad de amor es un sentimiento inherente al ser humano mientras que la necesidad de matrimonio es parte de un aprendizaje social. Y ni menciono al matrimonio religioso.

¿Esto hace que el matrimonio sea malo? no, sólo confunde a las personas de lo que es y no es amor, y de lo que hace funcional y no a una relación de pareja. Aproximadamente el 50% de los matrimonios terminan en divorcio en esta parte del mundo. Cuando un amigo me dice “me caso”, me cuesta mucho trabajo contestar con un honesto “felicidades”; cuando un amigo me dice “me divorcio”, inmediatamente contesto “felicidades”. Esto porque es muchísimo más probable tomar una buena decisión de divorcio que de matrimonio, desde el instante que consideras divorciarte, hay una serie de efectos sociales/legales que te amarran, hasta el momento de la firma en que alcanzas tu libertad en ese contexto; esas cosas que te limitan de alguna forma, no son inherentes al ser humano. En el momento que amas a alguien puedes continuar amándolo de manera independiente a que haya o no un acto social que lo “avale”, lo que es inherente no necesita validez; por ejemplo, ¿de qué ha servido que la Constitución dicte la igualdad de las personas, si sigue habiendo diferenciaciones de género, raza, estatus económico, preferencia sexual?, se nace igual de manera inherente, que socialmente ocurra es otra cosa. Se puede amar de manera inherente, que se avale con un matrimonio no garantiza absolutamente nada.

Estoy convencido de que el amor es un estado mental con caducidad, por supuesto creo que esa caducidad depende en cierta medida de la pareja, la caducidad puede ser en algunos casos de 200 años y tal vez no alcanzamos a verla, pero existe. Lo que realmente creo que debe sostener a una relación de pareja es la confianza, aquello que te permite estar cómodo con ella, dejar de reprimir a tu verdadero yo, compartirle todo lo que eres y lo que tienes porque esa persona es una extensión de tu propio ser, obtener felicidad al ver la suya porque no eres otra cosa que una extensión de su ser; y más importante que todo, la confianza te da el poder de decir en el momento adecuado “se acabó el amor”, y evitar herir profundamente a esa persona importante en tu vida. Por supuesto que el amor es un estado mental, pero es sumamente placentero, y sin duda le da una perspectiva de plenitud a tu propia vida, es el significado de sinergia integral de dos individuos. Me pueden decir intolerante (las razones por las que termino una relación) y excesivamente exigente (para elegir pareja); pero tengo un indicador que me enorgullece, soy un buen amigo de cada una de las parejas que he tenido, para la mitad de ellas soy su mejor amigo.

Un día, en bachillerato, un profesor me pidió que definiera el amor, construí algo como de cinco renglones que me convenció bastante en ese momento (recuerdo que su punto era la imposibilidad de definirlo, y al menos sé que mi definición cumplía las reglas lógicas). No recuerdo qué demonios escribí, pero si ahora lo tuviera qué definir, sería algo como “amor de pareja es el estado mental que te permite alcanzar un estado de sinergia emocional placentera con otro individuo en cada uno de los aspectos que comparten”; claro que en ese momento amaba a alguien, tal vez por eso se extendió innecesariamente a cinco renglones. 😉

¿Estaría dispuesto a casarme? si encuentro la suficiente conveniencia legal/social, que compense a dos trámites súper engorrosos, sí. ¿Estoy dispuesto a casarme por la Iglesia? no. Si mi pareja está convencida de que es un ritual importante en su vida, por un significado divino (qué miedo), su ritual perdería validez al instante en que yo me pare a su lado a decir una serie de cosas en las que no creo. Y si mi pareja lo hace para quedar bien con su familia, pues no es la clase de espíritu (sic) independiente que estoy buscando.

Sociedades de convivencia.

Antier me preguntó una amiga cuál era mi opinión de la “Ley de Sociedades de Convivencia”. Yo no tenía la menor idea de lo que me hablaba. Resulta que esta ley va a reconocer a aquellas personas que decidan tener una vida de pareja, pero que no decidan (o puedan) casarse y que no se conformen (o no se les reconozca) con las leyes que regulan el concubinato. Yo de plano le digo, “oye, qué interesante, ¿y de quién fue la idea?, obviamente no fue del PAN” y me dice “¡Claro que no! esto viene de Patricia Mercado”, y entonces a mi me encanta la idea, esta mujer me parece que representa a uno de los pocos rastros de izquierda congruente en el país. Entonces mi amiga me explicó con muy buenos argumentos por qué había sido incorrecto que se aprobara esa ley. Les platico rápidamente, el matrimonio no es para mi, me molesta hacer un trámite para algo que pretenda regular la conexión sentimental con una pareja y como bien ella me explicó la ley no tiene por qué contemplar mis sentimientos. El concubinato es para mi porque no requiere de trámites, sin embargo limita a una convivencia de cinco años bajo el mismo techo (esto lo leí hace años, si ya cambió alguien dígame), hasta que transcurre este tiempo la pareja (de diferente sexo) puede tener ciertos beneficios. No existía una ley intermedia porque aparentemente no se necesitaba, pero resulta que actualmente el 10% de la población en México es homosexual, que este porcentaje ni siquiera considera a los bisexuales y que en conjunto ya son una minoría bastante considerable. Entonces imagina que un día naces, junto con otros 9 bebés, y por genética o por decisión resulta que te gusta alguien del mismo sexo. Un día decides tener una pareja de acuerdo a tu tendencia y otro día deciden vivir juntos. Ambos son empleados, si fueran heterosexuales al casarse podrían juntar sus puntos de INFONAVIT para comprarse una casa, como son homosexuales esto no es factible. O el caso más típico, tu pareja se muere y la herencia la reclaman sus familiares y tu no tienes derecho a nada. Vives en un país cuyas leyes no te reconocen. Mi amiga tiene razón en una cosa, no se debe hacer una ley que se supone general en base a una minoría, por ejemplo la Ley de los Derechos y Cultura Indígena beneficia directamente a esta minoría. Los homosexuales no necesitan leyes intermedias, no se trata de hacerles un favor. Necesitan poder casarse, poder vivir en concubinato, poder adoptar hijos. Lo merecen sólo por una cosa, por ser humanos y dentro de nuestro contexto, lo merecen nomás por ser mexicanos. No tienen por qué seguir siendo ciudadanos de segunda clase. ¿Antinatural? Se ha observado comportamiento homosexual en 1500 especies animales. ¿Contra la familia? No encuentro nada en una pareja gay que afecte al concepto de familia. Afecta por supuesto a los paradigmas de la familia retrógada mexicana, pero saben qué, eso es bueno, lo que menos necesitamos es seguir cargando con lo que ha quedado obsoleto.