Archive for the ‘Machismo’ Category

Antropolandia

Me contaron de un lugar regido por la sabiduría, donde apareció un día un animal inteligente. A diferencia de lo que pudiera pensarse, su enorme desventaja inicial era tan peculiar, que comenzó a permitirle una mayor supervivencia que al resto de los animales. La inteligencia le permitía separar el todo y desconectarlo, empezar a ver las causas y los efectos en espacios de tiempo infinitamente cortos, en comparación al resto de los seres vivos.

Su visión cortoplacista permitía, por ejemplo, encontrar maneras inesperadas de escapar de sus depredadores, y hasta crear herramientas para facilitar y agilizar un proceso sin precedentes en este mundo, convertirlos en presas. Pronto sus habilidades de supervivencia permitieron que fueran tantos en número, que varias veces en su cada vez más larga vida, consumían todos los recursos de enormes áreas. Es entonces que el animal aprendió la importancia de viajar. A veces encontraban nuevas zonas con recursos, pero controladas por animales de su misma especie y entonces hacían la guerra para determinar cuál grupo se quedaría con el control territorial.

Esto comenzó a pasar con más regularidad, y las herramientas de un grupo llegaban a ser tan efectivas como las del otro, por lo que la fuerza física volvió a tomar una importancia singular. En los grupos había machos y hembras, éstas últimas poco a poco se fueron debilitando físicamente, pues preñadas eran presa fácil del entorno y de grupos enemigos. Antropolandia se convirtió entonces en Macholandia.

Un día el grupo creció tanto que al macho líder se le ocurrió que era mejor que cada quien cuidara un conjunto de recursos, otorgándole responsabilidad y posesión de los mismos, pero no todos eran igual de buenos administrándolos. Pronto algunos tuvieron más que otros, y se percataron, gracias a su inteligencia cortoplacista, que esto era ventajoso. Macholandia entonces hizo pensar a cada uno de estos animales, que ellos eran los dueños del mundo.

Tiempo después el macho se convirtió en la medida de todas las cosas, pues, si podía poseer el mundo, también podía, necesariamente, explicarlo y transformarlo. Era tanta la necesidad de convencerse de que el mundo les pertenecía, que fueron buscando explicaciones cada vez más ambiciosas. Como su inteligencia provocó que separaran el todo, reconstruir cada una de las conexiones se volvía imposible y siempre tenían huecos en sus explicaciones. Entonces algunos machos decidieron hacer creer que Macholandia se había convertido en Teolandia.

Los animales se crearon un conjunto de animales similares a ellos, pero con características deseadas por ellos mismos, los hicieron inmortales, omniscientes, omnipresentes, hermosos. Estos animales fantásticos llenaban los huecos a la hora de explicar el mundo, y al mismo tiempo fueron mostrados tan poderosos que ahora el más fuerte no lo era físicamente, sino aquel que podía comunicarse con aquellos e interpretar sus designios.

Sin embargo estos nuevos animales se volvieron muy inconsistentes, las interpretaciones a veces eran opuestas y a la hora de la verdad, todos parecían estar equivocados. Algunos machos entonces decidieron hacer creer que Macholandia en realidad se había convertido en Filosolandia. Teolandia no desaparecía aún, pues los huecos en las explicaciones se mantenían, así que a alguien se le ocurrió que no es posible poseer y, por lo tanto, explicar el mundo, si ni siquiera podían explicar lo que ya poseían, a ellos mismos.

Con esto ya no sólo había huecos para explicar al mundo, también para explicarse a ellos mismos, y en el afán de que Macholandia reintegrara a Teolandia y a Filosolandia, los machos hicieron creer que ahora el mundo se había convertido en Metafilandia. Muchos que se negaron a esta fusión fueron castigados, hasta que fueron muchos más los oprimidos, así que los partidarios machos de Filosolandia, organizaron a los animales para que tomaran el poder, llamando ahora a Macholandia, Progresolandia.

Un día se dieron cuenta que su desventaja, la inteligencia, es lo que permitía el progreso, así que se esforzaron por darle formalidad, Progresolandia se convirtió en Ciencilandia y finalmente en Tecnolandia, y es donde ahora me toca vivir. Soy consciente de que desde que empezó a ser Machilandia nunca dejó de serlo, sólo ha parecido irse transformando en Oligolandia, donde los machos pretenden masculinizar a algunas hembras con fines de poder.

