Archive for the ‘Principios’ Category

Antes de Spinoza y Bergson.

Últimamente me he relacionado con dos grupos de personas que, para “bien” o para “mal”, están influyendo en que cuestione mis principios positivistas, de lógica simbólica, euclidianos y, como entendí ayer, mecanicistas. Con lo que me conozco, sé que no me va a salir barato. Cuando entienda mejor lo que ronda por mi mente haré un post al respecto, por lo pronto, sólo estableceré que concibo una frontera antropocéntrica que nos da reflejos de una realidad subjetiva como especie (o metasubjetiva pues), que puede alcanzarse a través de dos vías. Una que en los últimos siglos hemos considerado de menor riesgo, llamada ciencia; y otra que, a los más positivistas tiende a parecernos de alto riesgo, llamada misticismo.

Antes de tomar consciencia de que esta dualidad nos llevaba a lo mismo, un ejercicio de un proyecto editorial en el que estoy participando me llevó a retratar mi interpretación de la situación actual y a describir mis motivaciones en la vida. Como algo dentro de mí parece advertir que está a punto de cambiar, creo que es importante dar cuenta del saldo al corte.

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Vivo en un dilema, si debo hacer lo necesario para ser feliz, independientemente del mundo; o si debo hacer todo lo que pueda por tratar de mejorar las condiciones del mundo. No lo he resuelto, así que mientras tanto me dedico a combinarlo. Trato de hacer cosas que disfrute pero con un sentido de tratar de mejorar la situación.

Pero no por eso soy un optimista, de hecho, no creo que consiga nada, sin embargo, queda una posibilidad ínfima de que sí. Y las consecuencias me parecen tan graves, que no me queda más remedio que intentarlo. Sinceramente creo que la humanidad se va a acabar en este siglo. Aunque no puedo negar que probablemente sea mejor que así ocurra, me cuesta mucho trabajo digerir lo que yo llamo “el valor perdido”.

Por un lado, desde la injusticia social, no sólo me molesta todo el sufrimiento innecesario que vive la gran mayoría de las personas (sin ignorar el dolor absurdo que causamos a otras especies); sino que es particularmente frustrante observar la brecha o la diferencia entre lo bien que podrían(podríamos) estar y cómo están(estamos). Sin embargo, admito que enmedio de todo este sufrimiento absurdo de tantos han existido los Borges, los Cortázar, los Buñuel, los Lynch. Eso me lleva al segundo punto, el cambio climático como disparador de la extinción de la especie, me molesta el “valor perdido” pues dentro de lo poco que sabemos, la evolución no ha registrado con otras especies la capacidad creativa que permita la existencia de un Borges. Me pregunto si el mensaje que le queremos dar a la vida es que lo más equivocado que puede hacer es permitir la evolución de los cerebros, pues sólo nos hace más aptos para ser una plaga autodestructiva.

Nomás por esa incomodidad que me produce el valor perdido no me vale madre. Lo gacho es que como me parece tan difícil cambiar las cosas, admito que lo que me queda se parece mucho a la esperanza. Y la defino como la creencia de que algo ocurrirá sólo porque así se desea. Y me parece una tortura mental terrible, pensar que lo que hago es por esperanza, me genera una náusea, en el sentido de Sartre. Y esa sería mi primera propuesta de nombre para la revista: la náusea.

Pero eso me lleva a que el admitir, más allá de mis mecanismos de defensa, que se siente nauseabundo, el hacerlo consciente es una especie de desahogo terapéutico. Y ese desahogo se parece un montón a los “dos minutos de odio” orwellianos en 1984, pues si bien no todos podríamos asegurar que vivimos en una distopía, si armamos una escalita de grises de la utopía a la distopía, apostaría a que todos (nosotros) concordaríamos en que estamos bastante más cerca de la segunda. “Distopía” es el segundo nombre que propondría. “Dos minutos de odio” no suena chido como nombre, no es suficientemente simple para mi gusto, así que moviéndome hacia otras distopías, el equivalente conceptual sería el “soma” del mundo feliz o el “prozium” (prozac + valium) de Equilibrium.

Entonces, aunque no era la finalidad de la tarea, aprovecho para proponer nombres, pues veo en la revista el desahogo terapéutico que supone la admisión de “la náusea”; el evidenciar los elementos distópicos o que nos llevan de la mano, derechito y sin escalas, a la “distopía”; y que sirva de distractor como un “soma” o un “prozium”, en parte burlándonos de nosotros mismos. Preferiría un hilo conductor que signifique todas esas cosas, pero no se me ocurre.

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El relativismo y su relación con la inacción

Acabo de estar en un par de eventos que disfruté mucho, uno fue un coloquio de complejidad y filosofía, y otro un cine debate al que voy cada jueves, y que esta vez trató del impacto ético y ecológico del consumo de carne. El denominador común, desde doctores hasta estudiantes de licenciatura en Filosofía fue un, probablemente inconsciente, relativismo.

