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Un paradigma sobre la invención de las verdades

“[…] el paradigma es un caso singular que se aísla del contexto del que forma parte sólo en la medida en que, exhibiendo su propia singularidad, vuelve inteligible un nuevo conjunto, cuya homogeneidad él mismo debe constituir.”
Giorgio Agamben
Acontecimientos
Ocurre un impulso inicial que, para efectos del caso que pretendo exponer, podríamos llamar eros en su versión menos “contaminada” posible (de acuerdo a los propios “límites subjetivos”). Una forma más tradicional de decirlo sería: “dos personas se conocen y se enamoran perdidamente”. Pero siempre ocurre un acontecimiento ‘A’ en un momento determinado (a veces en minutos, a veces en meses). Se trata de un acontecimiento que es interpretado de cierta manera por una de las partes, y es su interpretación lo que de hecho hace de ‘A’ un acontecimiento. Para el otro individuo fue imperceptible, de hecho no tiene existencia sino hasta que ocurre el acontecimiento ‘B’, que es el primer efecto contaminante de aquel eros mutuo, o como tradicionalmente se diría: “el reclamo”. Por ejemplo, “noté que te sentiste avergonzado de mi el otro día” o, “¿por qué reaccionaste como si te avergonzara hace rato?”, o (en ese instante) “¡qué!, ¿te avergüenzas de mí?”.
Como es de esperarse, semejante afirmación (explícita o implícita), es experimentada por el receptor como algo que pone en peligro a eros mismo. Incluso en un reduccionismo químico, equivaldría a que el dealer del adicto le amenace con no seguirle aprovisionando de eso que siente que necesita, es decir, la situación proveedora de endorfinas está en peligro. Quien reclama busca satisfacer una sospecha: cree que quiere conocer la verdad.
Aquí es necesario un pequeño paréntesis. En primer lugar, no hay algo como una verdad en sí, pues es imposible poner entre paréntesis todos los mecanismos de interpretación que hacen que veamos al mundo como lo vemos, o como diría Nietzsche: “no hay hechos, sólo interpretaciones”. En segundo lugar, habiendo “recortado” la verdad a eso que es interpretable por nuestra situación, desde nuestra perspectiva, de todos modos uno nunca sabe que quiere conocer la verdad, pues los efectos de conocerla son incalculables: la voluntad de saber y la voluntad de verdad suponen cierta valentía a priori, pero no garantizan que no haya un arrepentimiento a posteriori; por lo que esa valentía (que siempre podría ser llamada a posteriori ‘estupidez’) es un creer que se quiere conocer la verdad (me pareció importante aclarar esto porque me he topado con mucha gente que solicita la verdad y cuando ésta es provista les resulta inaceptable). En tercer lugar, es un verdadero creer que se quiere conocer la verdad y no una simple estrategia. Es muy común que el reclamo se utilice como estrategia en las relaciones, típicamente para compensar una deuda o para acrecentar la deuda del otro y obtener lo que se busca, pero cuando llegamos a ese punto es porque el impulso inicial de ese eros hace tiempo que se “arruinó”, así que mantengámonos en el acontecimiento ‘B’.
Podemos, pues, estar de acuerdo en que el receptor no puede simplemente decir con toda frialdad “estás equivocado”, suponiendo que con ello todo regresará a la normalidad, con la confianza de que la provisión de endorfinas se mantenga al mismo ritmo (insisto, en un reduccionismo químico que, no obstante, resulta bastante útil para explicar la situación). La reacción, en la inmensa mayoría de los casos, será una sobre-reacción, pues hay demasiado en juego. El emisor no lo sabe (porque ya hemos aclarado que no se trata de una estrategia), pero está solicitando esa sobre-reacción. O mejor dicho, la situación misma supone un imperativo de la sobre-reacción, y el receptor típicamente “obedecerá” esa orden. Simplificando, si hablásemos de la “reacción” como una mera respuesta emocional, su aspecto “sobre” agregaría un componente estratégico: uno no se pone simplemente a llorar porque nuestro precioso eros se ha contaminado por una percepción equivocada, es necesario hacer algo para recuperar el estado de gracia que se ha perdido.
Mientras reflexionaba esto me llevé la sorpresa de que precisamente la sobre-reacción es extremadamente similar a la primera práctica penitencial institucionalizada que configuró el cristianismo: la exomologesis. A diferencia de la mucho más tardía confesión, en la exomologesis de lo que se trataba era de mostrarse uno mismo (publicatio sui) de manera dramática ante el resto de la comunidad, cuyos lazos están tejidos por agápe o cáritas, la palabra griega y latina, respectivamente, con la que se denominaba al amor cristiano. Esta práctica tiene una influencia tanto hebrea como griega, en cierto modo se trata de un sincretismo. Para los hebreos, de lo que se trataba era de tener ‘sencillez de corazón’, una actitud de total transparencia ante la comunidad que manifestaba una transparencia para con Yahvé (la kippah representa una especie de “apertura” a través de la cual Yahvé, desde las alturas, observa todo nuestro ser). Tener una ‘doblez de corazón’ implicaba que había una agenda oculta, una vida secreta y misteriosa que no se apegaba a la ley judía (Torah). Entonces, en un sentido, la exomologesis implicaba no tanto la transparencia cotidiana del ser de uno mismo sino que, como acto penitencial, había que sobre-mostrarse, pues era un procedimiento que sólo se detonaba ante faltas consideradas muy graves (en el siglo II eran pocas: asesinato, adulterio, apostasía).
Respecto a sus raíces griegas, la exomologesis remite a la noción de parresía. Comúnmente es traducida por ‘franqueza’, pero se trata de una noción que está vinculada a la creencia de que es posible acceder a la verdad por uno mismo mediante un conjunto de ‘prácticas de sí’, ejercicios existenciales como la meditación, la escucha, la escritura, el examen de conciencia y otros. Así como hoy típicamente se cree que es posible acceder a la verdad mediante el conocimiento de un fragmento de naturaleza que se pasa por el filtro de métodos científicos, es decir, que en cierto sentido se acopla a criterios que hemos descubierto, la verdad parrésica es alcanzada cuando somos nosotros quienes nos acoplamos a la naturaleza, nos ponemos en “sintonía” con ella en vez de extraer de ella objetos para experimentar. La parresía era la verdad del filósofo griego, es decir, de un personaje que se diferencia del profeta (que dice la verdad por una especie de revelación), del especialista (que sólo dice la verdad sobre la técnica específica que conoce), y del sabio  (que dice la verdad con el respaldo de una comunidad que le reconoce como tal). El parresiasta dice la verdad sólo con la (no-)autoridad de su ser, del sí mismo que él es, y dado que no cuenta con la autoridad que le da la comunidad, o que le da un dios, o su conocimiento técnico reconocido, implicaba un riesgo decirla. En la literatura griega, se utiliza muchas veces la noción de parresía para un acto de franqueza que supone un riesgo de muerte para quien lo enuncia, por lo que ser parresiasta no implica sólo enunciar una opinión, sino poner en juego el propio ser en la enunciación.
En la exomologesis cristiana inventada a finales del siglo II, el mostrarse a sí mismo supone esta parresía, pues en un solo movimiento se declara, se testifica (mártir significa testigo) como verdadera la divinidad de Jesús que mediante ese proceso habrá de salvarle, y se dice la verdad sobre uno mismo, el ‘yo’ se pone en juego incluso en el contexto de una época en que los cristianos eran perseguidos. Esta penitencia duraba años y las ‘prácticas de sí’ incluían el vestir con harapos (como los cínicos), el ayunar (como los epicúreos), la autoflagelación, el llanto en público, la ceniza en la cabeza (práctica sacrificial muy antigua presente en múltiples culturas). Toda esta dramatización es también muy similar a cierto simulacro que gustaban de hacer algunos estoicos como Séneca, quien siendo sumamente rico elegía vivir algunos días del año como esclavo, hacer algunas de sus labores, comer lo que comían, dormir donde dormían, como una práctica para mostrarse que incluso vivir en la situación menos privilegiada no era el fin del mundo.
Mostrarse dramáticamente a uno mismo no tiene entonces el único efecto de ser honesto o transparente para con la comunidad, sino que tiene una función “sobre-afirmativa”: es bien conocido que, así como muchos paganos veían como ridículas y escandalosas estas prácticas, las filas de cristianos se ensanchaban de manera importante cada que había un acto público de martirio. Es decir, estos actos no sólo manifestaban una verdad, sino que la comenzaban a tejer, conforme más gente iba creyendo, las relaciones con el paganismo, con el Imperio, las prácticas económicas al interior de las comunidades, el papel de los obispos, la doctrina misma, se iban configurando para mostrar otras realidades, para que nuevos fenómenos se experimentasen como racionales, es decir, como correspondientes a una verdad.
Mi impresión es que, evidentemente a otra escala, con las relaciones de pareja pasa algo bastante similar a partir del acontecimiento ‘B’. Podríamos decir que eros comienza a contaminarse de amor cristiano: el acontecimiento ‘B’ requiere de un sacrificio por un otro, un sacrificio que lo sacraliza, lo vuelve sagrado. En un acto hasta cierto punto estratégico, un ‘yo’ se consagra a otro, se objetiva para donarse. Al mismo tiempo, dado que toda oración de súplica es un imperativo, el sacrificio compensa a la vez que espera una retribución: mínimamente el perdón (aunque el acontecimiento ‘A’ no se vincule a una “mala intención” -esto pasaba también el siglo II: un soldado converso podía hacer exomologesis a su retiro por las muertes que causó aunque no tenía la intención de pecar cuando lo hizo-). Pero más allá del perdón, el verdadero fin es la “salvación”, que al igual que en la tradición judeocristiana, se percibe como una suerte de regreso al estado originario, retornar a la relación con el Amado antes de la Caída (me refiero, por supuesto, a la adámica). Evidentemente eso es imposible, pero es justo ahí donde se manifiesta la relación entre esperanza y salvación: la esperanza es creer que algo ocurrirá sólo porque así lo deseamos. El acto sacrificial mismo sería un sinsentido sin esta esperanza: ella es el aspecto pasivo que sostiene las “agencias” rituales de salvación.
Había una relación que por alguna razón se contaminó (peccatum es mancha), ahora se vuelve necesario realizar un sacrificio como estrategia de “limpieza”, en ese acto se sacraliza retrospectivamente la relación: aunque la intención sea la de un “regreso al estado anterior a la mancha”, el acontecimiento modifica la concepción de la realidad que se tiene de la relación. Esto no significa que eros se transformó por completo en amor cristiano, sino que un eros que no desaparece se va “domesticando”:  ahora habrá una especie de “eterno retorno” al acontecimiento ‘A’, traumático en ese sentido, cada que se dé un acontecimiento ‘C’, es decir, el ofensor sobre-actúa ante una situación en la que el miembro ofendido pudiese volver a percibir que se siente avergonzado de él. La capa “resanadora” que supone la sobre-reacción, modela la verdad sobre el sentimiento por el otro: lo más probable es que ahora se enfatizará el hecho de que no se siente avergonzado de su pareja, incluso se compensará manifestando en qué sentido se siente orgulloso o le respeta o admira. Vemos que se ha comenzado a “tejer” (aunque en el afán de “surcir”) una verdad arbitraria en el sentido de que emergió de una interpretación arbitraria, pero como Nietzsche sabía muy bien, todo lo que percibimos como verdadero está vinculado a ficciones que hemos olvidado que lo son.
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Mártires de Jehová