También sé que no ha dejado de ser Antropolandia, un lugar donde seguimos creyendo que es posible interpretar el todo desconectándolo cada vez más. Nuestra peculiaridad que nos permitió sobrevivir, conforme se fue alargando el plazo, se está encargando de autodestruirnos. En lo único que parece haber evolucionado mi especie, fue en un conjunto de peculiaridades de su propia inteligencia, que hoy llamamos psicopatologías, particularmente en la megalomanía.

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“Hija, sírvele de comer a tus hermanos”.

Comentario a “En este mundo, y sobre todo en este país […]”.

“Hija, sírvele de comer a tus hermanos”.

Sin decir que tenga qué ser de ese modo, en México es aún muy claro cómo la crianza de los hijos e hijas depende en mucho mayor medida de las mamás.

Son las mamás tradicionales las que educan a sus hijos e hijas con premisas de que es la mujer quien se debe de dar a las tareas domésticas, así como encontrarse, eventualmente, un marido que las mantenga.

En pleno siglo 21 vemos porcentajes de miedo de mujeres que sólo van a la universidad a conseguir marido, y eso se refleja en las cifras de mujeres que no ejercen su carrera o que al momento de casarse dejan su fuente de independencia económica (su trabajo).

Y eso es en la parte educada de nuestra sociedad, eso es en el pequeño porcentaje de mujeres que estudia una carrera, imagínense entre la enorme masa que sólo termina el bachillerato, imagínense las que sólo terminan la secundaria o la primaria.

El problema con las mujeres no es de recursos en primera instancia (como todos los problemas de este país); es plenamente cultural, y las madres en México tienen la importantísima tarea de evolucionar hacia la igualdad, porque hasta ahora han sido, en mi opinión, las principales precursoras del machismo. El costo de que la mayoría de ellas evolucionen es comenzar por la aceptación de que pudieron ser independientes, pero eligieron ser empleadas domésticas del marido, por eso es tan difícil este proceso. (Y todas aquellas que se parten el lomo tanto o más que el marido y todavía llegan a hacerle la cena…).
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Bueno, eso fue lo que escribí aquella ocasión, poco tiempo después estuve en el ITESM en una plática con un filósofo francés (calificado de posmoderno), Gilles Lipovetsky quien ha hecho trabajos sociológicos explicando la evolución de la mujer, habla de la primera, la segunda y la tercer mujer. No quisiera extenderme demasiado explicando cada una, en resumen la primer mujer es considerada por sí misma y quienes la rodean como un ser inferior al hombre, algo intermedio entre animal y persona; la segunda mujer vive en función a su familia como motor de ésta pero también como principal dependiente de ella; la tercer mujer disfruta ser independiente, pero invierte muchos recursos en obtener elementos tradicionalmente femeninos para resaltar competitivamente frente a otras mujeres y salir adelante en su vida laboral y amorosa.

Ese elemento de la tercer mujer y otro comentario que hizo respecto a que el consumo ya no determinaba la clase social de las personas, me hizo saber que el hombre hablaba de una realidad si no francesa, al menos europea, porque analizando al ancho de población de mujeres en México para mi es bastante claro que siguen siendo una segunda mujer en transición y el haber conocido de cerca cuando menos los tres estratos sociales (económicos) más claros en México también me doy cuenta que los hábitos de consumo son un importante diferenciador; pero eso lo ahondaré en otro post.

Desinteligencia (Unintelligence).

Hace como tres años un pseudomentor me invitó a leer a un autor quesque famoso que se hace llamar Osho, porque “vio en mí algo que le hacía pensar que me gustaría mucho”.

Yo en ese momento (raro raro) no estaba leyendo un carajo, así que me metí a amazon y compré un libro de él, que se llama “Intelligence: The Creative response to now”.

Encontré poco de valor real en ese libro, la forma en que escribe es además impresionantemente aburrida, lo rescatable fueron algunas citas de historias Zen. Pero dentro de toda la mierda exagerada, idealista y recetoide (o sea, con los ingredientes para ser feliz en la vida); encontré una premisa muy interesante. Cuando Osho habla de inteligencia, dice que nacemos inteligentes, pero que lo que nos rodea se esfuerza en hacernos “desinteligentes” (él habla de “unintelligence”).

Resulta que cuando nacemos, tenemos a nuestro alcance todo un mundo de conocimiento, que llega a nosotros de dos maneras: 1. Con un raciocinio propio, apoyado en lo que en Lógica se conoce como “sentido común” y, 2. Guiados por el conocimiento y desconocimiento de otros.