Así como a lo largo del coloquio nos fue imposible encontrar la frontera, o el tipping point, de lo simple a lo complejo, no por escasez de esfuerzo, me parece que la comunidad filosófica de la que ahora soy parte en Guanajuato ha perdido completamente la línea entre la apertura y el relativismo.

Pero primero voy a diferenciar los conceptos de objetivismo de relativismo para tratar de ser muy claro. El objetivismo supone que es posible encontrar lo verdadero independientemente de la opinión de las personas, en ese sentido, lo que pretende el método científico, es hacer de la ciencia algo objetivo. El relativismo supone o que el que la verdad sea inalcanzable hace igualmente válida la opinión de cualquier persona o que no existe tal cosa como la verdad o un mejor camino, por lo que cada individuo (o cultura) debe vivir acorde a su propia “verdad”.

No es la intención de este artículo abrir la discusión en ese punto sin antes explicar las implicaciones morales de ambas posturas. El objetivismo moral, entonces, asume que hay actos buenos y malos independientemente de la opinión del agente, mientras que el relativismo moral, que se divide en dos tipos, señala que lo que está bien o mal lo define cada individuo (relativismo moral individual) o cada cultura (relativismo moral cultural).

Para ejemplificarlo, utilizaré un extracto del debate en el que participé el jueves pasado. Se nos presentó una película que criticaba el consumo de los alimentos de origen animal. Cuando termina la película, la primer ronda de opiniones, va más o menos por la siguiente línea:
“es terrible lo que la industria ha provocado, antes en las granjas, la gente no era tan cruel con los animales cuando los mataba y vivían de manera sostenible con la naturaleza”
“no podemos dejar fuera las razones culturales por las que comemos carne, desde ir a los tacos hasta hacer una reunión con carne asada”
“el contexto consumista y la necesidad de reducir costos daña la integridad (sic) de los animales y hace un enorme daño ecológico”
“considero que si bien el consumo de carne es un problema, dejar de hacerlo nos llevaría a otros problemas, como los transgénicos”
“creo que el vegetarianismo ya se volvió una postura postmodernista, con esta ola new age, y ahora las empresas se aprovechan de eso para hacer más dinero”
“es más caro vivir como vegetariano, ¿qué pasa con la gente que no tiene los recursos?”
“tú puedes ser vegano ahora, pero, ¿y todo el tiempo que fuiste carnívoro?, ¿tus zapatos son de cuero?”
“ser omnívoro es una decisión personal que refleja mi relación individual con el entorno, así como todo lo demás que hago”

Intervine, genuinamente avergonzado, explicando primero que no encontraba una mayor incongruencia en mi vida que el no ser capaz todavía de volverme vegano. Expliqué que había dos hechos innegables: primero, que consumir carne era inmoral debido a que cada que lo hacíamos intercambiábamos el dolor de un ser por el placer propio; segundo, que los estudios más recientes responsabilizan a la industria de la ganadería como la segunda causa del calentamiento global. Y sí, lo dije, que esos dos puntos no son discutibles y  eliminaban el subjetivismo excesivo en el que estaba cayendo el debate.
Las reacciones fueron variadas, la que menos me preocupó fue aquella que me llamó exagerado, porque no llevó de la mano ninguna argumentación. La que más me preocupó fue de una persona que en el escaso tiempo que llevo de conocerla se ha ganado mi respeto no sólo por su inteligencia sino por su sensatez. Su discurso decía más o menos lo siguiente: “No podemos ser tan tajantes ni dogmáticos, es conocido en filosofía que la lógica propositiva no es la forma adecuada de llegar a conclusiones porque no garantiza la verdad de las premisas, no podemos ser tan matemáticos descalificando todas las opiniones, y por supuesto que todo es discutible”.

Mi respuesta fue: “De acuerdo, todo es discutible, hoy se sigue discutiendo si el calentemiento global es causado por los humanos, es discutible si algunas mujeres de medio oriente deben ser lapidadas por haber visitado al ginecólogo, pero lo que debemos entender, es que vivir eternamente en la discusión sin tomar una postura firme nos lleva a la inacción colectiva, si no somos capaces de ponernos de acuerdo entre qué es lo correcto y lo incorrecto, no de manera dogmática sino como verdad temporal hasta que es desbancada por una nueva verdad, será imposible generar los programas, los proyectos, las políticas públicas para cambiar las cosas, si algo compartimos todos los que asistimos a este cinedebate es la percepción de que las cosas no están bien, que se requiere un cambio”.

Ante esto, no hubo una respuesta relevante. Es decir, se habló de las maneras, del respeto, de la tolerancia. Pero en mi opinión, hay una enorme diferencia entre eso y el relativismo individual en el que estamos cayendo.