Cuando se ven caer indiscriminadamente y sin distinciones los mártires y los traidores, ¿cómo se puede mantener aún la idea de una justicia inmanente? Si Dios es justo -de lo que a Israel no le cabe la menor duda-, tienen que existir retribuciones en el más allá para compensar las enormes injusticias de este mundo. Habrá juicio, separación de buenos y malos y castigo digno de éstos. Así lo afirma Daniel [siglo II a.C.]: «Será un tiempo de angustia, tal como no lo hubo desde que existen las naciones hasta ese día. Entonces se salvarán los que de tu pueblo estén escritos en el libro. Las muchedumbres de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para eterna vida, otros para eterna vergüenza y confusión» (12,1-2).

Georges Minois. Historia de los infiernos.

Trabajo en mi artículo de crítica al cristianismo, de hecho a ese cristianismo del que todo mundo habla maravillas, el primerito, cuando escucho el tintineo de mi timbre mecánico. “Seguro es el aire”, (no) pienso. Mi gata duerme en mis piernas y el tintineo insiste: la despierta. Así que la tomo en brazos y me dirijo a mi puerta… abierta. Nadie que no está en su casa deja la puerta (tan) abierta, así que seguro eso les dio confianza para insistir.

Mientras me acerco a los estereotípicos visitantes, mi gata, con toda la experiencia que ofrece llevar una vida de hedonismo, intuye de inmediato que los próximos 10 minutos serán insufribles, así que se escurre y se pone a correr por el jardín. Ya sin Sonia en brazos dejo de parecer villano (además estoy en pijama y sandalias con calcetines, supongo que también soy un estereotipo).

Me acerco y veo a dos tipos que esperan acomodados ritualmente, el maestro se encuentra un paso adelante del aprendiz a su izquierda. El primero de inmediato me hace recordar a cierto maestro de técnicas de investigación (el peinado, la ropa, la expresión, la actitud), y estaba por descubrir que también compartían una ignorancia monumental sobre el tema del cual se supone tendrían que enseñarme.

-Buenas tardes, estamos acercándonos a los vecinos porque traemos esta información que me parece que es de mucho interés para todos (me extiende un tríptico). Ahí vienen varias preguntas que a todos nos aquejan (sin verlo siquiera empiezo a doblarlo, ambos voltean nerviosamente a mis manos para atestiguar el lento pero bien conocido proceso de rechazo), la principal es si podemos conocer la Verdad.

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– La Verdad no existe. Respondo un poco fastidiado.

– ¿Cómo, a qué se refiere?

– A que no existe tal cosa como una verdad última detrás de un mundo de apariencias, tampoco una verdad que trascienda lo que cotidianamente asumimos como cierto, el asumirlo como cierto es lo que de hecho lo convierte en verdad. Estamos repletos de verdades que responden a distintos saberes que se vuelven posibles en distintas condiciones históricas y la verdad bíblica no es sino otra de ellas.

-Pero, ¿sabe?, “esta verdad” reconforta a mucha gente.

-Sí así es, me alegra. Por mi parte resulta reconfortante asumir que no hay una Verdad como ustedes la plantean.

-¿Usted lee la Biblia?

-Un poco, casualmente ahora mismo la estaba leyendo, un pasaje de Pablo.

-¿Sabe que Pablo dijo que tener fe significa creer que uno se puede salvar?