A mi me bautizaron (no es canción de Arjona) antes de cumplir un año, tomó la decisión una persona que ahora no puede sostener una discusión con un solo argumento sólido respecto a la importancia ya no digamos del sacramento, sino de toda la base doctrinal de su religión. Los argumentos éticos con los que crecí, lejos de tener un fundamento filosófico, se basaron completamente en supuestas mejores prácticas dictadas por una tradición lejana de ser un caso de éxito.

A los 6 años pensaba que los mayores merecían más respeto que yo, a los 8 yo ya era feliz de tener una primera comunión, a los 10 de rezar el rosario todos los días, y a los 12 pensaba que masturbarse era malo. Me llevó unos 4 años más comenzar a “deseducarme” para pretender regresar al camino de la “inteligencia”.

En el caso de las relaciones de pareja, nos encontramos con una serie de supuestos sociales que en un momento me pudieron parecer “naturales” y algunas ahora me causan náuseas.

A los 14 años pensaba que algún día me casaría (seguramente antes de los 24), con una mujer más o menos sumisa, que tendría un par de hijos, que todos dependerían económicamente de mi, que ambos seríamos fieles (en lo próspero y en lo adverso) y que sería una relación para toda la vida. Pensaba también que la autoridad radicaba en el hombre, aunque era manipulable mediante artimañas femeninas, que los celos eran algo completamente normal y hasta bueno (eran una demostración de amor), que había un elemento de propiedad (“cuando seas mía”), y que por supuesto estar en una relación de pareja implicaba sacrificios (ceder).

Un día estaba con una amiga que me contaba sus penas de amor en una relación totalmente disfuncional, él era casado, machista, celoso; y curiosamente era lo que ella buscaba, un estereotípico macho que la celara, pero el defecto era la esposa de él. Y le empecé a hablar de un amor independiente, honesto, limpio, le platiqué de lo fundamental que era la confianza en una relación y cómo eso era todo lo contrario a los celos. Lo más interesante para mi fue que no lo comprendió, es decir, entendió cada una de mis palabras, pero no comprendió el sentido completo, no supo de qué demonios le estaba hablando. Entonces entendí que ella era una mujer educada, desinteligente en el sentido de Osho.

Le conté a este pseudomentor y me “regañó”. “¿Cómo le dices a alguien como ella que existe esa clase de relación? Acabas de ser el causante de su infelicidad. Ella aspiraba a una relación fácil de obtener, abundan esa clase de hombres, ahora sí se la complicaste, ojalá que olvide tus palabras.”

Le expliqué que ella ni siquiera había entendido, me platicó que él lo entendió muy tarde, era casado y con dos hijos, con un relativo alto puesto en un trabajo que carcomía diariamente su energía, con el sueño idealista de emigrar a oriente a meditar en busca de la “inteligencia”.

Creo que para muchas personas se vuelve más importante el día a día, resolver los pequeños o grandes problemas que encaran rutinariamente. Por eso es mucho más sencillo dar por hecho una serie de premisas sociales con tonalidades de Ética, y así es como surge la Moral. Se convierten en principios más democráticos que ciertos, y el “qué dirán” gana un importante peso específico en la estandarizada vida de estas personas. El resto de la sociedad se convierte en un grupo de jueces que aplican una ley de extraños castigos psicológicos ante unos principios que no analizan ni comprenden.