No quiero ser malinterpretado como que hoy el quehacer filosófico es sumamente relevante en la realidad humana. Tristemente no lo creo, pero mi razón de vida para estar acá es tratar de cambiarlo. Y es que lo que sí creo, es que el lugar conceptual que ocupa la filosofía en la estructura del conocimiento humano, la responsabiliza de encontrar cada vez mejores maneras de entender la realidad. Y de ninguna manera quiero decir que no sea una responsabilidad también de, por ejemplo, la física, pero es a la filosofía y a sus ramas a quienes les ha tocado históricamente hacer esta labor transdisciplinaria de darle a cada una de las áreas la orientación respecto a qué metalíneas (si se me permite la expresión) de investigación son no sólo interesantes, sino las más relevantes. Yo no tengo duda que estamos en una crisis, y en mi opinión es la más grande a la que se ha enfrentado la especie humana, lo cual hace urgente que la filosofía retome e instrumente esa responsabilidad.

Mi preocupación del relativismo durante el debate no fue tanta, hasta que ví durante el coloquio que el mismo patrón había alcanzado también a mucha gente con doctorado, de distintas partes del país. No es la importancia individualista que yo le dé a un título académico, sino la influencia muy diferente que el sistema permite a estas personas en comparación con la que permite a los estudiantes de una licenciatura. Salvo escasas excepciones, el conocimiento y la brillantez mostrada durante el coloquio son dignos de resaltar, pero el ser tan ceremoniosos, el despliegue de egos y la indudable necesidad de networking con la finalidad de obtener presupuestos para sus distintos proyectos, son en mi opinión las principales causas de que en ninguna de las mesas en las que estuve presente haya sido posible cerrar los diferentes huecos que se abrieron llegando a conclusiones que hayan estado “listas” para de ahí generar planes tácticos. Y conste que no creo que esto se deba a lo abstracto del tema, porque ya en las mesas se habló de innovación, del método científico, de la tecnología, del papel actual de la epistemología, de los sistemas complejos, de la simulación, en fin, de temas que realmente pudieron ser aterrizados en agendas de trabajo. Cuando un doctor preguntó por la utilidad de la lógica difusa para el análisis de sistemas complejos, como los sociales, la respuesta fue negativa y… difusa; cuando pregunté por la posible efectividad del diseño de mecanismos, el conferencista “magistral” no estaba familiarizado con el tema, pero al menos le pareció interesante y dijo que leerá al respecto. Que conste que no estoy criticando el desconocimiento del conferencista, ya quisiera saber lo que sabe, es un doctor en física y fue muy enriquecedor que el coloquio fuera interdisciplinario, lo que digo es que las personas preocupadas por estos temas no parecen estar en contacto con teorías que tengan finalidades prácticas en la modificación de la realidad tangible. Sólo un plan táctico fue mencionado… a ver si les parece tan gracioso como a mí: una agenda de trabajo para la definición de temas que permitan crear una filosofía formal de la complejidad. Mastubación mental diría mi exjefe. A esa propuesta le siguió subirla a la red de CONACYT para acceder a recursos necesarios, “por si es necesario discutir algunos puntos en persona, ya saben, nosotros estamos en el DF”, creo que les gustó Guanajuato, más aún en Cervantino.

En resumen, eso provoca el relativismo, la inacción, o como en este caso, inacciones disfrazadas de acciones. Eternos debates. Y es que tomar una postura significa tomar riesgos y enfrentarnos a nuestra congruencia, pensar que todo es posible es mucho más cómodo y, en mi opinión, tiene un papel protagónico en la situación que enfrenta la humanidad.

Comunicación para la sinergia.

Hace algunos meses yo era más cuadrado y pensaba que en una relación de pareja había dos líneas, la del amor y la de la funcionalidad, y que esencialmente eran independientes, aunque una podía ser un camino para llegar a la otra. Siempre pensé que lo más importante en una relación de pareja era la confianza, aún más que el amor mismo.

También veía más fronteras en los conceptos, por lo que le otorgaba un papel especial a la relación de pareja respecto a otras relaciones interpersonales.

Después de pensarlo mucho, finalmente comienzo a ver las conexiones, el blanco y el negro se funden y crean una inmensa variedad de grises.

Primero pienso que todos contamos con una capacidad de amar, que sólo es limitada por lo que nos amemos a nosotros mismos; de igual manera todos tenemos una capacidad de confiar, que sólo es limitada por cuánto confiemos en nosotros mismos. Ambas limitantes de autoestima y de autoconfianza no son cuantitativas, sino cualitativas. Esto significa, por ejemplo, que aunque nuestra autoestima esté por los suelos, podemos amar perdidamente a alguien más, pero la calidad de ese amor estará profundamente afectada por nuestra baja autoestima, por lo que podría convertirse en obsesión.