– Eso es esperanza, y era una relativamente simple, porque Pablo estaba convencido de que la “próxima semana” sería el Apocalipsis. La fe era convicción en la Palabra que, entre otras cosas, incluye a esa Buena Nueva respecto a la cual la esperanza toma el papel de una certeza. Recuerde, son tres, la fe o convicción, la esperanza o certeza y la caridad o amor. La caridad refiere a un marco de igualdad en las relaciones de las personas, para que ninguna tenga más poder que otra. Esas tres virtudes, llamadas teologales, nos darían cierta aptitud para ser salvados, pero ¿sabe?, justo cuando ustedes tocaron yo trabajaba en un pasaje de Pablo que explica que lo que verdaderamente importa para salvarse es la gracia, es decir, algo así como un capricho de Dios.

[“¿Qué diremos, pues? ¿Por ventura hay injusticia [ἀδικία] en Dios? ¡Eso, no! Porque a Moisés dice: ‘Me compadeceré de quien me compadezca y me apiadaré de quien me apiade’. Así, pues, no está en que uno quiera ni en que uno corra, sino en que se compadezca Dios […] Así, pues, de quien quiere se compadece y a quien quiere endurece. Me dirás, pues, ¿A qué, pues, se querella [μέμφεται, se culpa] todavía? Pues a su resolución, ¿quién se opuso? — Hombre, hombre, ¡vamos! ¿Tú quién eres, que le plantas la cara a Dios? ¿Por ventura dirá la pieza de barro al que la modela: Por qué me hiciste así? ¿O es que no tiene el alfarero dominio sobre el barro para de una misma masa hacer tal vaso para honor y tal otro para vileza?” Rom 9,14-21 (trad. Bover & O’Callaghan)]

– (Nervioso). Sí, eso, la fe es convicción… (Obviamente a partir de ese punto dejó de escucharme). Pero mire, esa fe no tiene por qué ser completamente ciega…. Noé, como Pablo, nos hablaba también de la importancia de la fe.

– Pero hay un problema aquí, tenemos evidencia de que existió Pablo y de que efectivamente escribió algunas de las cartas que hallamos en la Biblia, ¿pero Noé?, es como si usted me habla de Aquiles… o de Supermán. No hay evidencia histórica…

-¿Ha escuchado del cambio climático?, ¿que tal vez llegue una nueva glaciación? (¿?), pues mire, hace mucho tiempo hubo otra glaciación, y se han encontrado restos fósiles… de mamuts y otros animales. La ciencia nos podría estar dando evidencia de que sí hubo un gran diluvio.

(Ahora estoy entretenidísimo con la idea de que a veces los fósiles los entierra el Diablo y a veces son evidencia de que existe Noé).

– Mire, alguien ya se dio a la tarea de calcular cuántos años tiene el planeta con base a los relatos bíblicos, y concluyó que tiene apenas unos 7 mil años. La última glaciación ocurrió hace cientos de miles de años (según veo, esto fue una exageración mía, dice internet que comenzó hace 110000 años pero terminó hace 12000, en un descuido y le salen las cuentas). Pero mejor concluyamos en que se trata de un asunto de fe para ustedes, y que yo no necesito eso.

– Si, hay que tener fe, y si usted ha leído el Apocalipsis ahí dice que separará a los buenos de los malos…

– Ya lo había dicho Daniel… la literatura apocalíptica es un invento del siglo II a.C., igual que el mesías. Y créame, lo que en ese tiempo se creía “bueno”  y “malo” tiene muy poco que ver con las valoraciones actuales.

– Bueno, le recomendamos ver esas preguntas (hasta ahora no las he visto, en mi mente no son sino replanteamientos de las antinomias de Kant, los límites del conocimiento posible). El no poder responderlas hace que mucha gente no le encuentre sentido a la vida.

– Eso es porque la vida no TIENE ningún sentido por sí misma (me vuelve a salir el cobre postmoderno). La humanidad continuamente ha pretendido asignarle uno trascendente en vez de simplemente vivirla. En fin, si ustedes necesitan de esto para continuar con sus vidas, al menos concédanme que alguien más puede necesitar de la cocaína o del fútbol del mismo modo. Que si la Biblia es criterio de verdad para ustedes, es perfectamente comprensible que cualquier otro libro sea criterio de verdad para otros.

– Pero estos son libros que durante toda la Edad Media trataron de ser destruidos (¿?) y sobrevivieron durante siglos para venir a contarnos esta Verdad.

– Mire, hubieron algunas persecuciones a los cristianos poco antes de la Edad Media, pero no trataron de hacer desaparecer sus textos, había montones de copias de lo que ustedes llaman el Antiguo Testamento, pues son los textos sagrados de los judíos. Y durante las persecuciones no se había definido un canon del Nuevo Testamento, los romanos no hubieran sabido por dónde empezar a quemarlo. ¿Pero sabe verdaderamente qué textos sobrevivieron a las hostilidades de la Edad Media, precisamente por parte de los cristianos?, los de Aristóteles, ¿cree que por eso valga la pena hacer una religión con sus preceptos? (la verdad es que los adoptó la Escolástica en el siglo XIII y que, en cierto modo sí se complementó la religión católica gracias a Aristóteles, pero fue el único que me vino a la mente, por famoso, un mejor ejemplo hubiera sido Epicuro o Demócrito, de quien tristemente se perdió casi todo).

– Bueno, hasta luego (extiende el brazo sin quitar la misma robótica sonrisa, su compañero, considerablemente más joven me voltea a ver con una última sonrisa nerviosa, ambos se van).

Me quedo pensando en otro profesor que tuve, uno de Administración que nos contó cómo le emocionaba ir a las playas y que se le acercaran vendedores de tiempo compartido y que él detectara tácticas de venta bien específicas y muy conocidas por él. Sentí un poco de pena por mí y regresé a mi artículo, ya sin gato. 😦

Futbolismo y antifutbolismo.

Hace días que quería hacer esta reflexión porque me parece que muestra muy claramente los dualismos en que estamos atrapados.

 
En fin, hay un movimiento sin precedentes (desde mi perspectiva) contra el fútbol, particularmente contra el mundial y, ¿cómo mantenerse indiferentes ante lo que ha pasado en Brasil para hacerlo posible? Pero en este tema, como en casi todos, tendemos a atender al síntoma y olvidar la enfermedad. Por siglos nos han educado para entender las cosas en términos de causalidad lineal, aislar la causa y el efecto (los que parecen más evidentes) y, sobre todo, pensar en términos de culpabilidad y merecimiento. Merecimiento que busca (infructuosamente) justicia, culpabilidad que (re)interpreta justicia como venganza.
 
Por supuesto, se han formado dos bandos, por un lado, ante la inesperada crítica al fútbol los pamboleros claman “déjenos ver el mundial en paz” y por el otro, algunos que nunca han sido futboleros, o que hace tiempo han dejado de serlo, encuentran en éste únicamente fuentes de dominación social.
 
Así que siento la necesidad de comunicar a los segundos que no es que el fútbol sea “malo en sí”, no hay cosas en sí, el asunto es que, como cualquier cosa que atrae y produce grandes montos de Capital, va a implicar dominación y miseria para la mayoría de los involucrados (y es cierto, la mundialización capitalista ha conseguido que prácticamente todos estemos involucrados). Un ejemplo es la industria ambientalista, si bien estamos ante una catástrofe climática, algunos capitalistas se han apalancado en la publicidad gratuita que supone esta preocupación para acumular más Capital, siendo secundario, incluso irrelevante, si sus productos y servicios realmente aportan a frenar el calentamiento global. Así que esto no lo hace el fútbol, ciertamente no lo hace el ambientalismo, lo hace el Capital que se coloca todas estas máscaras para sobrevivir, para mantener su hegemonía (si el Capital no es hegemónico, es decir, si no está suficientemente acumulado, se desvanece). El Capital es una entidad que opera sin atención al “bien” o al “mal”, sus fines son unidimensionales, su única intención es acumularse, y de una u otra manera hemos dejado en sus manos, desde hace bastante tiempo, el control de la mayoría de las relaciones sociales.
 