Imagínate…

Imagínate que eres un señor de sesenta y cuatro años, has tenido una decena de hijos con al menos tres mujeres aunque sólo con una te casaste. Tu posición económica es bastante buena, de tal manera que desde los cuarenta años decidiste cerrar tu negocio y “vivir de tus rentas”. No fue fácil en un inicio, aunque tu padre era un terrateniente del centro de México, desde los ocho años te hizo trabajar arduamente, a los doce ya eras chofer y cargador; alguien te enseñó a leer y medio a escribir, sabes sumar, restar, multiplicar y dividir a duras penas. Un día decides casarte, con la esperanza de que tu padre te dará parte de sus tierras para mantener a tu familia. No es así, te dice “muy bien mijo, ahora si tiene qué trabajar para dos”. Pero vives en México, corre la Segunda Guerra Mundial y eres católico, no te han educado para tener convicción, siempre has recibido órdenes, términos como anticoncepción ni siquiera han cruzado tu mente u oídos. Tienes una esposa y una hija y estás sumido en la pobreza, pero tienes un ego del tamaño del mundo para compensar tu falta de autoestima. Así que contra viento y marea sales adelante, vives en un rancho muy cerca de una ciudad en pleno crecimiento, lo que te permite, trabajando dos turnos, conseguir una oportunidad de negocio. Te das cuenta que hay un producto que revolucionaría un nicho de mercado de la construcción, ahorraría costos de manera impresionante, y como a ti se te ocurrió, serías, de entrada, un monopolio. Mandas fabricar tu producto y tu proveedor te hace algo de pésima calidad. Te vuelves a ver sumido en la pobreza. Vuelves a tener el empuje de trabajar arduamente, ya son dos hijos y viene otro en camino. Haces una “piquita” de zapato. Afortunadamente, la ciudad donde pusiste tu pequeña fábrica está creciendo fundamentalmente por la industria del calzado, así que no te cuesta mucho trabajo vender, en pocos años tu “piquita” ya es una fábrica con decenas de empleados. Con el tiempo, compensando que no tuviste niñez ni adolescencia en términos psicológicos, empiezas a disfrutar de tu posición económica, que incluye por supuesto alcohol, mujeres, autos. La combinación de tus traumas y los de tu esposa te llevan a un divorcio más que necesario, urgente. Esta vida con otras mujeres aunado a tu falta de educación te lleva a tener hijos con otras personas. Aunque las mantienes no quieres casarte ya, primero porque es pecado(sic) y la verdad es que parece que sólo te quieren por tu dinero. Un día, sumido en la soledad (tus mujeres, tu exesposa y hasta tus hijos te desprecian); ves a una mujer que te atrae demasiado. Tu seguridad fincada en tu posición económica te hace acercarte a ella, quien no parece tener mucho interés en ti. Con el tiempo la conquistas; te dice que aunque no es casada, ni tiene pareja, tiene un hijo. Esto no te asusta, por el contrario piensas que ella también ha sufrido como tú, y estás definitivamente enamorado, a diferencia de las demás no ha mostrado mínimo interés en tu dinero. Aceptas a su hijo de seis años, lo tratas de maravilla porque sabes que es fundamental para que ella te acepte como pareja. La convences de casarse.

Tienes sesenta y cuatro años y tu vida vuelve a comenzar. Tienes de nuevo una familia. Pero este nuevo hijo que no es de tu sangre es una seria competencia de la atención de tu mujer. Te desespera sobremanera porque como siempre fue muy consentido por sus pseudo figuras paternas y quien lo educó fue una mujer todo el tiempo, te parece que no le han enseñado a ser un hombrecito. Para empezar es delicadísimo con la comida, si a él le hubiera tocado pasar las penurias que tú pasaste, lo que le dieran se comería. Es débil y gordo, pasa mucho tiempo leyendo historietas y viendo caricaturas. Afuera tiene 80 metros para correr, una cancha de básquetbol, raquetas de badmington y todo lo que el niño quiere es encerrarse en su fantasía. No, la vida no debe ser tan fácil para él. Le dices “desde mañana, antes de ir a la escuela vas a salir a correr”. Por obligación, el niño lo hace. Adelgaza y se fortalece, antes le ganabas en todo, ahora te gana y eso afecta tu ego, decides dejar de jugar con él. El niño saca excelentes calificaciones todo el tiempo, a veces muestra claramente que tiene más educación que tú, con el 10% de tu edad. Las discusiones que se hacen cada vez se van acallando más con un “¡así es, porque lo digo yo!”, no puedes ceder tu autoridad. El niño sigue siendo tímido, es demasiado “tierno” con su nuevo hermanito y a pesar de que ya hace ejercicio sigue ocupando mucho tiempo en lectura y televisión. Lo que le hace falta es sufrir.

El niño ya tiene quince, ya no es un niño, ha entrado a bachillerato, quiere entrar a la selección de atletismo, pero debe aprender de la vida, que además de estudiar trabaje. Si, fue una buena decisión, en la mañana trabaja, en la tarde va a clases y en la noche hace tareas, ya no es una molestia, y hace meses que no te pide un centavo.

Quiere salir con sus amigos, quiere disfrutar las ventajas de tener ingresos. Esas ventajas te costaron a ti 30 años, él tiene 15. No, seguramente se tiraría a vicios como tú lo hiciste. Cada vez hace más conflicto porque no le permites salir, a veces hasta llora, ¿qué clase de hombrecito es éste?, ¿a qué clase de lugares querrá ir hasta la una de la mañana?