También ocurre, por ejemplo, que una enorme desconfianza propia hace que volquemos toda la confianza en alguien más, y ahí el problema de calidad se podría reflejar en dependencia. Debido a esto, es muy común que dos personas inseguras se descubran pronto en una relación codependiente.

Esto con muchas posibilidades de combinación y una gran cantidad de grises. Por ejemplo he visto casos donde se genera una dependencia hacia la obsesión y del otro lado una dependencia al rechazo. Por supuesto cuando uno está dentro de tales situaciones, es difícil percatarse.

Segundo, el amor y la confianza son transversales, es decir, amamos a todos más o menos y confiamos en todos más o menos, no hay fronteras de amor de madre, amor de pareja, etcétera, lo que pasa es que tanto el amor como la confianza son tan complejos que pueden tener una enorme cantidad de énfasis diferentes. Puedes confiar muchísimo en alguien pero, por ejemplo, con un énfasis en lo profesional. Concluyendo eso me pregunté cuál era entonces el énfasis en el “amor de pareja”. Lo primero que pensé es que estaba partiendo de un concepto social acotado además a mi contexto (occidental, católico). Esto significa que cuando decimos “amor de pareja” damos por hecho que es una, lo cual interpreto como un paradigma. ¿Quién se atrevería a asegurar hoy que es imposible que una persona ame al mismo tiempo a más de una persona? (como pareja, aunque aquí ya suene obsoleto el término). Así que, eliminando ese paradigma, es posible amar a cualquier cantidad de personas, y el que socialmente se aparente que el énfasis es la atracción, o peor aún, el compromiso, no significa mucho, porque vuelve a ser posible sentirse atraídos por muchas personas y sería posible comprometerse con varias personas (si la ley cambiara o en una cultura diferente).

Tercero, finalmente concluyo que todos como individuos somos limitados por defecto (por default), y que el relacionarnos es la manera más común de irnos volviendo “ilimitados”. También concluyo que el amor y la confianza son ingredientes esenciales para relacionarnos, ¿por qué?, porque para realmente comunicarnos se necesita de ambas cosas.

Hace más de un año un amigo me platicó de una especie de curso de comunicación que dieron en su empresa, ahí les pidieron hacer un pequeño ejercicio que aprovechando el medio los invito a hacer: piensen en el último tema importante que haya tenido efecto en sus vidas y que hayan tratado (discutido) con cualquier persona y que no haya sido posible llegar a un acuerdo; traten de ubicar qué provocó esto; el resultado, invariablemente estará relacionado con violencia o con silencio. Gritar y ser sarcástico son ejemplos comunes de violencia. Ceder e ignorar son ejemplos comunes de silencio. Es importante enfatizar que ceder dista mucho de ser un común acuerdo, coloquialmente equivaldría a decir algo como: “entre los dos acordamos que yo me chingo”.

Tanto la baja autoestima como la inseguridad tienen sus propios reflejos de violencia y de silencio. Un antónimo adecuado en este contexto para violencia es el amor, y uno adecuado para el silencio es la confianza. Por eso, si somos capaces de sentir por alguien suficiente amor y confianza para abrir nuestra boca (hablando), nuestros oídos (escuchando), nuestros ojos (interpretando el lenguaje corporal) y nuestra mente (tratando de ser empáticos), entonces seremos capaces de comunicarnos, y al comunicarnos seremos capaces de crear sinergia, y al crear sinergia seremos… menos incapaces.

Comunicación para la sinergia.

Hace algunos meses yo era más cuadrado y pensaba que en una relación de pareja había dos líneas, la del amor y la de la funcionalidad, y que esencialmente eran independientes, aunque una podía ser un camino para llegar a la otra. Siempre pensé que lo más importante en una relación de pareja era la confianza, aún más que el amor mismo.

También veía más fronteras en los conceptos, por lo que le otorgaba un papel especial a la relación de pareja respecto a otras relaciones.

Después de pensarlo mucho, finalmente comienzo a ver las conexiones, el blanco y el negro se funden y crean una inmensa variedad de grises.

Primero pienso que todos contamos con una capacidad de amar, que sólo es limitada por lo que nos amemos a nosotros mismos; de igual manera todos tenemos una capacidad de confiar, que sólo es limitada por cuánto confiemos en nosotros mismos. Ambas limitantes de autoestima y de autoconfianza no son cuantitativas, sino cualitativas. Esto significa, por ejemplo, que aunque nuestra autoestima esté por los suelos, podemos amar perdidamente a alguien más, pero la calidad de ese amor estará profundamente afectada por nuestra baja autoestima, por lo que podría volverse obsesión.

También ocurre, por ejemplo, que una enorme desconfianza propia hace que volquemos toda la confianza en alguien más, y ahí el problema de calidad se refleja en la dependencia. Debido a esto, es muy común que dos personas inseguras se descubran pronto en una relación codependiente.