A los primeros, ¿por qué tanto miedo a la crítica?, ¿por qué cerrar los ojos ante las injusticias que desata la organización de un mundial en un país tercermundista?, pero sobre todo, ¿por qué cerrar los ojos ante la realidad del tercer, del cuarto y del quinto mundo?, ¿acaso nos hace sentir culpables?, supongo que si no les incomodara simplemente se mostrarían indiferentes. En todo caso, de nada sirve sentirnos culpables, la culpabilidad se encuentra arraigada, asimilada, precisamente en el corazón del Capital, ha permitido su emergencia y le ha facilitado el camino. No reduzcamos esta discusión a “los que ven fútbol son tontos” y a “los que critican el fútbol de todos modos no hacen nada”, pues es precisamente el dualismo capaz de imposibilitar todo diálogo, los primeros dicen “¡yo no soy tonto!”, los segundos “¡yo sí hago algo!” y es, por supuesto, un diálogo de sordos, un no-diálogo infantil. Es, esquemáticamente, el mismo “divide y vencerás” que ha habilitado a cada mecanismo de dominación en la historia.
 
A ambos bandos les digo, no se preocupen, dejar de ver el mundial no va a solucionar nada, aun si de un día para otro todos perdiéramos interés por el fútbol, el Capital se movería a donde esté nuestro interés, y si no lo encuentra lo crea: se hacen guerras y mundiales de fútbol para (re)constituir nacionalismo, se hacen telenovelas para (re)constituir ciertos valores, se hacen redes sociales para virtualizar el tejido social (para intentar des-materializarlo y hacerlo cada vez más light). Todas estas creaciones de atención amparan intereses capitalistas: consumo de armas, televisores, jerseys, viajes, facilitan una distracción de lo político, crean enemigos quiméricos, actitudes dóciles, apego a las leyes creadas en beneficio del Capital, promueven culpabilidad paralizante, incapacidad de organización social, individualización, desconfianza, inseguridad.
 
Pero toda decisión comporta dos lados, comporta fortalezas y debilidades. Qué tal si, admitiendo que solo los grandes capitales se anuncian durante el mundial, dejamos de consumir precisamente los productos que se anuncian (en tanto se “destapan” como grandes productores de miseria), qué tal si nos organizamos lo más comunitariamente posible, si encontramos maneras de cambiar el consumo capitalista por un consumo colaborativo, qué tal si simplificamos nuestras vidas y le vamos restando necesidades inventadas, hueras, qué tal si dejamos de creer que si tenemos más dinero y que si compramos más productos y servicios vamos a ser más plenos. Qué tal si ponemos más atención precisamente a las cosas improductivas, a las que no generan plusvalía: a la reflexión, a la convivencia, a todas esas cosas cuya ausencia es precisamente la que nos lleva a distraernos, a consumir para llenar el vacío de lo que realmente nos importa. Somos como los perros que se vuelven más violentos cuando están mas asustados, por eso nos urge (re)constituir redes de confianza.

Mi opinión sobre la peli ‘Noah’ de Aronofsky (spoilers).

Creo que a la gran mayoría no les ha gustado y creo que se debe a que difícilmente cumpliría con alguna expectativa, la peli es bastante rara y, con todo, llena de lugares comunes y cursilerías. Pero supongo que en distintos momentos de la vida uno pone más atención a distintas cosas de una película, y yo no pude evitar poner más atención a la relación discursiva, que me parece por completo pertinente, si no hasta reveladora de algo que está ocurriendo y que no ha terminado siquiera de tomar forma, pero que Aronofsky alcanzó a ver.

El problema que plantea la película, creo que es muy evidente, es ecológico: llámenle Dios o como gusten, pero se trata de un abrupto cambio climático que amenaza con extinguir la vida animal no-marina, y del cual la gente es consciente antes de que ocurra. Toda la historia se despliega alrededor de ello, la interpretación bíblica del director enfatiza la relación del hombre con su entorno. Lo interesante no son tanto las posturas originales con el entorno, sino las acciones y la justificaciones a partir de que se enteran de que corren peligro. Trataré de esquematizar entre elementos bíblicos y fílmicos:
De Adán tendríamos tres posibles linajes, que implican tres discursos diferentes. El de Caín, la película lo muestra de manera muy evidente, implica que el hombre se siente dueño de su entorno y éste debe ser transformado a su capricho, de hecho comporta la necesidad adámica de ser Dios, por lo que el linaje de Caín transforma al mundo a su imagen y semejanza: ¿cómo le llamamos?, yo le llamaría Progresismo, capitalismo también sería válido, pero no faltará quién diga que el comunismo trató al entorno de la misma manera.
El linaje de Abel, inexistente por supuesto, ¿cómo hubiera sido?, por supuesto el favorito de Dios, el consentido, por el que hubiera detenido su ira contra el hombre. Afortunadamente Caín se encargó a tiempo de un linaje que seguro todos hubiéramos detestado.
El otro es el de Set, que encarna el protagonista. No considera que el entorno esté para servirle sino que debe cuidarlo, no solo eso, sino que es él (y su familia) quien se modela a imagen y semejanza del entorno, pues sabe que, al igual que él, es Creación. Esto es importante, el linaje de Caín se considera superior al resto de la creación, una especie de demiurgo entre lo divino y lo creado, lo cual claramente el director descarta al incluir a los verdaderos demiurgos, los ángeles, algo de divino y algo de criaturas. Cuando son eliminados de “este” mundo van a la presencia de Dios, salvación que todavía no está disponible para el hombre (se necesitará de otra suerte de  ‘arca’ y de otra ‘alianza’ para ello). El discurso del linaje de Set es por demás interesante: se trata de un ambientalismo que considera que lo más justo es la extinción del hombre para que la creación retome su equilibrio. Y no saben cuántas veces lo he escuchado en los últimos años: “yo creo que lo mejor es que ya se extinga la humanidad”. Así como llamé al otro Progresismo, no sé cómo llamar a este discurso, algunos dirían que es cierto postmodernismo, en todo caso el que Aronofsky lo incluya no es gratuito y me parece interesante.
Como podrán ver, estamos ante una especie de falso dilema, si el discurso de Caín gana, la humanidad se extingue, y si el de Set lo hace, también. Por  lo tanto, el “combustible” dialéctico (la diferencia) no está ahí, lo que enfrenta a estos discursos es la ceguera del suicidio y la voluntad del suicidio. Y es ahí, entre ceguera y voluntad que se resuelve el conflicto: Noé perdona a sus nietas, ¿por ceguera? un poco (cree que de hecho comete un error), ¿por voluntad? otro poco (alguien diría, más por falta de voluntad, pero a fin de cuentas decidiendo por sí mismo), pero sobre todo por misericordia (que es lo que le pide su esposa), y según me han dicho (un profesor), hay una palabra en hebreo para expresarla que se podría traducir como amor, una especie de amor sin esperar nada a cambio, el que aplica, específicamente, el famoso “buen samaritano”.
También se puede traducir como “amabilidad” pero menos como “habilidad de recibir amor” que su opuesto “habilidad de dar amor”, y esto es justamente lo que le dice Cam a Ila, algo como “si tú vas a recomenzar la humanidad está bien, al menos habrá amabilidad (kindness)”. Entonces tenemos ahí un tercer discurso en el que se resuelve esta dialéctica a la manera hegeliana (no fichteana), comportando algo de esa ceguera y algo de esa voluntad: Connelly le dice a Crowe algo como “Dios te puso a elegir si valía o no la pena salvar al hombre”, es decir, Dios dejó que el hombre mismo eligiera. Recordemos que se trata de una alianza del pueblo judío con Dios, implica que en la Biblia (o en la Torah) Dios le dice a Noé, básicamente “tienes permiso de repoblar el mundo”, que es claramente un paralelismo al “puebla al mundo” posterior a la caída adámica. Es decir, se trata de una segunda caída del hombre ante los ojos de Dios (no es gratuito que Noé aparezca desnudo en la playa, “arrojado al mundo”, está indudablemente recordando éste paralelismo). Ése es el mensaje que pretende dar Aronofsky: ante el grave riesgo de extinguirnos que supone nuestra relación actual con el entorno, hay dos posturas que ya no podríamos tomar, una es el progresismo ciego, suicida, y otro es un ecologismo no menos autodestructivo, cargado de culpabilidad. Me parece que está diciendo que tendríamos qué buscar el tecero: tomar decisiones de las cuales podamos hacernos cargo, movidos por esa nueva ‘amabilidad’.
En fin, cursi sin duda, el punto no es tanto el valor del mensaje final (¿quién estaría en desacuerdo? el problema, como siempre, es llevarlo a cabo), en mi opinión, lo interesante es que Aronofsky alcanzara a ver a estos dos discursos en pugna, en una pugna falsa si los dos llevan al suicidio. El propio Noé lo dice “no somos diferentes a ellos”, Noé no es menos asesino que cualquiera del linaje de Caín, llámenle en defensa propia o como gusten (no es precisamente defensa propia tener los medios para salvar a mucha gente y dejarla fuera porque considero que sigo órdenes de alguna entidad superior). Me parece, de fondo, que toda la película, hablando esquemáticamente del discurso, sirve para darle voz a Conelly y a Watson, una viene del entorno de Caín, la otra del de Set (otro elemento de que sea una dialéctica hegeliana), entre ellas dos hace resonancia el discurso capaz de resolver, lo que podríamos llamar “esas necedades de hombres”.