Un día te llaman de su escuela. Reprobó, de manera inaudita, tres materias. Vas y hablas con la coordinadora de su generación, que te dice “mire, el muchacho es muy inteligente, pero desde que tiene novia…”. Decides no escuchar todo lo demás. “¡Tiene novia!”, “¡Entonces no es homosexual!”. En la noche, cuando llegue, que lo regañe tu esposa, tu estás satisfecho, formaste a un hombrecito después de todo.

Todas las discusiones posteriores han sido mucho más intensas, porque ahora ya sientes que discutes con un hombre. Ahora ya lo dejas salir, pero sólo si es con su novia y una vez por semana. Un día decide dejar de pedirte permiso, hacer caso omiso a tus órdenes, le dices que si vuelve a desobedecerte dejarás de pagarle la escuela. No parece importarle, finalmente estás perdiendo tu autoridad, ahora sí es una competencia de macho dominante. La mayoría sabe como termina la historia, poco tiempo después me fui de la casa.

La cuestión es, y hace un par de meses me cayó el veinte, que mi padrastro creía que yo era homosexual, háganme el ídem favor.

El príncipe azul y la princesa rosa.

Acabo de recibir un correo de una amiga. La verdad me hizo reir, se los comparto:
“El cuento más corto y más bonito que has leído en tu vida: Había una vez una muchacha que le preguntó a un chico si se queria casar con ella, el chico dijo ‘no’… Y la muchacha vivió feliz para siempre, sin lavar, cocinar, planchar para nadie, saliendo con sus amigas, tirándose al que le daba la gana, gastando su dinero en si misma y sin trabajar para ninguno. FIN”. “El problema es que de chiquitas, no nos contaban estos cuentos ¡Y NOS JODIERON CON EL PRÍNCIPE AZUL!”
Lo que me hizo reir no fue la lista de “ventajas” de las mujeres cuando no se casan sino la parte final, el concepto de príncipe azul que es una historia rosa. Ese rosa pálido que supuestamente representa feminidad pero que yo siempre leo entre líneas superficialidad, debilidad, dependencia. Este nivel de feminidad, desde mi punto de vista, promueve a un antagonista bizarro: el machismo. Un chico y una chica se conocen en un bar, intercambian miradas y sonrisas, hay atracción física. ¿Quién se debe acercar? el primer paradigma que nos encontramos es que el hombre debe dar el primer paso. Se acerca y tratan de conversar, para eliminar el nivel de riesgo de ideas diferentes, la plática se queda en la superficie. Así sin conocer ninguna idea deciden hacerse pareja y es entonces que empiezan a conocerse. Algunas necesidades son cubiertas por la relación pero como no conocieron sus ideas profundas tal vez estén en desacuerdo con muchas cosas. El proceso de “conquista” que ocurrió antes de ser novios y camino al matrimonio implica que ambas personas van a hacer una serie de cosas para agradar y convencer. El ser congruentes con estas cosas es secundario, el objetivo es uno: conquistar. Y entonces cuando aparecen los desacuerdos piensan “yo puedo cambiar eso” o “yo puedo hacer que cambie eso”.

Hasta ahora tenemos dos factores, atracción física y convivencia; el resto son ideas que construyeron ellas a partir de un príncipe azul caballeroso, atento, etc., y lo que él piensa es que ya casada no habrá vuelta de hoja, lo verdadero saldrá a relucir y ya lo irán superando juntos. La atracción física se pudo resolver con simplemente tener sexo, la convivencia en este caso no es más que la costumbre de cubrir algunas necesidades con otra persona, que se resuelve con una amistad. Nada de esto es amor ni conexión profunda ni nada de eso… eventualmente decidirán casarse y tal vez hasta tener hijos.

En todo este contexto la parte machista es utilizar factores de conquista y caballerosidad que te hagan compatible con un paradigma de “príncipe azul” que le sembraron a la chica desde niña. La conquista no tendría por qué ser un proceso, si dos personas son compatibles lo son y ya, sin mayor esfuerzo ni hipocresía. La caballerosidad lejos de ser simple amabilidad tiene un contexto de sobreprotección a las mujeres con la única finalidad de agradarles. Ojo chicas, lo que necesitan es honestidad, congruencia y madurez más que flores, serenatas y que les abran la puerta.