Esto con muchas posibilidades de combinación y una gran cantidad de grises. Por ejemplo he visto casos donde se genera una dependencia hacia la obsesión y del otro lado una dependencia al rechazo. Por supuesto cuando uno está dentro de tales situaciones, es difícil percatarse.

Segundo, el amor y la confianza son transversales, es decir, amamos a todos más o menos y confiamos en todos más o menos, no hay fronteras de amor de madre, amor de pareja, etcétera, lo que pasa es que tanto el amor como la confianza son tan complejos que pueden tener una enorme cantidad de énfasis diferentes. Puedes confiar muchísimo en alguien pero, por ejemplo, con un énfasis en lo profesional. Concluyendo eso me pregunté cuál era entonces el énfasis en el “amor de pareja”. Lo primero que pensé es que estaba partiendo de un concepto social acotado además a mi contexto. Esto significa que cuando decimos “amor de pareja” damos por hecho que es una, lo cual interpreto como un paradigma. ¿Quién se atrevería a decir hoy que es imposible que una persona ame al mismo tiempo a más de una persona? (como pareja, aunque aquí ya suene obsoleto el término). Así que, eliminando ese paradigma, es posible amar a cualquier cantidad de personas, y el que socialmente se aparente que el énfasis es la atracción, o peor aún, el compromiso, no significa mucho, porque vuelve a ser posible sentirse atraídos por muchas personas y sería posible comprometerse con varias personas (si la ley cambiara o en una cultura diferente).

Tercero, finalmente concluyo que todos como individuos somos limitados por defecto (por default), y que el relacionarnos es la manera más común de irnos volviendo “ilimitados”. También concluyo que el amor y la confianza son ingredientes esenciales para relacionarnos, ¿por qué?, porque para realmente comunicarnos se necesita de ambas cosas.

Hace más de un año un amigo me platicó de una especie de curso de comunicación que dieron en su empresa, ahí les pidieron hacer un pequeño ejercicio que aprovechando el medio los invito a hacer: piensen en el último tema importante que haya tenido efecto en sus vidas y que hayan tratado (discutido) con cualquier persona y que no haya sido posible llegar a un acuerdo; traten de ubicar qué provocó esto; el resultado, invariablemente estará relacionado con violencia o con silencio. Gritar y ser sarcástico son ejemplos comunes de violencia. Ceder e ignorar son ejemplos comunes de silencio. Es importante enfatizar que ceder dista mucho de ser un común acuerdo, coloquialmente equivaldría a decir algo como: “entre los dos acordamos que yo me chingo”.

Tanto la baja autoestima como la inseguridad tienen sus propios reflejos de violencia y de silencio. Por eso, si somos capaces de sentir por alguien el suficiente amor y confianza para abrir nuestra boca, nuestros oídos, nuestros ojos y nuestra mente (tratando de ser empáticos), entonces seremos capaces de comunicarnos, y al comunicarnos seremos capaces de crear sinergia, y al crear sinergia seremos… menos incapaces.

Diálogos: parte 2.

Pasa una especie de cortina plástica con motivos florales y el rosa más feo que he visto en mi vida, a través de la cual me asomo para percatarme de que está hundiendo un vaso de plástico duro en una de esas cubetas de pintura, pero que contiene agua… o lo que parece agua; se percata de mi presencia y dice, “es lo más fuerte que tengo”, yo le digo que no hay problema y extiendo mi mano para recibir el vaso, él no atiende a ese detalle y saca un pequeño recipiente, veo cómo vierte algunas gotas de algo en mi vaso y pretende revolver el contenido con un pequeño movimiento de su mano. Finalmente me lo extiende, yo dudo por un instante, pero no es tiempo suficiente para plantear una pregunta que no pueda ser interpretada como desconfianza.

–          No se preocupe, tiene un efecto similar al alcohol,  sólo es más placentero y menos agresivo con el organismo, es probable que al igual que el alcohol agilice nuestra comunicación.

–          Gracias, ya he probado ciertas sustancias… ilegales, y definitivamente he tenido peores experiencias con las legales.

–          Sabe, todo este asunto legal me parece una de las más grandes presunciones de la humanidad, la vida de la gente es regulada y hasta juzgada por personas que ni siquiera entienden de Ética, uno quisiera ver argumentos filosóficos tanto en los palacios legislativos como en los tribunales. Muchos podrían pensar que el núcleo de las religiones es la divinidad, en todas sus formas, sin embargo, el núcleo de las religiones es la Ética.

–          Veo que usted concibe particularmente una religión sin dios.

–          La palabra dios como todas las palabras, son a la vez un concepto y una subjetividad. Cuando la gente es parte de una religión y la conoce bien, apega su entendimiento de la divinidad al cómo es definida por dicha religión. También debo decir que a lo largo de mi vida he conocido a mucha gente que se declara de tal o cual religión, pero su concepción de la divinidad es completamente diferente a la establecida por dicha religión. Esto es normal, históricamente se ha utilizado el sincretismo para obtener una mayor cantidad de seguidores.