El encuentro con el Otro como disonancia.

1. Esferas.

“El omnipresente superiorismo de la cultura abrevia en un 95 por ciento, quizá en un 98 por ciento, la duración real de la historia de la humanidad, a fin de tener manos libres para un adoctrinamiento antropológico que resulta ideológico en grado sumo: se trata de la doctrina, concebida por clásicos y modernos, del hombre como ‘ser vivo político’. Su sentido es presentar al hombre como un burgués animal de Estado, que necesita, para la plenitud de su esencia, capitales, bibliotecas, catedrales y representaciones diplomáticas. Allí donde esta ideología de la cultura superior se ha impuesto, se repite en cada caso particular la eliminación de la prehistoria, como si cada nuevo individuo fuera un lamentable salvaje al que hay que hacer madurar tan inmediatamente como sea posible para que participe en la vida de los Estados.”
(Sloterdijk, 2002, pág. 24)

Con la imagen de ‘esferas’, Peter Sloterdijk expone los distintos ámbitos donde se inscribe la vida humana. Primero el útero, donde cada individuo fue contenido para su incubación y nacimiento, tal esfera está dentro de otro individuo, quien a su vez pertenece a otra esfera, que incuba humanos a otro nivel de abstracción: “Denominar toto genere a la horda como incubadora de cría implica que las sociedades primitivas tienen que colocar su centro de gravedad en el arte de la crianza de seres humanos, si es que quieren proseguir con éxito su tarea fundamental, la repetición del hombre por obra del hombre.” (Sloterdijk, 2002, pág. 27)

La horda, entonces, es una segunda esfera incubadora que contiene una multiplicidad de individuos, pero que a su vez supone una unidad cohesionada. “En cuanto seres de horda, los hombres son, sobre todo y primariamente, los participantes en una esencia de horda, la cual, en una visión en cierto modo platónica, es un grado más ‘real’ que los individuos que la integran.” (Sloterdijk, 2002, pág. 26)

Cada individuo que pertenece a la horda se sabe ‘real’ únicamente en tanto la horda existe, de tal manera que hablar desde uno de sus miembros como un “yo” y señalar al resto como “otros yo” se torna estéril, pues el individuo no se concibe como una totalidad ni concibe totalidad a los otros, por eso no hay una ‘esfera’ al nivel de los individuos sino hasta la horda misma. Es además anacrónico hablar, desde nuestro individualismo fragmentado, de una suerte de “reconocimiento” entre individuos, pues el estadio natural de la horda aislada era el vínculo mismo, no considero aventurado apostar por la imposibilidad de concebir, en tal contexto, vida humana alguna fuera de la horda.

No se interprete, sin embargo, que tal horda es una suerte de utopía: sabemos de la condición sumamente lábil que supuso la vida nómada primitiva. Tampoco pretendo construir una posición de discurso respecto a un “regreso a la vida natural”, estoy simplemente describiendo un estado originario de gregarismo cohesionado, de ‘consonancia’, de ‘armonía’ si se quiere, pero en el marco de una ‘naturalidad’ más que de un placer estético, una ‘sintonía’ o ‘afinación’ intrínseca en todo caso.

En tal consonancia, estos grupos hallarían las maneras de mantenerse con vida, de autorregularse, lo que Sloterdijk ha llamado paleopolítica: “[…] viene a ser el arte de lo posible en pequeñas proporciones, el arte de mantenerse pequeño por el bien más alto, por el amor a la vida animada.” (Sloterdijk, 2002, pág. 36) Esto es algo que se ha venido confirmando por los especialistas: “Los arqueólogos nos dicen que los grupos humanos más antiguos no contaban más que treinta o, a lo sumo, cincuenta personas. Si aquellas familias-tribus hubiesen sido más numerosas, les habría resultado difícil trasladarse con la rapidez suficiente. Si hubiesen sido más pequeñas. Les habría resultado muy difícil defenderse y librar batallas en su lucha por la supervivencia.” (Kapuściński, 2007, pág. 12)

Si bien es sencillo entender que estos pequeños grupos sean familias, en tanto que las madres y los hijos se encuentran en la misma horda (la paternidad es incomprobable ante la promiscuidad natural del grupo), no puede decirse que las hordas constituyan Estados. Podríamos pensar que en un origen aplicaban únicamente la casuística hasta que el aprendizaje constituyó una paleopolítica en el marco de la cual se fueron constituyendo usos y costumbres, pero tales no eran vistos como leyes, ni siquiera como derechos y obligaciones, la labor cotidiana implicaba la supervivencia del todo constituyente de cada ‘sí mismo’. En este punto no existía el pastoreo ni la agricultura, sobrevivir era un trabajo que llevaba la mayor parte del día, todos los días.