–          Y qué mayor sincretismo que la subjetividad que usted promueve…

–          Veo que ha hecho efecto rápidamente su bebida. Efectivamente, a un nivel abstracto podría ser considerado el sincretismo supremo, sin embargo eso no ayudaría con el problema de la injusticia social…

–          De alguna manera sí, primero obtiene seguidores, luego promueve sus políticas públicas.

–          La historia ha demostrado que ese camino no funciona. Pasa tanto tiempo que cuando ya hay suficientes evangelizados ya murieron los evangelizadores…

–          Pero no depende de ellos el mensaje…

–          Por un lado sin ellos no hubiera sido posible transmitirlo, imagínese en el siglo dieciséis convenciendo a un nativo que habla otro idioma de raíces completamente desconocidas, que su forma de vida no es la más adecuada, eso no ocurre con palabras, sino con obras, aquellos evangelizadores tuvieron qué evidenciar que vivir de manera diferente era mejor…

–          Pero de manera tramposa…

–          Por supuesto usaron “espejitos”, pero aquellos nativos no eran tontos, también tenían qué ver un beneficio personal o comunitario al adoptar nuevas prácticas religiosas…

–          Tomaron sus prácticas y las adaptaron, para después destruir sus tradiciones…

–          ¿Ahora lo ve? La Ética es el núcleo de las religiones, estos manipuladores profesionales pensaban en un bien mayor, y así es en la vida diaria, todos hemos hecho actos cuestionables pensando en un bien mayor, evidentemente subjetivo.

–          ¿Y cómo saber si estamos equivocados?

–          Fácil, asumamos siempre que estamos equivocados, es lo más probable, pero aún así persigamos humildemente el conjunto de principios que para nosotros hace sentido.

–          “Hagamos lo que creemos incorrecto…”

–          Es mucho más complicado que eso. Hoy jugamos con dualidades éticas, el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, lo luminoso y lo sombrío. En la realidad, dependiendo de la sociedad que juzgue, puede haber personajes que se vuelvan íconos de la bondad o de la maldad, Gandhi y Hitler por ejemplo, pero, ¿es posible aseverar que todo lo que decía el primero era correcto y el segundo incorrecto?, sin embargo, al considerarlos símbolos, es posible que mis principios sean más influidos por el primero que por el segundo, luego al ser parte de un paradigma, es posible que la mayoría se vea más influida por el primero que por el segundo. Pero el mayor reto no es encontrar los principios que nos satisfagan más que otros, sino seguirlos, ser congruentes.

–          ¿No es exactamente lo que ocurre hoy en día?, las mayorías prefieren ser como Gandhi que como Hitler…

–          No, hoy no identificamos nuestros propios principios, hoy seguimos los que nos enseña el contexto social, religioso, incluso legal. No se trata de tomar a cada símbolo como ejemplo, se trata de entender que nadie mejor que nosotros mismos para tener voz y voto respecto a qué nos hace más sentido en términos éticos. Los símbolos son inspiraciones pero, ¿cuántos seguidores de Gandhi se han convertido en Gandhi?

–          Ninguno. Pero quiero terminar de entender algo, por un lado, la verdad se vuelve un asunto democrático en la medida que existe un paradigma, por otro lado usted invita a que no sigamos los paradigmas sino que ubiquemos principios individuales.

–          ¿Lo ve? La comunicación se aceleró de manera importante. Acaba de tocar el punto medular. El gran paradigma que promuevo es el cuestionamiento de los paradigmas, la aceptación autocompasiva, en un contexto budista, de la inmensa probabilidad de que estemos equivocados, pero el apego congruente a lo que nos hace sentido personalmente.

–          Seguro ya le han preguntado antes… ¿qué pasa cuando el principio le dice a alguien que matar es correcto?

–          Ya me lo han preguntado antes pero nadie se ha atrevido a publicarlo. Yo hoy no me siento capaz de juzgar un acto sin un contexto, la teoría legal se ha encargado por un lado de darle una serie de connotaciones al asesinato y las sociedades también han tenido un punto de vista mucho más flexible de lo que se pudiera creer. Una inocente ama de casa durante la Segunda Guerra Mundial pudo el mismo día sentir felicidad por enterarse del encarcelamiento del tipo que asesinó al tendero y recibir como héroe a su esposo que siendo piloto de un bombardero mató a miles de personas. Y desde una perspectiva sociológica, si exclusivamente la gente que creyera correcto matar matara, seguramente se perderían menos vidas todos los días, y aún así, si lo apegáramos estrictamente a la religión o paradigma que promuevo, al menos cada uno de esos asesinos sabría que lo más probable es que esté equivocado y tendría la apertura de escuchar argumentos que podrían hacer que cambie de opinión.

–          ¿No se vuelve utópica su propuesta?

–          Cuando pensamos en utopías, tendemos a imaginar el mundo que queda como resultado de la propuesta utópica, de hecho la palabra Utopía comienza significando un lugar, una isla, una especie de paraíso. Estoy convencido que un mundo que siguiera este paradigma sería un mundo mejor, pero no visualizo ese mundo, ahora mismo lo que veo de valor es el camino hacia lo inalcanzable, el comenzar a entender cuáles son nuestros principios, el empezar a ser congruentes, entender que lo más probable es que estemos equivocados y mantener nuestras mentes abiertas a ideas diferentes, ir superando nuestras propias fronteras, irnos volviendo ilimitados en la medida que nos comunicamos con otros seres.

–          ¿Humanos?

–          Sería limitante decir eso para aquél capaz de comunicarse con cualquier otro ente.

–          Entiendo. También entiendo que si bajo cierto contexto matar puede ser un acto congruente basado en un principio, en la religión que propone no se plantea un premio o castigo.

–          Efectivamente, pensar que todo lo que se hace en esta vida se paga es la manera simplista de entender un fenómeno completamente diferente; que todos encuentran sus razones y sinrazones para hacer las cosas. Siempre será aventurado calificar algo de malo cuando no se tiene todo el contexto, y siempre será imposible tenerlo por completo.

–          ¿Tiene más de su… agua?

Hoy…

Hoy es un día excepcional, no magnífico, sólo diferente. Hoy el lenguaje poético toma completo sentido en mi consciente. Los silogismos se vuelven meros juegos de palabras, mis principios se vuelven secundarios y lo ornamental se transforma en un metalenguaje.

Hoy me doy cuenta que llevo más de una década siendo insignificante porque no he cargado con mi significado, y no me refiero a una definición, porque hoy no soy un concepto, quizás lo sea para los dioses o los multiversos pero hoy no para los sociólogos, los filósofos ni los políticos, es muy posible que mañana lo sea, pero hoy no.

Porque hoy poseo la verdad y es esperanzadora, y es por lo mismo patética, hoy tengo a la verdad de la misma manera que tengo a mi televisión, en un mundo que va cínicamente en sentido contrario, mi televisión me posee tanto como mi verdad.

Y es que hoy lo inexplicable es preciso y lo abstracto es claro, como el ruido es relajante y el murmullo intolerable.

Hoy mis respuestas son sensaciones y no explicaciones, son recuerdos vividos no conceptos leídos, hoy no concibo lo abstracto, hoy soy una secreción de lo abstracto en sí mismo.

Hoy vivo más en el pasado que en un presente escurridizo y escencialmente inexistente, hoy es más real el recuerdo inventado y el sueño provocado y el trance alucinado que el latir de mis entrañas ante mi paso acelerado por el parque.

Hoy sé lo que digo y presiento que mañana no sabré a qué demonios me refería. Me quedo con eso, no voy a dejarme pistas, hoy no voy a justificarme, hoy me permitiré escupirlo.

Hoy me quitaré por un momento la armadura y la colgaré lo más lejos que pueda, con la ilusión de mañana olvidar ponerla en su lugar, de mañana sentirme ligero y fluir. Que de una vez por todas me deje de pelear conmigo mismo.

Hoy estoy en trance y el arte es mi lenguaje nativo, hoy entiendo por qué Lynch prefiere no explicar su obra, visualizo claramente que Jodorowsky es coloquial, que Baudelaire es mi más precisa definición de poesía y que Borges es el humano más brillante que ha pasado por mi juicio. Hoy cualquier pensador, científico o tecnócrata me parece sutilmente inexistente si en su vida fue incapaz de rozar el arte.

Hoy “sutilmente inexistente” es la más grande ofensa que puedo concebir. Pero hoy la ofensa no pretende ofender sino inspirar.

Hoy entiendo finalmente que la inspiración no construye al artista, que las musas son mitológicas, que lo requerido es dominar ese metalenguaje y luego ser capaz de traducirlo a algún idioma con la técnica que más le acomode al intérprete para que apenas con un ápice de entendimiento los espectadores insignificantes pongamos una pieza más en nuestro rompecabezas.

Hoy parece que la imagen de mi rompecabezas es un sinsentido inherente a la vida porque sólo entiendo más en la medida que acepto mi ignorancia.

Individuo > Principios > Metas > Hábitos.

El otro día, una amiga a la que quiero mucho me pidió que la apoyara comprando boletos para una rifa, que según entendí, era para beneficiar a la administración del templo al que su mamá asiste. La verdad es que rara vez le niego un favor, pero en esta ocasión le dije “no puedo apoyarte, va contra mis principios”. Su respuesta fue “¿qué todo lo que haces tiene qué ver con tus principios?”. Entonces mi mente se echó a volar y reflexioné lo siguiente.