2. El encuentro con el Otro: tres respuestas disonantes.

“Y he aquí a nuestra pequeña familia-tribu siguiendo su camino en busca de alimentos y que de pronto se topa con otra familia-tribu. ¡Qué momento tan trascendental en la historia del mundo! ¡Qué descubrimiento más fabuloso! ¡Descubrir que el mundo está habitado por otras personas! Pues hasta aquel momento, el miembro de nuestra comunidad familiar y tribal podía vivir convencido de que, conociendo a sus treinta, cuarenta o cincuenta hermanos, conocía a todos los habitantes de la tierra.”
(Kapuściński, 2007, pág. 12)

Hasta este punto la multiplicidad estaba inserta en la unidad, una horda tenía a varios individuos, una naturaleza contenía al todo; encontrarse con otra horda debió ser tan extraño como asumir un “afuera” distinto, otra naturaleza completamente desconocida, si en este todo está inserta mi horda, ¿a cuál todo pertenece la Otra? Pero más allá del profundo impacto inicial que debió significar, en un marco de recursos escasos y efímeros, lo más probable es que la primera respuesta haya sido hostil. “¿Qué actitud adoptar ante el Otro? ¿Cómo tratarlo? Es posible que la cosa derive hacia un duelo, un conflicto o una guerra.” (Kapuściński, 2007, pág. 13)

Incluso si tal (des)encuentro no supuso un enfrentamiento físico directo, es decir, si se redujo a un conflicto incomunicable, tal no es otra cosa que una profunda disonancia, un malestar, un sinsentido, un impasse. Ante tal trauma se constituye una suerte de mecanismo de defensa, por ejemplo: “El tabú es un intento de ordenar significados redundantes o confusos […] La notoria ambigüedad del complejo de actitudes asociado con el tabú se adecua a las situaciones y objetos equívocos para los cuales el tabú representa una respuesta institucional o instintiva. El complejo une actitudes que de otra manera serían incompatibles: asombro y repulsión, admiración y aborrecimiento, apego y odio, curiosidad exploradora y escapismo […]” (Bauman, 2002, pág. 269)

Ante el tabú, u otras respuestas de cuño similar (fetiche, tótem, y eventualmente mito y religión), quedaban otras dos posibilidades de respuesta. El tabú, por ejemplo, podría mover a esta horda a “hacer como que no pasó nada”, a la respuesta de evadirse: “[…] también puede suceder que nuestra familia-tribu a la que le seguimos sus pasos, en lugar de atacar y luchar, decida aislarse de los Otros, encerrarse, blindarse.” (Kapuściński, 2007, pág. 13)

Pero ante tal situación, es cuestión de tiempo para que ocurran dos cosas, en primer lugar, el tabú no borró la disonancia (en cierto modo el tabú es la disonancia), en todo caso la volvió más manejable, así que seguirá creciendo como un cáncer lento en el interior de la horda; en segundo lugar, lo más probable es que los encuentros se repitan, quedando cada uno de ellos como una nueva oportunidad para el tercer tipo de respuesta: “Por fortuna, también aparecen diseminadas profusamente por todo el planeta las pruebas de un tercer tipo de comportamiento que ha conocido la experiencia humana. Las que indican cooperación.” (Kapuściński, 2007, pág. 14)

Si bien me parece muy difícil ser optimista al respecto en los primeros encuentros, sabemos que, con el tiempo, las hordas hallaron maneras de convivir, por ejemplo, hubo un momento en que dos tribus se volvieron “familias complementarias”, pues el tabú del incesto eventualmente dificultó la reproducción dentro de una misma horda, de tal manera que llegó el tiempo en que sólo se acostumbraban encuentros sexuales inter-tribales.

“En la unión entre los hombres de un clan y las mujeres de otro las relaciones internas del clan resultaron negadas. Por tal causa esas uniones no representaban ni podían representar un lazo de parentesco. Los niños pertenecían al clan de la madre, para el cual el padre era un extraño; y él, por su parte, no tenía obligación frente a los hijos ni interés en ellos. Estos no eran sus familiares. Con el desarrollo del sistema tribal por la subdivisión de los dos clanes originarios en dos grupos exógamos de clanes, o mitades (moieties), esta contradicción se extendió y se agudizó al ser colocadas en oposición las dos mitades entre sí. Mediante la evolución del matrimonio individual, en lugar del matrimonio por grupos, aparecieron los elementos para formar una nueva unidad, la familia, en la cual la oposición entre las relaciones sexuales y económicas debía eventualmente superarse; pero, dado que este desarrollo sólo podía realizarse por la disolución del clan, encontró la resistencia de todos los sentimientos y tradiciones que surgían de la solidaridad del clan. La unidad interna del clan se conservó al limitar sus relaciones externas a la única relación requerida para su supervivencia; y así, por un largo tiempo, el trato sexual, sujeto sólo a la norma negativa de la exogamia, retuvo un carácter pre-social. Es verdad que los hombres llevaban alimento a las mujeres con las que se habían casado, de modo que, objetivamente, los dos clanes eran interdependientes en lo económico, y en las etapas superiores de la sociedad tribal estas relaciones económicas se transformaron en divisiones de trabajo; pero, subjetivamente, la relación primaria y la más persistente entre los clanes fue la de un antagonismo que variaba de la amistosa rivalidad a la abierta hostilidad. Los clanes se unían como miembros de la misma tribu, pero se dividían por su solidaridad interna. La tribu era una unidad de opuestos.” (Thomson, 1975, pág. 52)

En esta intertribalidad se constituyeron maneras de comunicación, formas de llegar a acuerdos y sin duda comenzó a haber influencias externas a cada horda: se compartió el conocimiento, se experimentaron nuevas formas de música y danza, se intercambiaron bienes y favores. “[…] nace aquella empatía que, por así decirlo, hace emocionalmente transparentes entre sí a los miembros de una misma horda: cuando la empatía se especializa y tiene que ser trasladada a desconocidos, se abre, sobre todo en las culturas superiores que sucederían a las hordas, un espacio para esos dramas que dieron en llamarse amor; en ellas surge también aquella atención hacia congéneres, prójimos y entornos que en la era de las culturas superiores se bifurcará en curiosidad teórica y estado de alarma política; también en estas islas se acumulan aquellas experiencias fundamentales con espíritus, seres vivos y cosas, que serán transmitidas más tarde en forma de técnica y de sabiduría.” (Sloterdijk, 2002, pág. 29)

Pero dentro de tal enriquecimiento cultural, la disonancia, que nunca desapareció, originó una actitud inédita, en la necesidad de un orden extra-natural, un orden por acuerdos, que escindió la cosmovisión de los miembros de la tribu. “Ordenar implica transmutar en una serie de entidades discretas lo que es esencialmente una corriente de percepciones continua y sin forma.” (Bauman, 2002, pág. 268) En vez de que ambas tribus constituyeran una sola, había una clara diferencia entre los miembros de “mi” tribu, y los miembros de la “otra” tribu. Y es en este punto de la historia donde debió haber nacido la mentira.

3. La disonancia como mentira y dominación.

En el contexto de la horda original todo era de todos, cada quien tenía su lugar y jugaba un rol, todos tenían que participar para mantener con vida a la horda como un todo. Entonces no había lugar a plantearse preferencias, “¿le hago un favor a tal o a tal otro miembro de la tribu?”, sino simplemente “hago lo necesario para que mi tribu sobreviva”. Pero en las relaciones intertribales tal posibilidad apareció, “¿le hago un favor a un miembro de la tribu con quien convivo todo el tiempo, o a un miembro de la otra tribu a quien veo cada cambio de estación?” Es decir, en este punto ya era posible colocar unos intereses por encima de otros.

El lenguaje, en su nacimiento, debió acoplarse a todas las actividades humanas, debía tener una función, además debió haber nacido con un carácter mimético, su naturaleza era extraer la más clara característica del ser que se intentaba comunicar; por lo tanto, se pretendía por defecto –valga la expresión- comunicar lo cierto. Esto debió aplicar fluidamente con respecto a los miembros de mi tribu, pero si, por otro lado, comunicar algo puede afectar a mi tribu o beneficiar más a la Otra, quizás sea mejor callar y, eventualmente, quizás sea mejor aprender a mentir. Tratemos de imaginar lo impactante que debió ser descubrir la primera mentira de la historia: un contrasentido radical, esforzarse en comunicar al no ser debió ser inconcebible por siglos.

El engaño, además, supone la consciencia del uso de Otro como medio para un fin, lo cual debió ser también un hito en la cultura primitiva, abriendo paso a la dominación premeditada y alevosa. Esto debió permitir el origen de lo que los griegos llamarían ananké. Primero esposa de Cronos, Ananké simbolizaba la necesidad, el determinismo, por darle un término general. Pero eventualmente el nombre de la diosa (como el de varias otras) se tornó palabra de uso corriente y significó lo contrario a la libertad, necesidad tomó matices de ‘obligación impuesta y penosa que es imposible evadir’. “A lo largo de toda la literatura griega, desde Homero en adelante, las ideas de ananke, ‘obligación’, y douleia, ‘esclavitud’, se hallan estrechamente ligadas; la primera es utilizada para designar a la vez el estado legal de la esclavitud y el trabajo forzado y las torturas a que el esclavo era sometido.” (Thomson, 1975, pág. 278)

Por supuesto, la esclavitud nació mucho antes que la civilización griega. Engels menciona que algunas tribus, antes de que la propiedad tomara matices de privada, al no saber qué hacer con los enemigos vencidos supervivientes, decidían matarlos (si ponían en riesgo la supervivencia del resto de la tribu), o bien, unirlos a la tribu como hermanos, el esclavo nació como un igual en la tribu.

El descubrimiento de la agricultura y el pastoreo no sólo volvió a las tribus sedentarias, también reconfiguró las maneras de dividir el trabajo, ahora variable por temporadas y mucho más predecible y sencillo de organizar. Las tribus crecieron en cuanto a número de miembros ante la relativa abundancia de alimentos y una mayor necesidad de defenderse que de huir; eventualmente cada uno de los distintos miembros empezó a cuidar la cantidad de animales necesarios para la supervivencia propia y de sus dependientes directos, se encargaban del mismo pedazo de tierra cada vez que debían sembrar y cosechar, y la posesión misma de distintos bienes (herramientas o distintos tipos de alimentos, pues la caza, la pesca y la recolección no cesaron) debió provocar pequeños sistemas de intercambio. La propiedad privada existió fácticamente antes de volverse consciente. Y en tal punto, ya no tenía sentido que los enemigos de guerra vencidos se unieran como hermanos (iguales), pues había que asignarles animales y tierras, lo que suponía quitárselas a miembros más antiguos, por lo que estos nuevos esclavos ahora trabajarían las tierras y los animales de otros a cambio de ser mantenidos con vida. Ahí nace la larga tradición de esclavitud, conquista y dominación que hoy reconocemos en cierto outsourcing tercermundista, las invasiones anti-terrorismo y el imperialismo económico y cultural.

La disonancia, pues, no ha cesado, los mecanismos de defensa sólo se han sofisticado, “[…] en las primeras décadas del siglo [XX] se manifiestan dos fenómenos nuevos, desconocidos en la historia. El primero es la aparición de la sociedad de masas, y el segundo, la de dos sistemas totalitarios que atentan contra la esencia misma del ser humano como individuo: el fascismo y el comunismo.” (Kapuściński, 2007, pág. 76) Este autor y otros, como Hannah Arendt, ven precisamente en el hombre-masa el caldo de cultivo de los totalitarismos. Pero este hombre-masa tiene dos facetas en convivencia, por un lado, se ha hiperindividualizado, se ha fragmentado: “El único protagonista que queda en la escena mundial es la multitud, y el principal rasgo de esa multitud, de esas masas, es su anonimato, su falta de personalidad y de identidad, de un rostro. El individuo se ha extraviado, se ha diluido […] Se ha convertido en, por usar palabras de Gabriel Marcel, ‘sujeto impersonal y anónimo en estado residual’.” (Kapuściński, 2007, págs. 76-77)

Pero así como una cara de la disonancia fragmenta, otra reúne en dicha fragmentación. La caótica creación de Estados en pugna, meta-Estados supuestamente reguladores, y hoy mismo la mundialización potenciada por un nuevo fetiche (el de las mercancías), ha forzado una convivencia que vuelve a manifestar la disonancia respecto al Otro, con tres enfermedades gregarias: el racismo, el nacionalismo y el fundamentalismo religioso.

“He aquí mi Otro. Si la vida pone en su camino a otro Otro –para él lo es- le resultarán fundamentales tres rasgos suyos: raza, nacionalidad y religión. Busco en ellos un denominador común, ese algo que los une, y descubro que todos llevan una gran carga de emoción, tan grande que de vez en cuando mi Otro es incapaz de dominarla. Entonces se produce el conflicto, la colisión, la masacre, la guerra. Mi Otro es una persona extremadamente emocional. Por eso el mundo en que vive es un barril de pólvora que rueda peligrosamente en dirección al fuego.” (Kapuściński, 2007, pág. 93)

Bibliografía.

Arendt, H. (1998). Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Taurus.

Bauman, Z. (2002). La cultura como Praxis. Buenos Aires: Paidós.

Buck-Morss, S. (2001). Dialéctica de la mirada. Madrid: Machado.

Engels, F. (2010). El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. México: Colofón.

Evans-Pritchard, E. E. (1991). Las teorías de la religión primitiva. Madrid: Siglo XXI.

Kapuściński, R. (2007). Encuentro con el Otro. Barcelona: Anagrama.

Sloterdijk, P. (2002). En el mismo barco. Madrid: Siruela.

Thomson, G. (1975). Los primeros filósofos. Buenos Aires: Siglo Veinte.

Indiferencia colectiva.

Se calcula que durante el Holocausto murieron 6 millones de judíos; hoy, como todos los días, murieron unas 25,000 personas tan solo a causa del hambre, esto significa que se cumple un Holocausto cada 8 meses. Sin embargo, posterior a la Guerra, cuando el mundo se enteró del exterminio sistematizado de un pueblo, intelectuales de todo el mundo, pero notablemente un alemán y una judía, se pusieron a escribir respecto a la culpa y la responsabilidad colectivas, intentando establecer (y el cine lo sigue haciendo) cuál fue la participación del pueblo alemán.

Esta situación es por demás plástica, en tanto que es una guerra, y es esa que hemos aprendido a escribir con mayúscula. Una guerra planeada por un personaje que se ha vuelto ícono de la maldad, ni más ni menos. Es tan notorio el papel de la nación alemana que a veces hasta se nos olvida que en la Primera también fue el Imperio Alemán el “enemigo a vencer” y de hecho vencido, ¿pero quién recuerda hoy a Guillermo II de la manera que a Hitler? No se malinterprete que estoy haciendo a la ligera una comparación conclusiva de pretensiones historiográficas entre el Káiser y el Führer, sólo pretendo hacer muy evidente que Hitler no hubiera obtenido tal fama sin el Holocausto.

La plasticidad de la situación, el orgullo de los vencedores, la constitución de los Estados Unidos como primera potencia con su influencia cultural imperialista como compañera, han permitido que no lo olvidemos y sigamos viendo con desprecio y terror a oficiales alemanes en innumerables películas. Otro complemento a tal plasticidad está en todo el proceso administrativo ejecutado de una manera metódica por la estructura de gobierno nacionalsocialista, desde la toma del poder hasta el Holocausto y la Guerra. Los detalles como la educación, la imagen y la propaganda, los mensajes que polarizaron gradualmente a un pueblo en la significación de nacionalismo como purificación y mejora racial. Todo esto da como resultado un fenómeno bien delimitado listo para ser analizado por los grandes pensadores contemporáneos.