Primero está el asumirnos como individuos, tomando como raíz el hecho de que somos efectivamente diferentes al resto, un poco mejores en algunas cosas y un poco peores en otras. Esta premisa nos permite entonces comprender que la familia, los amigos, la pareja, los compañeros de trabajo, son accesorios del individuo (no es un “del” de pertenencia o dependencia, sino de relación). Es decir, la relación con ellos nos permite “acceder” a ciertas vivencias, que de igual manera, pueden ser más o menos positivas.

Completando este primer paso de asumirnos como individuo único, lo que sigue es conocer y entender nuestros principios. Por supuesto que la familia, los amigos, la o las parejas que tenemos o hemos tenido, influyen o pueden influir en alguna medida con nuestros principios, pero al ellos tener o haber tenido diferentes familias,
amigos, parejas y vivencias que nosotros, no deben de ninguna manera pretender imponernos sus principios.

No deben, pero el principal mensaje que quiero transmitir es que no pueden, si ya conseguimos asumirnos como individuos. (Repitan conmigo), el único ente capaz de modificar directamente mis principios, soy yo.

Los principios son, entonces, el código que regula nuestro comportamiento individual, cumplirlo significa congruencia, el castigo de incumplirlo puede ser por un lado el reflejo de que no nos asumimos como individuos o bien la frustración (generalmente inconciente) de ser domados o coercionados por una ideología que no es la propia. Ser incongruentes es, entonces, el verdadero significado de la palabra “ceder”. (Desde hace rato traigo la tarea de hacer todo un post aparte respecto a ceder).

Esto nos da de entrada algunas lecciones, la primera es que la tolerancia entonces significa entender esto, es decir, si todos comprendiéramos que somos primero individuos con diferentes principios de igual valor, la tolerancia sería un mecanismo automático de respuesta.

La siguiente lección, es que las discusiones no deben ser respecto a metas o hábitos, sino respecto a principios. La pregunta fundamental no es “¿por qué (o para qué) haces esto?” sino, “¿qué principios incompatibles tenemos?” o “¿cuál es la causa de tu o de mi o de nuestra incongruencia?”.

Esto a su vez, nos lleva a percatarnos de que un acto malo sólo puede ser incongruente. Explico, si:
1. somos un individuo (y así nos asumimos),
2. hacemos concientes nuestros principios que comprendemos (y nos parecen correctos), y
3. somos congruentes;
nuestros actos no pueden llevar mala intención, sí es posible que hagan daño porque no significa que los principios de un individuo sean los principios más adecuados para la comunidad que lo rodea, si hay un alto o visible costo de estos principios para la comunidad, ésta puede por supuesto elegir destruir, limitar o deportar al individuo. Pero en realidad no lo destruye, limita o deporta por malo, sino por inconveniente.

La “bondad” y la “maldad” pueden ser regidos a nivel social por principios morales, idealmente por principios puramente éticos, esto hace que un individuo deba enfrentar sus propios principios a los que en ese momento regulan a su comunidad, para verificar si son compatibles, si no lo son sus opciones son o cambiarse a una comunidad donde sí lo sean, o construir una serie de discusiones que lo lleven a modificar los principios de su comunidad (la tercer opción es vivir congruente con sus ideas mientras así se lo permita su comunidad -desalineado – y la cuarta es ser incongruente).

Esto significa que la congruencia debe ser el principal valor del individuo, y la alineación de los individuos hacia los principios (cambiantes, por su carga de moralidad) de la comunidad, debe ser el principal valor de un Estado.

Compatibilidad no significa igualdad, no digo por ejemplo que para que una relación funcione tienen que tener exactamente los mismos principios, simplemente que no sean contradictorios (y en caso de ser así aún es posible llegar a acuerdos a través de discusiones constructivas para evaluar estos principios y modificarlos
unilateral o bilateralmente). Que conste.

Hay una idea que desde hace mucho ronda a las personas que relaciona la individualidad con el egoísmo, yo estoy en desacuerdo, porque éstos dos términos tienen una diferencia fundamental: el egoísmo promueve la intolerancia. El egoísmo califica como superiores mis principios respecto a los del otro, es decir, sin ninguna discusión que nos lleve a la comprensión de los principios de otro, asumimos que es prioritario nuestro punto de vista, nuestra toma de decisiones o nuestra propia comodidad. Si te aseguras de comprender el principio del otro, y con total apertura sigues pensando que tienes la razón, entonces optar por ti ya no es egoísta, ya es una decisión informada y tolerante. Asumir “a priori” que tu principio es más adecuado, esa es la definición de intolerancia; asumir que es más importante es la definición de egoísmo.

Por todo esto, ideas como “ser para los demás”, “convertirte en uno con tu pareja”, “cargar con el honor de la familia”, “manchar un apellido”, “traicionar a la patria”, “cometer un pecado”; son ya conceptos completamente absurdos para mi.