En torno pues, a la culpa y responsabilidad del pueblo alemán, se ha dicho mucho. Pero estamos viviendo otro holocausto, no sé desde cuándo, pero es mucho, mucho más grande que el antisemita, y está disfrazado de un darwinismo de derechas que justifica la muerte de los menos aptos… ¿para qué?, para el capital. Sintetizando, los alemanes “malvados” eran nacionalistas, nosotros somos simples capitalistas. Ni el nacionalismo ni el capitalismo acostumbran a percibirse como algo inherentemente “malo”, pero lo que el nacionalismo alemán implicó durante la Guerra sí, y yo pregunto ¿qué es lo que el capitalismo implica hoy?

Muchos economistas han dicho hasta el cansancio que sobra el dinero para acabar con el hambre (para el que quiera comer). Para salvar miles de vidas todos los días tratando enfermedades por las que nadie muere en un país primermundista (para quien quiera curarse). Para otorgar alfabetización a todos los niños del mundo (para los padres que quieran y permitan que sus hijos se alfabeticen). Para construir viviendas dignas (para quienes las deseen). Así nada más, se acabó el paradigma con el que nació este modelo económico, los recursos ya no son escasos, a pesar de que somos demasiadas personas.

Como humanidad nos hemos convertido en el pueblo alemán de la Guerra. Toleramos esta muerte a manos de nuestros dirigentes, que ya no necesariamente son políticos o militares directamente, ahora son líderes financieros. Si sumamos los rescates bancarios de todos los países en la última década y usáramos ese dinero para la base más pobre, ya no habría aquello que hoy definimos como pobreza (y ya sé que no es tan simple, pero con esos recursos hallaríamos las maneras).

Mucho se ha hablado de si el pueblo alemán sabía o no lo que pasaba en los campos de concentración, que si sabían por qué no se levantaban contra el régimen, que si no sabían entonces están justificados. Bueno, pues es muy fácil criticar, pero hoy casi todos sabemos lo que pasa y casi nadie hace algo. Si los alemanes que sabían eran responsables, entonces nosotros lo somos, si los alemanes que participaron de las políticas del régimen son culpables, entonces también nosotros lo somos.

Karl Jaspers dice que la culpa sirve para enmendar una forma de actuar. Yo difiero, prefiero a su alumno Paul Ricoeur para quien la culpa es sólo una limitante que nos esclaviza. Sin embargo entiendo por qué lo plantea así Jaspers, eliminar la culpa esclavizadora es un proceso largo para quienes hemos vivido siempre con ella, por más que lo racionalicemos; entender, a través de la culpa que somos partícipes y responsables quizá nos motive a actuar, aún si nuestras acciones se ven limitadas a su vez por dicha culpa. Ricoeur va más allá, para él la culpa nos impide de hecho actuar, le facilita a nuestros gobernantes gobernarnos, la culpa nos vuelve sumisos, siervos. Ahí donde la culpa y la irresponsabilidad se encuentran está la indiferencia.

¿Cuáles son las acciones necesarias? Esa es siempre la pregunta que nos vuelve a detener. La impotencia de dar una respuesta solvente nos vuelve a sumergir en la indiferencia. Preferimos decir que no, que los alemanes no podían hacer nada al respecto, sólo ciertos individuos tuvieron la culpa (y ojalá hayan recibido su merecido en la Guerra y en Núremberg) y el resto del pueblo alemán simplemente ejerció el derecho de evadir su responsabilidad política.

Si en ese punto nos quedamos, nos obligamos a dejar de sentir, para mantenernos congruentes, cuando vamos al cine y los directores pretenden reflejar (a veces con un éxito notable) el dolor del pueblo judío durante el Holocausto. Tendría que dejar de dolernos. Es bien cierto que nuestros parámetros éticos son, en general, arbitrarios o presuntuosos o irracionales o llanamente subjetivos. Decimos con tanta facilidad eso es bueno, aquello es malo, es un santo, es un villano, es una víctima; lo cierto es que la razón occidental con su historia más o menos conocida de los últimos tres mil años no ha sido capaz de definir universalmente esos términos por más que lo ha pretendido. Hoy sé que no puedo decir que algo está mal, sólo me queda ser honesto conmigo y admitir que me duele.

O puedo ignorarlo y ser indiferente. Abrazar mi autoengaño. Después de todo siempre es más sencillo estar distraídos, no pensar demasiado, nadar con la corriente. Y nuestro juicio y sentencia histórica de pueblo paria, no lo hará gente de otras naciones, quedará en manos de generaciones futuras, si es que las hay. Seguramente para ellos, como críticos, sería más sencillo señalarnos y decir lo que debimos de haber hecho. 

Réquiem por el final deseado…

Farewell
Pablo Neruda

1
Desde el fondo de ti, y arrodillado,
un niño triste, como yo, nos mira.

Por esa vida que arderá en sus venas
tendrían que amarrarse nuestras vidas.

Por esas manos, hijas de tus manos,
tendrían que matar las manos mías.

Por sus ojos abiertos en la tierra
veré en los tuyos lágrimas un día.

2
Yo no lo quiero, Amada.

Para que nada nos amarre
que no nos una nada.

Ni la palabra que aromó tu boca,
ni lo que no dijeron las palabras.

Ni la fiesta de amor que no tuvimos,
ni tus sollozos junto a la ventana.

3
(Amo el amor de los marineros
que besan y se van.

Dejan una promesa.
No vuelven nunca más.

En cada puerto una mujer espera:
los marineros besan y se van.

Una noche se acuestan con la muerte
en el lecho del mar.

4
Amo el amor que se reparte
en besos, lecho y pan.

Amor que puede ser eterno
y puede ser fugaz.

Amor que quiere libertarse
para volver a amar.

Amor divinizado que se acerca
Amor divinizado que se va.

5
Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
ya no se endulzará junto a ti mi dolor.

Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada
y hacia donde camines llevarás mi dolor.

Fui tuyo, fuiste mía. Qué más? Juntos hicimos
un recodo en la ruta donde el amor pasó.

Fui tuyo, fuiste mía. Tú serás del que te ame,
del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.

Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy.

…Desde tu corazón me dice adiós un niño.
Y yo le digo adiós.

Prefacio.

Bienvenidos a mi blog. Hace varios años (unos 7) de manera no muy premeditada se creó una cadena de emails entre mis amigos más cercanos donde hablábamos de diversos temas como política, religión, a veces compartíamos poesía, a veces sólo había carrilla de por medio. Amigos de distintos grupos tuvieron la oportunidad de conocerse gracias a esta cadena que terminó en el olvido después de que ocurrieron dos cosas: una que ganó Fox y otra que al final sólo había crítica no muy constructiva y chistes locales.
Hace pocos meses, un buen amigo creó su blog y me invitó, así como a mucha gente a visitarlo. Los temas que trata son interesantísimos, a veces muy enfocados a cuestiones que para mi son técnicas, en otras ocasiones recomienda libros o películas, generalmente sus comentarios son excelentes y con gran facilidad atraviesa, compara y critica diversas disciplinas. Me hice un devoto lector. Después me pasó como con los juegos de rol, ya no sólo quería jugar sino también dirigir y se me antojó (así tal cual) generar mi propio espacio de expresión que ahora les comparto, ojalá les resulte entretenido, interesante y que cuando quieran agregar alguna idea o refutar otra se sientan libres de hacerlo a través de comentarios.
Así que bienvenidos, espero les guste.